Las comunidades autónomas inventan relatos y esperan que nos los creamos. Sucede en Aragón con san Jorge y en Castilla y León con la Fiesta de los Comuneros. La leyenda de san Jorge cuenta que ese santo apareció en 1096 para ayudar a las huestes cristianas a recuperar Huesca gracias a su intervención sobre un caballo en la Batalla del Alcoraz. Más tarde se añadió lo del dragón en Beirut, que hizo un nido en la fuente que proveía de agua a la ciudad. Es una variante del antiguo mito griego de la princesa etíope Andrómeda y su salvador y posterior esposo Perseo, vencedor de la gorgona Medusa y del monstruo marino Ceto. Lo cierto es que la Batalla de Alcoraz quedó reflejada (con la cruz de Alcoraz) en uno de los cuatro cuarteles que adornan el escudo de Aragón. Con el regreso de la democracia se ideó un postre, el lanzón, creado en 1982, que se compone de bizcocho genovés calado con ‘licor 43’, relleno de nata montada y turrón de Jijona, cubierto con yema tostada y almendra o huevo hilado. Se le atribuye tal ocurrencia al repostero Amadeo Babot y a su socio, Ángel San José. Ese pastel se suele decorar con la bandera de Aragón, la cruz de San Jorge y un pequeño cachirulo. Pero el gremio de pastelería fue más lejos dos años más tarde, en 1984, creando el Premio Lanzón, “destinado a premiar a toda aquella persona o entidad que a lo largo del año se hubiese distinguido por sus servicios a la Asociación, a la pastelería en general o al ámbito territorial de Aragón”. Y ese mismo año se le entregó el premio a la Asociación de Prensa y a José Luis Martínez Candial, presidente de Ibercaja. Pero vamos ahora con Castilla y León. Como bien señala hoy Alicia Gallego en un artículo publicado en Diario de León: “Se nos pide que asumamos con naturalidad un relato que no sentimos y que no forma parte de nuestra memoria colectiva. Y una no puede evitar pensar, viendo el empeño que ponen algunos en convencernos, que están ‘escandalizados’ de que los leoneses sigamos siendo leoneses. Nos hablan de Villalar como la fiesta ‘de nuestra tierra’. Pero nuestra tierra, la de León, Zamora y Salamanca, tiene una historia, una identidad y una trayectoria propias. No necesita disfraces, ni apellidos prestados, ni relatos construidos desde un despacho para parecerse a otra cosa. Porque el problema no es Villalar. Nadie discute que los castellanos puedan celebrar lo que consideren suyo. Tienen perfecto derecho a hacerlo, igual que nosotros tenemos derecho a sentir propias nuestras tradiciones, símbolos e historia. El problema llega cuando se pretende que los leoneses participemos de una fiesta que nunca fue nuestra. Nuestra memoria está en los concejos abiertos, donde los vecinos decidían juntos mucho antes de que otros descubrieran la palabra democracia. Está en el Reino de León, en las Cortes de 1188, reconocidas como el origen del parlamentarismo. Está en las montañas, en las comarcas, en las plazas de nuestros pueblos, en esa forma nuestra de entender la lealtad, la dignidad y la palabra dada. Por eso resulta tan difícil aceptar que desde la Junta se siga insistiendo en construir una identidad artificial, una especie de traje de talla única en el que a León siempre le sobra por los hombros o por las mangas. No se puede pedir respeto para Castilla mientras niegas la existencia de León. No se puede obligar a los leoneses a celebrar lo que no sienten”. Cierto. Castilla nunca debió ir ligada a León a la hora de vertebrar España en 17 autonomías. Fue como pretender ligar el agua con el aceite mediante una emulsión absurda. ¿Qué tiene que ver un leonés con un soriano? ¿Y un sanabrés con un segoviano? Lo mismo que un peine con un garbanzo por mucho que éste sea de Fuentesaúco. San Jorge posiblemente nunca pasó de ser un personaje de leyenda y en Villalar se decapitó en el patíbulo el 24 de abril de 1521 a los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado, como puede contemplarse en el óleo sobre lienzo de Antonio Gisbert Pérez, de 1860, adquirido en su día por el Estado por 80.000 reales a instancias de Salustiano Olózaga y que se conserva en el Congreso de los Diputados. Santander y Logroño formaron comunidades propias y a León, Zamora y Salamanca se les obligó a permanecer en un lugar equivocado. No hay que olvidar que el 4 de mayo de 1984, más de 90.000 personas abarrotaron las calles de León para pedir que la provincia se constituyese en autonomía. De poco sirvió, porque finalmente una sentencia del Tribunal Constitucional dio por bueno el proceso por el que se había aprobado el Estatuto de Autonomía más tardío de España, sin tener en cuenta que durante la II República el Tribunal de Garantías Constitucionales reconoció la suma de estas tres provincias como una región independiente. En 1979, antes de que se iniciase el proceso autonómico, la Diputación Provincial de León llevó a cabo una encuesta sobre el futuro político del territorio y la mayoría de los ayuntamientos leoneses se posicionaron a favor de constituirse como comunidad uniprovincial. Pero no fueron escuchados. Por eso decía que cántabros y riojanos corrieron mejor suerte; y por eso, también, comprendo que Alicia Gallego vea normal que la fiesta de mañana en Villalar no vaya con los leoneses, que no la sientan como propia. A veces se corta la mayonesa. Pero la culpa siempre será del cocinero.
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