jueves, 29 de octubre de 2026

Papá, ojo al tren

 

Siempre tuve muy claro que adquirir un coche significaba tener que asumir su mantenimiento, o que disponer dos casas, la de residencia habitual y otra en el pueblo o en la playa llevaba aparejado tener que asumir importantes dos gastos, de IBI, luz, agua, vertidos y las ocurrencias de los alcaldes que se repercuten a los vecinos en lo que en Aragón se llaman zofras (del árabe súxra). Quiero pensar que el Gobierno de Felipe González, cuando decidió crear la vía con trazado europeo del Ave en el tramo Madrid- Sevilla y lo puso en funcionamiento, echó cuentas del costo de un mantenimiento que sería seis veces superior al del ferrocarril convencional.  La primera línea, por Brazatortas, se inauguró el 14 de abril de 1992 y comenzó su servicio comercial el 21 de abril de aquel año con motivo de la Exposición Universal de Sevilla. Para esa “aventura” se edificó la Estación de Santa Justa.  La Exposición estuvo abierta durante seis meses en la isla de La Cartuja y recibió a más de 40 millones de visitantes. Aquello funcionó bien aunque, a mi entender, debería haberse dado prioridad al trazado entre Madrid-Barcelona, que uníría las dos grandes capitales de España en un tiempo de dos horas y media. Treinta y cuatro años más tarde España cuenta con casi 4.000 kilómetros de red de alta velocidad y el sistema afronta un debate sobre el desgaste de vías, la falta de inversión por kilómetro y el aumento de la circulación tras la liberación con la llegada de otras compañías europeas, tales como Ouigo (filial de bajo coste de la francesa SNCF), Iryo (italiano) y Avlo, este último low cost de Renfe Viajeros. Lo cierto es que la inversión por kilómetro se encuentra por debajo de la de países como Francia o Italia. La consecuencia directa ha sido que la red está atravesando momentos de máxima alerta tras graves accidentes e incidentes en tramos como el de Adamuz (Córdoba) en enero pasado por rotura de una soldadura de la vía, o el reciente de Urda (Toledo) donde un Ave colisionó por alcance a gran velocidad contra la parte trasera de un tren Iryo. Dos graves accidentes, como digo, en un mismo año y que ha reabierto la discusión técnica y política sobre si el incremento de trenes en circulación han superado la capacidad de conservación de la infraestructura ferroviaria. No cabe duda de que más trenes por las mismas vías producen más desgaste. Es un hecho que en 2009 se invertían en los caminos de hierro 38 céntimos por cada kilómetro que recorría el viajero y en 2024 fueron 13 céntimos. Por decirlo de una manera más clara, España invierte por kilómetro algo más de la mitad que Francia. Aquel eslogan lanzado en las navidades de 1973 que decía “Papá, ven en tren” ha cambiado en la percepción del servicio ferroviario. Ahora el “ven en tren” debería cambiarse por “ojo al tren”, como ponía en los pasos a nivel sin barreras. En aquellos años parecía normal fomentar el uso de los convoyes, aunque lentos e incómodos, frente a unas carreteras infames, peligrosas y saturadas, en las que cada fin de semana se producían 60 accidentes mortales. Hasta hace poco, Renfe Operadora se comprometía a devolver al viajero el dinero del billete si se retrasaba media hora. Se suspendió el compromiso porque hoy se arruinaría esa empresa estatal.  El viajero, pese a lo caro que resulta el precio del billete de tren y siempre tan conformista, ya no pide que llegue a su hora, sino que llegue. Todo muy triste.

 

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