Se me antoja de gran dificultad tratar de contar a grandes rasgos cómo era Alfonso Escudero. Fue un hombre de muchas facetas. Hacía poco que había visitado Córdoba y me contaba que ahora tenía pensado dos viajes: uno para conocer Granada y otro para recorrer las trochas de Galicia. No pudo ser. Recuerdo cuando él y Loli y mi mujer y yo hicimos una pequeña excursión al Castillo de Javier, en Navarra. Alfonso y Loli habían llevado en su coche varios kilos de ternasco y una parrilla. El problema era dónde poder cocinarlas. Alfonso enseguida dio con una fórmula insensata. Casi a media noche, ya cansados de hacer fotos y de recorrer la zona fuimos a un paraje cercano, lleno de arbolado, encendimos una hoguera y nos dispusimos a calentar las costillas a la manera en la que murió san Lorenzo. Las llamas conseguían que las ramas de los árboles se moviesen y yo llegué a temer que apareciese una pareja de guardiaciviles, nos pidiera la documentación, nos hicieran apagar la lumbre y nos extendiesen la correspondiente multa por atentar contra el medio ambiente o, peor aún, llegar a producir un incendio. Pero los guardias no aparecieron y en honor a la verdad debo decir que las costillas estaban deliciosas. Dormimos en una residencia cercana al castillo de Javier y nos levantamos a la mañana siguiente frescos como lechugas. Pero al margen de aquella anécdota, he de señalar que Alfonso era como un tobogán, con subidas y bajadas, donde había que agarrarse para no caer por un cantil. Tuvo muchas facetas: le gustaba la fotografía, la buena música, el ajedrez, donde fue un maestro, y la buena mesa. Le encandilaban los buenos vinos de Rioja, las verduras en todas sus facetas y, por encima de todo, las exquisitas rodajas de atún de almadraba. Le visité en varias ocasiones en Milagro, donde era jefe de Estación, también me llevó alguna vez al templo sagrado de la “taberna de Rodri”, en la calle Escosura, donde podíamos tomar escabeche “Ortiz”, anchoas, guindillas, pimiento asado y vino en porrón. Se licenció y más tarde se doctoró en Geografía. Yo, por tomarle el pelo, solía preguntarle si sabía en qué lugar del mapa se encontraba Mansilla de las Mulas, o Fresno de Caracena. La última vez que hablé con él fue por teléfono el pasado día 4, que llamó para felicitarme por mi cumpleaños. Se ha marchado con las alforjas llenas de sueños, mientras en España las apariencias alcanzan jerarquía de realidad. Descanse en paz.
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