Hace tiempo ya
escribí sobre el escudo de Santander. Como ya conté en su día, en la parte
superior del escudo están las cabezas de san
Emeterio y san Celedonio, los
santos patronos de la ciudad, decapitados en Calahorra en el siglo III. Las
cabezas de ambos, según se cuenta, fueron depositadas en una barca de piedra en el Ebro, siguió
el curso del río hasta desembocar en el Mediterráneo, rodeó la Península
Ibérica y llegó a Santander, atravesando una roca que la horadó (la 'roca de la
Horadada', en la foto que acompaño y que hoy tiene rota la parte superior de su arco) quedando varada en la playa,
donde las dos cabezas fueron recogidas por los santanderinos y escondidas.
En la actualidad se conservan dentro de unos relicarios de plata en la cripta
del Cristo, en la Catedral. Fueron declarados patronos de la diócesis de
Santander por Pío VI el 30 de
septiembre de 1791 a petición del entonces obispo Menéndez de Luarca, un obispo que, dicho sea de paso, fue
objeto de destierro por negarse a cumplir durante su
permanencia en Santander el decreto de las Cortes de Cádiz que
obligaba a comunicar en las misas la abolición del Santo Oficio, aunque más tarde fue repuesto en esa sede con el mismo cargo.
En ese escudo también aparecen la Torre
del Oro de Sevilla, el río Guadalquivir, una carabela y una cadena rota,
en recuerdo de la reconquista de Sevilla en 1248. Por la historia sabemos que
un año antes, en 1247, Fernando III (hijo de Berenguela, reina de Castilla y de Alfonso IX, rey de León), encargó a Ramón Bonifaz la construcción de una flota para reconquistar Sevilla. Una vez
construidos y armados los barcos en los puertos en Castro Urdiales, Laredo,
Santander y San Vicente de la Barquera, la flota se puso rumbo al Sur. A su
paso por Galicia se le unieron más barcos. Uno de esos barcos, “Carceña”, estaba capitaneado por
Bonifaz, otro, “Rosa de Castro”, gobernado
por Ruy González. Aquella flota se
componía de13 naves a vela y 5 galeras movidas a remos. Llegados a la
desembocadura del Guadalquivir la flota remontó aguas arriba apoyada por la
caballería desde la margen izquierda, hasta conseguir romper las cadenas
que unían Sevilla con Triana. Al verse cercado y sin poder recibir
suministros el moro Axataf
rindió la ciudad el 23 de noviembre de
1248. Suya es la imagen derrotada con la que idealiza Francisco Pacheco la
entrega de las llaves de la ciudad a Fernando III, en el cuadro
historicista de 1634 para el trascoro de la Catedral de Sevilla. En Laredo, en la iglesia de la Asunción, todavía se conserva un
trozo de aquella pesada cadena. Ahora voy a referirme al escudo de Zamora,
donde aparece el puente romano de Mérida pese a que la Ciudad de Doña Urraca también dispone de un soberbio puente
romano. Se trata de un escudo partido. En
la primera partición, en campo de plata, un brazo armado (el de Viriato) sostiene una bandera fajada
con ocho fajas de gules y una, la superior, de sinople. Estas fajas rememoran
las batallas ganadas a los cónsules romanos. La segunda partición también es de
plata y está terrazada de sinople. Contiene un puente de plata de tres ojos,
almenado, mamposteado de sable y rodeado de dos torres sobre ondas de azur y
plata. Es, como decía, el puente romano
de Mérida. Ello es debido a la batalla de
Alange, librada en 1229, en la que participó una milicia zamorana durante
la toma de Mérida. Fue durante la toma de Mérida, quebrando las defensas del
puente romano construido sobre el Guadiana. Alfonso IX de León (ya citado antes) premió a
Zamora permitiendo incluir en su escudo el puente romano emeritense como
símbolo de valentía. La heráldica municipal española está plagada de
curiosidades y elementos surrealistas. Fue durante la toma de Mérida y los
zamoranos ocuparon la vanguardia y demostraron su valentía al quebrar las
defensas del puente romano construido sobre el río Guadiana. Posteriormente, se
tomó la ciudad y, por eso, Alfonso IX premió a Zamora como reconocimiento a su
heroísmo dejando incluir en su escudo el puente romano emeritense como símbolo
del éxito y la valentía de su labor en la batalla. Pero hay escudos que habría
que revisar, por ejemplo macabras cabezas chorreando sangre, o moros
encadenados, o indios esclavizados, o las cuatro cabezas de moros que aparecen en
el tercer cuartel del escudo de Aragón relacionados con la legendaria batalla de Alcoraz (1096) en la que Pedro I de Aragón tomó Huesca gracias a
la aparición de san Jorge y de un
caballero alemán (cuyo nombre se desconoce) rescatado en Antioquía por ese
santo y que ambos ayudaron a matar a 40.000 infieles, según una leyenda recogida
en las “Crónicas de San Juan de la Peña” y mencionada por Jerónimo Zurita en sus “Anales
de la Corona de Aragón”. Curiosamente, en 1969, la Iglesia católica degradó la fiesta litúrgica de san Jorge a
memoria facultativa sin tocar el culto que se le dedica. De hecho es el patrón de Aragón, cuya fiesta se celebra en esa Comunidad cada 23 de abril.
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