Me entero por la prensa que ha muerto a los 100 años Herminio Ramos, cronista oficial de Zamora desde 2002. Tuvo muchos
reconocimientos por su labor en pro de la cultura, entre ellos,
la Encomienda
de la Orden del Mérito Civil y la Cruz
de Alfonso X el Sabio, además de recibir los premios de “Amigos del Duero”, de la“Asociación de Encajeras”, “Viriato”, al mérito periodístico y “San
Atilano”, concedido desde la Diócesis de Zamora. Yo siempre disfruté leyendo
sus artículos en El Correo de Zamora.
Herminio Ramos jamás se negó a dar conferencias en aquellos pueblos que se las
solicitaban, o a pregonar en fiestas populares, como fue el caso de la “Fiesta de la Vendimia de Toro”, donde
brilló con su elocuencia y elegancia.
Hombre de profundas creencias religiosas y muy devoto de la Virgen del Amor Hermoso. La cofradía de San
Isidoro le nombró ‘Hermano de Honor’
en un acto solemne durante una de sus últimas apariciones públicas. También fue
caballero
cubiculario y hermano de la Cofradía
de la Vera Cruz y de la Hermandad de
Nuestro Señor de Luz y Vida. Para aquel que lo desconozca, caballero cubiculario
es un título histórico y nobiliario derivado del latín cubiculanus (el que custodiaba la cámara del
emperador). En la actualidad, hace referencia a los miembros de la Real Cofradía de Caballeros y Damas
Cubicularios de San Ildefonso y San Atilano, una corporación nobiliaria fundada en
1260 con sede en Zamora, creada para custodiar los restos de san
Ildefonso y evitar en su día que fuesen trasladados a Toledo. Por Balbino
Lozano conozco una historia rocambolesca (El
Día de Zamora, 31/10/2022). Así lo contó: “Los toledanos
siempre ansiaron recuperar las sagradas reliquias de san Ildefonso, hasta el punto de que, en 1504, Clemente VIII ordenó al obispo y al Cabildo
de Zamora que hicieran entrega a los representantes del arzobispado de Toledo
de aquellas reliquias bajo graves penas, y como no cedieran los
zamoranos, los de Toledo recurrieron a ilícitos procedimientos. Enviaron a un cura
que se infiltró en la iglesia y en la primera ocasión que tuvo sustrajo de la
capilla una cabeza y con ella escapó precipitadamente a Toledo. Pero a su
llegada con el cráneo precipitadamente abrió una caja por otra y se llevó la cabeza equivocada”.
Pero volviendo a Herminio Ramos, justo
será señalar que siempre sintió pasión por la alfarería, tal vez por haber
nacido en La Tuda, hoy pedanía de
Pereruela, en la comarca de Sayago, famoso por su alfarería tradicional
refractaria. Herminio Ramos, cursó estudios de Magisterio, fue profesor de
Geografía e Historia en Zamora, en el instituto ‘Claudio Moyano’, y se jubiló ejerciendo en el ‘Juan XXIII’. Lector empedernido y hombre
de oceánica cultura, disponía de una biblioteca que rondaba los 15.000 ejemplares,
y por ironías de la vida siempre usaba una lupa para leer por problemas
oftalmológicos. Tuvo ocho hijos. Fue concejal de Cultura en el Ayuntamiento de
Zamora entre los años 1971-79, formó parte
de la primera Comisión de Festejos (germen de las actuales fiestas de san Pedro), puso en marcha la ‘Feria de la Cerámica y la Alfarería Popular’ (que estos días alcanza la
quincuagésima cuarta edición) y recuperó
los míticos gigantes de Zamora: ‘la
Negra’, ‘el Turco’, ‘el Abuelo’ y ‘el Ramón’. Su apuesta por la alfarería, como digo, consiguió que
se pusieran en marcha los ‘galardones Herminio Ramos’ que incentivan la creatividad con
la arcilla entre los alfareros y ceramistas que cada año acuden a la
feria zamorana. Tal fue su ahínco que durante los primeros años sufragó de su
bolsillo los premios, algo que más tarde asumió la Fundación Caja Rural de Zamora. También luchó a brazo partido
frente al derribo
del convento de las Marinas,
en la calle de santa Clara, fundado en 1289 por Sancho IV de Castilla. En
1868, el Gobierno revolucionario decidió convertirlo en la sede del Gobierno Civil y, como
consecuencia de ello, las clarisas fueron exclaustradas y trasladadas al Monasterio de Santa Clara donde
permanecieron 13 años. En 1881se mudaron a una casa que habían comprado en la rúa
de los Notarios mientras buscaban una vivienda definitiva. Por aquellos años, José de Echevarría estaba reedificando
su palacio pero, concluidas las obras, en 1878 murió su mujer, heredera natural
del inmueble. El marqués decidió entonces trasladarse con sus hijos a Bilbao,
poniendo en venta su palacio. Las religiosas no poseían suficiente dinero para
comprarlo, pero el obispo, junto a otros pelados españoles, luchó por conseguir
la indemnización que el Estado había prometido para aquellas religiosas que
hubiesen sido despojadas de sus monasterios durante el Sexenio Revolucionario.
Tuvieron que abonar el equivalente a 210.000 pesetas; y así pudieron adquirir el palacio de los
Echevarría, o sea, del marqués de
Villagodio, el personaje pintoresco que daría nombre a un chuletón de gran
tamaño procedente de sus toros sin encaste que había comprado en 1892 al duque de Veragua. El nombre se debe al
pintor Francisco Iturrino, molesto
por los desaires del marqués desde el día en el que el pintor le solicitó una estancia en su finca de
Coreses para pintar toros en el campo y el marqués no le hizo ni puñetero caso,
mientras que la famosa ganadería de Eduardo
Mihura le invitaba de mil amores. Y el ‘villagodio’
quedó como definición de chuleta de lomo alto, con costilla, asada a la brasa y
presentada cortada y separada del hueso después de asada. El nombre de ese
chuletón le hacía mucha gracia a Indalecio
Prieto. Lo guisaron con maestría las hermanas Azcaray en “El Amparo, de
grata memoria para los bilbaínos. Pero esa es otra historia. Descanse en paz don Herminio. Fue un gran luchador y mejor persona.
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