Los españoles somos ruidosos. Nos encanta gritar en las tabernas, hacer espectáculos con cohetes voladores atronando, mascletás rompiendo tímpanos e inundados de fervorín en las procesiones con mucho tambor y mucha murga, donde vengo observando que las vírgenes roban escena a los redentores, los verdaderos protagonistas de la Semana Santa. No existe una jerarquía litúrgica lógica desde la Contrarreforma. En eso nos diferenciamos de los protestantes. Las vírgenes dolorosas permiten a los católicos identificarse con el sufrimiento, la angustia y la pérdida, ofreciendo una figura más cercana y reconfortante que la figura divina de Cristo en la cruz. De hecho, las vírgenes suelen procesionar bajo palio, los cristos, no. Se confunde la liturgia, como digo, con la piedad popular. Y en medio de la tragedia aparecen los nazarenos con capirotes, aquel artefacto medieval que servía para avergonzar a los reos por mandato de la Santa Inquisición. El capirote era una hopalanda amarilla que formaba parte del atuendo de aquellos reos destinados a morir aspados o en la hoguera, que, además, estaban obligados vestir el sambito con tela de saco. Fue a partir del siglo XVII cuando las cofradías sevillanas decidieron usar esos atuendos en los actos procesionales, donde algunos se flagelaban, iban descalzos o arrastraban cadenas, dejando regueros de sangre en las calles hasta el punto que Carlos III se vio en la necesidad de suprimir ese tipo de espectáculos cruentos.. Las procesiones comenzaron en Sevilla en el siglo XVI, cuando Fadrique Enríquez de Ribera, marqués de Tarifa, instauró la costumbre al poco de regresar de Jerusalén, donde había quedado impresionado con el Vía Crucis de ‘las doce estaciones’ que allí se celebraban. Desde entonces, en Sevilla siempre se ha procesionado con gran devoción, excepto en el Jueves Santo de 1932, cuando procesionaban a la Virgen de la Estrella y fue apedreada y tiroteada. Ya en el puente de Triana un grupo de jóvenes comenzó a empujar el paso y a generar intranquilidad, lo que dio lugar a que muchos de los presentes echaran a correr. Algo más tarde, en la calle Sierpes, alguien tiró una piedra al cristo, pero sería en la puerta de la catedral cuando la virgen recibiría el ataque de dos cohetes y se empezarían a escuchar varios disparos. Esto desató el caos y dio lugar a que todo el mundo huyera en todas las direcciones. Al capirote también se la llamaba capuz o coroza. Según el Diccionario de Autoridades (Tomo II, 1729) “coroza es un cucurucho que se hace de papel engrudado, y se pone en la cabeza por castígo, y sube en disminución, poco más o menos de una vara, pintadas en ella diferentes figuras conforme el delito del delincuente; que ordinariamente son judíos, herejes, hechiceros, embusteros y casados dos veces, consentidores y alcahuetes”. Por otro lado, el uso de cadenas a los pies viene de los liberados esclavos cristianos del norte de África cautivos de los turcos, Las órdenes mendicantes recogían dinero para comprar la libertad de aquellos sometidos en el tiempo que iba desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Los cristianos libertos acompañaban a los monjes explicando sus penalidades sufridas. Por ir resumiendo, a los españoles les ocurre que están repartidos en dos bandos. Uno prefiere la Navidad; otros, la Semana Santa; es decir, cuando nace el Redentor o cuando le crucifican, de la misma manera que entre los sevillanos unos son forofos del Betis y otros del Sevilla; o unos, devotos de la Macarena, y otros, de la Esperanza de Triana. En medio quedan los que ya no creen ni en los que creen en ellos. Andalucía es una tierra muy peculiar, extensa casi como Portugal aunque puesta en horizontal, como echando la siesta.
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