martes, 28 de abril de 2026

La visita de digestión

Historia de los banquetes y de las «buenas maneras» – Blog oficial del  Museo Lázaro Galdiano

 

Tengo en casa un librito  facsímil curioso: “El hombre fino”, en su tercera edición, traducido del francés al castellano por Mariano de Rementería y Fica, publicado en Madrid (imprenta del Colegio de sordo-mudos), en 1837. En el capítulo XXII, referido a la comida, se hace referencia al dueño de la casa, cómo debe ser su comportamiento cuando tiene invitados y ejerce de anfitrión,  y cuáles son las obligaciones de los invitados una vez transcurrido el banquete. Me choca algo que Rementería mantiene y que yo desconocía. Según afirma en ese convenio protocolario  sobre las reglas del trato fino y del buen tono donde existen leyes no escritas, también se hace referencia, como digo, a la obligación del convidado con respecto al anfitrión, la  de volver a la casa en la que fue bien atendido ocho días más tarde en señal de gratitud. Es lo que se llama la “visita de digestión” en prueba de que se ha apreciado lo que vale una buena comida: “que las vajillas del que convida estaban bien acondicionadas, sus guisados excelentes y que sus vinos no estaban adulterados, es decir, que la visita se va  a hacer con el objeto de decir que lo pasa uno bien, que ha digerido perfectamente, y que uno está pronto a digerir de nuevo”. Claro, si esa segunda  comilona también resultaba excelente al ahora auto-invitado, ocho días más tarde podía repetirse la ceremonia con otra‘visita de digestión’ para corroborar de nuevo las excelencias de la cocina del anfitrión, con lo que solía entrarse en una espiral de muy difícil manejo. Menos mal que aquellas viejas costumbre de los tiempos de Larra y de la ‘sociedad de buen tono’ se fueron disipando. Quizás, el anfitrión, abrumado con el banquete semanal protocolario al que estaba obligado con respecto del auto-invitado, (digamos oruga, ya transformado en mariposa mediante una metamorfosis completa) se vería forzado a poner la excusa de tener que hacer un largo viaje de negocios en un intento de poder quitarse de encima al desenfrenado tragón sobrevenido al que le solía dar igual echar a la oficina de las tripas ganso que pato, codorniz que zorzal. congrio que  trucha..., ¡y yo qué sé!

 

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