Cuando solo faltan cuatro días para el cincuentenario de la muerte de Franco y lo que ello supuso, en la prensa de la derecha, que es casi toda en este país, se pasan la pelota de unos otros en un vano intento hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino, pretendiendo hacer creer al lector que la democracia se la debemos a Juan Carlos de Borbón, que heredó todos los poderes del dictador y renunció a ellos para desmantelar la dictadura. No fue tan sencillo, la Transición no fue coser y cantar, ETA mataba a destajo y lo sucedido el 23de febrero de 1981no fue solo un sainete burdo, sino la demostración palpable de que el horno no estaba para bollos. Pues bien, la disposición transitoria primera, párrafo segundo, de la Ley Orgánica del Estado, de 10 de enero de 1967 señalaba: "Las atribuciones concedidas al Jefe del Estado por las Leyes de 30 de enero de 1938 y de 8 de agosto de 1939, así como las prerrogativas que le otorgan los artículos sexto y trece de la Ley de Sucesión, subsistirán y mantendrán su vigencia hasta que se produzca el supuesto a que se refiere el párrafo anterior". El supuesto a que se refería ese "párrafo anterior" no era otro que la muerte del sátrapa. Marhuenda, en La Razón, en su artículo “Uno de los grandes reyes de nuestra Historia”, solo dice una cosa cierta entre un cúmulo de desatinos: “Es cierto -así lo expresa- que desde el final de la dominación romana hasta nuestros días, España ha sido un reino, unas veces unido y otras dividido como sucedió hasta que se culminó la Reconquista, y las dos Repúblicas, absurdamente sobrevaloradas, fueron un periodo muy breve de nuestra Historia. Es cierto, aunque parezca un esperpento, que seguimos siendo un reino durante la dictadura franquista”. En efecto, desde 1947 hasta 1975, por la pintoresca Ley de Sucesión, nuestro país se convirtió en un reino sin rey. Como bien señaló en su artículo “España reducida a un reino” Ramón Suárez Picallo (La Hora, Santiago de Chile, 31/07/1947): “Roma dividió a España en varias provincias según sus orígenes. Y la Edad Media las convirtió a su vez en Estados, según sus características. He aquí de acuerdo con la antigua clasificación los principales reinos españoles anteriores a la Monarquía de los Reyes Católicos, los cuales participaron en la epopeya de la Reconquista con personalidad y ejércitos propios: reino catalán-aragonés, reino vasco-navarro; reino de Castilla, con Toledo, Murcia, Valencia y Extremadura; cuatro reinos de Andalucía y el reino de Galicia con Asturias y León. Necesidades políticas y razones de universalidad religiosa, hicieron de Isabel I de Castilla y de Fernando V de Aragón, los precursores de una unidad estatal, no conocida aún en la Europa de su época. Su nieto Carlos I de España y V de Alemania, dio forma concreta al más grande Imperio cristiano de todos los tiempos conocidos. Era aquel un Imperio, cuyos jefes respetaban las leyes, fueros y costumbres de los reinos que lo integraban. Y fue así como el Reino de Galicia mantuvo su personalidad representativa en su Junta soberana, hasta las Cortés de Cádiz; Cataluña hasta 1714; el País Vasco hasta 1839, mientras que Navarra, en uso de sus derechos de soberanía, acuñaba moneda por su cuenta aún en los tiempos de Fernando VII”. Para quien no lo sepa, Ramón Suárez Picallo fue republicano e impulsor del Proyecto de Estatuto de Autonomía de Galicia de 1936 y que tuvo que exiliarse a Argentina en 1939. Por cierto, el Estatuto de Galicia de 1936, redactado durante la Segunda República y plebiscitado el 28 de junio de 1936, no llegó a ser aplicado debido al estallido de la Guerra Civil. El mismo día de la votación, El Pueblo Gallego publicaba numerosos artículos animando al voto favorable. Los articulistas eran personas de honda significación pública, como Portela Valladares, Valentín Paz Andrade, Ramiro Isla Couto o Castelao. El propio alcalde de Vigo, Emilio Martínez Garrido, publicaba un bando en el que anima a sus conciudadanos a votar favorablemente. El resultado en Galicia fue abrumador. De un censo de 1.343.135 ciudadanos, acudieron a las urnas 1.000.963, aportando su ‘sí’ al Estatuto 993.351 personas. Pero no era mi deseo referirme hoy a Galicia, sino intentar dejar claro que la democracia llegó (oficialmente) de la mano de todos los españoles un frío 6 de diciembre, al aprobar por mayoría las nuevas “reglas de juego” contempladas en la Constitución Española de 1978, que sigue vigente, y donde se incluía a Juan Carlos de Borbón -puesto a dedo por Franco- como rey de España. Lo normal hubiese sido haber hecho antes un plebiscito para que los españoles optasen por la forma de Estado que deseaban. No se hizo la consulta popular sobre la forma de Estado por miedo al posible resultado, como declaró Suárez en una entrevista con Victoria Prego en 1995. Por eso se prefirió incluirlo en el paquete de la “Constitución del miedo”, que a estas alturas ya debería haberse reformado y adaptado a los nuevos tiempos.
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