martes, 2 de junio de 2026

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El oficio de escribir | Meer

 

Desde hace tiempo vengo observando cierta osadía en tipos que sin tener ni idea de hostelería o de juntar palabras de forma coherente se atreven a montar restaurantes o a escribir novelas. Cuando no se conoce el oficio lo mejor es dedicarse a otra cosa. Así sucede que un día te acercas a la Feria del Libro, decides comprar un ejemplar de poco más de cien páginas de un autor o autora que desconoces y, cuando te dispones a leerlo, no pasas de la cuarta página. Se cae de las manos; o decides entrar en un restaurante que no conocías y sales de ahí bastante descontento con la sopa de convento que te han atizado y un pescado de los Mares del Sur adquirido en no se sabe dónde y que sabe a tigre.  En lo que respecta a la novela, un día le escuché decir a mi amigo Alfonso Zapater, poco antes de publicar "Viajando con Alirio", que cuando te pones a desarrollar sobre el papel  una idea que llevas en la mente las primeras 100 páginas fluyen con soltura, pero las otras 100 siguientes cuestan mucho plasmarlas en los folios en blanco por haberse secado el pozo de las ideas. El resultado es que se termina por escribir en bucle, en un juego de moviola literaria absurdo que aburre al lector. Con los artículos pasa algo parecido. Todo debe tener su justa medida. La muerte de don Favila, por poner un ejemplo curioso, se puede describir en cuatro líneas o en 500 páginas, con tal de que aparezca e un oso furioso en escena. Como contaba Manuel P. Villatoro en el diario ABC  (22/10/2020) “tres líneas de un texto medieval de más de dos centenares de páginas bastaron al monarca Alfonso III para narrar la vida de un personaje tan desconocido como olvidado por la historia”. En la escueta crónica del hijo de don Pelayo se cuenta respecto a Favila que “vivió breve tiempo” y que “a causa de una ligereza fue muerto por un oso en el segundo año de su reinado, en la era 777 [año 739]”. A partir de aquí solo podemos suponer los pormenores de su muerte. En “Historias de Idacio obispo, que escribió poco antes de que España se perdiese” se especifica que “el rey Favila quiso ir de montería sin quitarse el saco de malla que traía, con el pavés en la mano y la espada en la cinta. Su mujer intentó disuadirle porque le sabía cansado de pelear, pero que no lo consiguió. Aquella locura le costó la vida. En “Condado de Castilla”, Javier Iglesia Aparicio aporta nuevos datos. Cito textual: “Parece ser que el rey subió por un monte que está cerca de la vega […] metióse en un vallecillo […] y yendo sólo se topó con un oso; osada y atrevidamente, soltando el pájaro que llevaba echó mano de su espada y embrazó el pavés, cerró con el oso dándole una estocada por los pechos o hijadas, más no bastó en quitar al oso que no se abrazase con el rey, y le hiriese hasta matarle sin tener quien le ayudase. En el lugar donde los suyos le hallaron muerto está hoy una cruz”. Como puede notarse, ya se van agrandando las primeras líneas del primer texto medieval. A partir de ahí solo es cuestión de poner la imaginación en marcha hasta conseguir hilvanar una novela histórica a gusto del autor. Lo que en realidad le sucedió a Favila no lo sabe nadie porque se encontraba sin compañía en pleno bosque. Más tarde, en el periódico “La lucha” (9 de abril de 1880) podía leerse: Según noticias de persona verídica, en una de las muchas grietas y pequeñas cavernas que se han descubierto en las fundaciones del nuevo templo de Covadonga había sido hallado el cadáver de un oso de grandes dimensiones, perfectamente petrificado”. De la misma manera, puede idearse un extenso ensayo sobre el Diluvio Universal, “con los nuevos descubrimientos de Fulano de Tal en la cima del monte Ararat, el volcán más alto de Turquía, donde se han recogido unas esquirlas de madera en el punto señalado por un 'planisferio' creado por el cartógrafo italiano Urbano Monte en 1587, con el Arca de Noé reposando en su cima”. El éxito del escritor consiste en saber expresar con propiedad y el necesario aseo, siempre respetando la Gramática, lo que le viene a su imaginación creativa con tal de distraer al lector. Unas veces se consigue; otras, sale un ladrillo refractario.

 

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