Hay dos cosas que detesto: una, pagar a medias; y dos, esa moda de los platos para compartir en restaurantes. Lo normal es que cada uno pague lo que consume y que cada comida esté en su correspondiente plato. Con el tiempo uno se da cuenta de que el tipo más gorrón siempre sale ganando. Otra cosa que detesto es el jeta que echa humo a cuenta de otro justificándose con la coletilla “es que estoy dejando de fumar”. No, lo que esta es dejando de comprar. Por ahí no paso. Que cada uno se pague sus vicios. Y no digamos nada del que te pide que le dejes ‘algo suelto’, que mañana te lo devuelve. Nunca te lo devolverá, de la misma manera que nadie devuelve un libro prestado, y en el raro caso de ser devuelto lo recibes tras muchos requerimientos subrayado o desencuadernado. Por eso digo que no debe compartirse nada ni ayudar a aquel que no los merece, como cuentan que hacía la Dolores de la copla, tan amiga de hacer favores. No debe confundirse ser solidario con ser gilipollas. Comprendo que no hay cosa que fastidie más a un camarero que tener que separar la cuenta de cada comensal, pero cada día que pasa va siendo parte del guión eso de pagar a escote. Cosa distinta es pagar por rondas pero siempre que se aplique el “equilibrio de Nash”, donde si todos cooperan, todos ganan, aunque si alguien se aprovecha, ¡qué le vamos a hacer!, también sale ganando. Siempre termina perdiendo el que ‘suelta la gallina’. El que no está dispuesto a correr con los gastos sabe en qué momento debe ir al baño y cuánto tiempo debe permanecer en su interior atrincherado. También existen falsos amigos que se acercan a la puerta de una taberna y solo entran en el caso de que en su interior esté apoyado en la barra un conocido “pagafantas” al que ya te tienen tomado el pulso; los que se arriman a fiestas sin estar invitados dispuestos a agotar la bandeja de canapés, los que invitas un fin de semana a tu apartamento de Peñíscola y se quedan quince días; los que van a mesa puesta y pretenden ser los anfitriones; los que paran el coche en una carretera secundaria para tomar la fruta de un árbol y aprovechar para llenar un cesto, etcétera. La lista de ‘frescos’ es inagotable. En fin, sobre todo ello recomiendo la lectura del libro, “Tacaños, generosos y gorrones”, de Pancracio Celdrán Gomariz (La Esfera de los Libros, 2014).
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