Por Luis María Anson me entero de que Leopoldo Calvo-Sotelo, del que ahora se
han cumplido cien años de su nacimiento, pretendió ser académico de la RAE. No lo consiguió. Así lo cuenta
Anson: “Almorzó un día conmigo y me pidió que pilotara la operación. Lo hice
con mucho gusto. A los diez o doce días le dije que no tenía ambiente en la Academia y que si se presentaba le
ocurriría lo que a Romanones. No se
lo creyó y buscó otra vía, creo que con Víctor
García de la Concha. Recibió la misma respuesta. Irritado por el rechazo, y
entristecido, esa frustración le acompañó el resto de su vida”. Lo intentó también Francisco Umbral, sin
éxito, y otros muchos. Incluso a algunos se les negó la entrada por su condición de mujer. Tal fue el caso de Emilia
Pardo Bazán (rechazada en tres ocasiones), Gertrudis Gómez de Avellaneda, María
Moliner y Blanca de los Ríos. La
primera mujer en ser admitida, aunque solo como académica honoraria, fue
Isidra Quintina de Guzmán (propuesta
por sugerencia de Carlos IV en 1784),
pero no se le permitió ser miembro de número. Es decir, si pero no. Fue necesario esperar a 1979 para
que la poetisa Carmen Conde tomara
posesión de su silla ‘K’. Había sustituido
la vacante que dejó tras su fallecimiento el dramaturgo Miguel Mihura. El caso de Álvaro
Figueroa y Torres, conde de Romanones, fue sonado por su espantada "¡Joder, qué tropa!". Fue académico
multidisciplinar pero no consiguió
ingresar en la RAE porque no obtuvo ni un solo voto de los electores, que con
anterioridad le habían prometido unánimemente su aprobación. En efecto, fue
académico de la Real Academia de Bellas
Artes de San Fernando y miembro
de la Sección de Escultura, elegido
en 1905 e ingresado en 1907. Además, ocupó el cargo de director de esa institución desde 1910 hasta su fallecimiento en 1950; de
la Real Academia de la Historia; de
la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; y presidente del Ateneo de Madrid. Hubo otros escritores
que encontraron grandes dificultades para su admisión, entre ellos Benito
Pérez Galdós y José Martínez Ruiz, ‘Azorín’ En enero de 1889 se votó
por primera vez la candidatura de Galdós
compitiendo con Francisco Commelerán, saliendo elegido ese catedrático de latín de
instituto. En febrero de aquel año se produjo otra vacante, pero Galdós no lo
quiso intentar, quizás aconsejado por su amante, Emilia Pardo Bazán.
Finalmente, en junio de aquel año los académicos convencieron a Galdós para que
se volviera a presentar, y entró sin problemas. Azorín intentó entrar en la Academia en 1908 sin conseguirlo. En
1913, apadrinado por Antonio Maura,
lo intentó de nuevo tras la muerte de Miguel Mir Noguera, pero la plaza se la dieron a un
político de dudosa carrera literaria, Juan
Navarro Reverter. La indignación de la prensa fue grande. Finalmente
ingresó en 1924. Está claro que para ingresar en la RAE, además de ser tener gran prestigio literario, se necesita disponer de amigos dentro de la Institución que avalen la candidatura. Si no fuese por ser tachado de racista diría que es una "presunta merienda de negros", donde la simpatía de ciertos académicos hacia el candidato propuesto, independientemente de sus méritos literarios, que se le suponen, forma parte esencial de la admisión o del rechazo en esa Institución. Los casos de Galdós (por celos profesionales), de Romanones (por su poderío político), de Umbral (por su aparente endiosamiento), o de Calvo-Sotelo (por su ramalazo antipático) podrían servir de muestra de lo que afirmo.
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