En el libro “Historias curiosas del franquismo”, su autor, Daniel Arasa Favá, contaba: “Hacia finales de los cuarenta con las
restricciones alimenticias y de agua, se generalizó una infección: el tifus
exantemático. La gente no sabía lo que era, pero le dio un nombre: el piojo verde. Entre los ciudadanos se
difundió la especie de un supuesto remedio, lo que denominaba el hongo. Se trataba de una seta o níscalo
blancuzco, de la familia de las talocitas (sic), que se colocaba en un
recipiente con agua y se dejaba macerar. Pero quienes creían en las virtudes de
la pócima, la sustancia que generaba era el mejor remedio contra dicho tifus.
Se difundió de tal forma que la Dirección General de Sanidad tuvo que
intervenir, prohibiendo no sólo el uso de dicho remedio sino que también se
hablara de él en los periódicos. Vizcaíno
Casas contaba una anécdota que muestra la absurda mentalidad de algunos
funcionarios de la censura. Uno de ellos tachó de las galeradas de un periódico
madrileño una noticia en la que se decía que el presidente de la Diputación, marqués de la Valdavia, había acudido a
una verbena “tocado con un hongo”. (…) “El semanario Fotos publicó en 1943 en una misma página publicidad de una serie
de productos para combatirla: Sarnical,
Barachol, Aceite Brujo y Sulfarato
Caballero”. Mariano Ossorio Arévalo,
marqués de la Valdavia (Madrid, 1889-1969) dejó muchas frases lapidarias. Entre
ellas: “A los madrileños les gustan sobremanera los toreros valientes y las
mujeres gordas”, “La familia es una importante institución de muy difícil
manejo”, o “Madrid en agosto, sin familia y con dinero…, Baden-Baden”, aunque esta
última frase ingeniosa algunos la atribuyen a Francisco Silvela, líder regeneracionista
del partido conservador. Baden-Baden es una ciudad alemana de la Selva Negra
con unas importantes termas naturales que a mediados del siglo XIX puso de moda
Eugenia de Montijo siendo esposa de Napoleón III. Ciudad en la que se
inspiró Dostoievsky para escribir “El jugador” en sólo un mes de estancia.
Baden-Baden es una pequeña ciudad de ensueño donde los árboles existentes entre
el casino y el balneario se iluminan en rojo al oscurecer gracias a unos
proyectores instalados en el césped. Es un detalle de buen gusto, como lo era,
también, el hongo, o sombrero bombín de copa baja y ala redonda que aquí tachó
la censura sin que sepamos por qué.
Lo que está
sucediendo en Madrid me recuerda la película “La zona gris”, basada en la novela de la novela de Miklos
Nyiszli, donde uno de
los últimos sonderkommanders se
rebela contra los nazis de un campo de concentración ante la proximidad de su
muerte. Los sonderkommanders eran los judíos encargados en el
campo de exterminio alemán de Auschwitz-Birkenau de hacer entrar a miles de
personas en la cámara de gas, arrancarles los dientes de oro, despojarles de
todo lo valioso, cortarles el pelo después de muertos, introducirles en un
horno y tirar sus cenizas a un río. A cambio, esos judíos recibían comida,
cierto trato de privilegio y una muerte un poco más allá de la fecha prevista.
La derecha madrileña apoya a Díaz Ayuso sin fisuras, esperando la
promesa a los empresarios de la rebaja de medio punto del IRPF y manteniendo,
en contra de lo que afirman los expertos sanitarios, la prioridad de “salvar”
la hostelería y los locales de ocio nocturno por encima de la salud. La llegada
masiva de ciudadanos franceses a Madrid, donde se permiten cosas prohibidas en
París, y el vergonzoso espectáculo de borracheras y situaciones estrambóticas
que éstos dan en la noche madrileña, ponen de manifiesto que España, por
desgracia, es diferente. A nadie se le escapa que la llegada de turista ha
supuesto para las arcas del Estado hasta el 15% del PIB. Pero el coronavirus
todo lo ha trastocado y el chiringuito hispano se encuentra en sus peores
momentos. Con estos bueyes hemos de labrar. Es lo que toca. Los políticos de la
derecha, como digo, han hecho suyo el dicho de “cuanto peor, mejor”. Unos miran
de reojo la subida de Vox, que tiene forma oblonga, como si fuese el coco; otros
huyen a botepronto como ratas presurosas del barco de Ciudadanos; y el presidente
del Gobierno endosa a los presidentes autonómicos su responsabilidad sobre la
pandemia. Y en las reuniones periódicas del Consejo Interterritorial del Sistema
Nacional de Salud, donde se establece un marco común de actuaciones coordinadas
y de recomendaciones,siempre aparece como guinda del pastel la nota
discordante de los responsables de la Comunidad de Madrid; que,
sorprendentemente, se oponen por sistema a los acuerdos consensuados.Se está dando la paradoja de que un madrileño puede ir desde Barajas
hasta París, presentando la PCR que exige Francia. Sin embargo, si reside en
Toledo, donde no hay aeropuerto, no puede cruzar en coche a Madrid para tomar
un vuelo salvo que cuente con una causa de fuerza mayor. La revista Paris Match se hace eco del contraste
entre el Zendal (que costó un Congo)
donde los pacientes no tienen visitas, ni televisores, ni privacidad, con las
calles madrileñas, donde reina el desmadre. Pero Díaz Ayuso, pese a las recomendaciones
de los virólogos, sigue manteniendo que” hay un ligero descenso en la
incidencia”. Miente. También los sonderkommanders que la encumbran.
Este es un país de difícil consenso. No nos ponemos de
acuerdo en cosas tan sencillas como reconocer quién inventó la tortilla de
patata. Gregorio Marañón, que
escribió un prólogo al afamado libro de cocina de Nicolasa Pradera, “La cocina
de Nicolasa” (1933), fundadora del restaurante
Nicolasa, de San Sebastián, y de la que también fue su médico particular,
también escribió como médico endocrino en su ensayo “Gordos y flacos” (1926) acerca del problema de la obesidad; y en
otro ensayo, “Nuevas meditaciones sobre
la cocina española” (1933), hacía referencia a la leyenda negra de nuestra
cocina española y la importancia de las cocinas regionales. En algo fue rotundo
cuando afirmó: “El que sepa cuál es la sacerdotisa que ejerce en cada ciudad el
rito ininterrumpido de la cocina tradicional; el que tenga acceso a esta o a la
otra mansión en la que se rinde culto a la mesa castiza; el que conozca en cada
provincia cuáles son los productos indígenas adecuados, ese hombre gustará de
delicias inefables y cuando viaje por otros países, por maravillosos que sean,
recordará con nostalgia la calumniada cocina ibérica”.Como bien recuerda Ana Vega Pérez Arlucea, más conocida como Biscayenne, en un brillante artículo en la revista Yantar (14/03/19) refiriéndose a
Marañón: “Lo más curioso es que un hombre como él, devoto declarado del bacalao
con sus diferentes salsas, eligiera precisamente la salsa como enemiga mortal.
En casi todos sus textos sobre alimentación hizo hincapié una y otra vez en lo
que él consideraba la razón de todos los males: el unte sin moderación”. En
una entrevista, en 1928, llegó a decir el ilustre médico que ‘las salsas son la
causa, con la costumbre de mojar pan en ellas, de que en España sean casi todos
tontos’. Y en otra ocasión manifestó que ‘la gran tragedia de la gastronomía
española era que las salsas tapaban el sabor verdadero del plato en vez de
realzarlo o complementarlo’. A mi entender, eso no ocurre siempre. Hay ocasiones
en las que las salsas encumbran el plato; en otras, por desgracia, lo arruinan.
De cualquier manera nunca serán las protagonistas, a pesar del famoso dicho: “más
vale la salsa que los caracoles”, que se emplea cuando lo principal tiene menos
valor que lo accesorio. A veces ocurre.
A mi entender, debería procederse a crear hoy mejor
que mañana el grado en Filología del Silbo Canario, que es lo que usan los
isleños de La Gomera y de El Hierro para entenderse en la lejanía. No es fácil
entenderse por silbidos, algo que sólo practicaban los pastores para ordenar a
los inteligentes perros el repliegue del ganado y el pajarito Pinzón, que todo lo que veía se lo
transmitía a los Reyes Magos. Dicen
que fue un “invento” de Radio Zaragoza
en la década de los 60 (cuando era la emisora EAJ 101) donde alguien hacía silbar
a un artilugio de plástico con agua y
traducía la locutora Pilar Ibáñez,
que leía las cartas que los padres enviaban a la calle Marina Moreno, 21, consiguiendo
que muchos chavales tuvieran la oreja pegada a la radio en los días previos a
la Navidad. El programa se hacía por las tardes y estaba patrocinado por el ya
desaparecido Bazar X. El pajarito
Pinzón y el Ratoncito Pérez, fueron dos animalillos mágicos en la niñez de
los que ya peinamos canas. El ave era un chivato que decidía de alguna manera a
quiénes había que poner juguetes o un saco de carbón; el roedor,según relato del jesuita Luis Coloma, se encargaba de recoger los dientes que se les caían a
los niños y que debían colocar bajo la almohada para recibir un modesto premio.
Aquel ratoncito tuvo hasta una vivienda en el número 8 (entonces número 12) de
la madrileña calle del Arenal, donde se encontraba la Confitería Prast. Por esa razón, el ratoncillo dormía dentro de una
caja de galletas. La confitería la fundó Carlos
Prast Julián, un turolense de Vivel del Río Martín. Era proveedor de la
Casa Real desde 1863 y fue el primero en “acuñar” las famosas monedas de
chocolate. Murió en Madrid en 1903. Benito
Pérez Galdós hace referencia a esa confitería en “España trágica” (número 42 de los “Episodios Nacionales”), en su novela “La desheredada” y en “Lo
prohibido”. También la menciona Emilia Pardo Bazán en su cuento “En
tranvía”.
En el libro “Escritos sobre gitanos“, de Antonio
Gómez Alfaro, leo en el prólogo de Jesús Salinas Catalá que “la pragmática de
1499 disponía el corte de orejas de los gitanos que no renunciaban a la vida
itinerante y no ejercían trabajos que permitieran conocer sus medios de vida.
La medida se aplicaba de forma general a vagabundos y otros delincuentes o
peligrosos sociales. Ese corte de orejas se sustituyó en 1783 por la aplicación
de una marca de fuego en las espaldas. Se eximía del sello a los menores de 16
años, considerando que aquella marcación influía negativamente en la
posibilidad de una inserción social”. Existe mucha bibliografía sobre esa etnia
de romaníes al respecto: Alicante (”Gitanos de hace dos siglos”); Aragón (”Gitanos de Aragón”); Asturias (“La represión de los gitanos en el siglo
XVIII”); Ávila (“Los gitanos en
Ávila”); Cataluña (“Los gitanos en
Cataluña en el siglo XVIII”); Elche (“Datos
para la historia de los gitanos de Elche”); Extremadura (“Sobre la historia de los gitanos deMadrid”); Montilla (“Los gitanos de Montilla piden respeto y justicia al rey Alfonso
XIII”), Valencia (“Gitanos de
Valencia”); Vélez-Málaga (“Gitanos de
Vélez Málaga”), etcétera. Ya en el siglo XIX, en la “Cartilla del Guardia Civil”, aprobada por Real Orden
de 1852, en tres de sus artículos se le encargaba a la pareja de correría como
parte de su “servicio en los caminos” una rigurosa vigilancia de los gitanos,
para controlar sus desplazamientos y actividades. Aquellos artículos no fueron
derogados hasta 1978. El libro de Gómez Alfaro consta de 633 páginas y fue
editado por la Asociación de Enseñantes con Gitanos. Su autor falleció el 22 de
junio de 2016 en Benalmádena-Arroyo de la Miel. .