martes, 30 de junio de 2026

Sobre sierpes, cuélebres y gusarapos

Todos y cada uno de los duendes gallegos - Fantasía celta

 

Sobre sierpes, cuélebres y gusarapos se han escrito muchas leyendas espeluznantes. Sevilla tiene la suya, también Galicia y Sayago y Asturias… Todas ellas son leyendas muy antiguas y se conservan en la memoria por el boca a boca de las gentes del lugar donde se describen imaginarios hechos truculentos al calor de la lumbre en las atardecidas frías y con manso orvallo.  Una sierpe fue, según la Biblia, la que invitó a Adán a probar la manzana prohibida en el ‘árbol del bien y del mal’ y el primer mordisco le costó la salida del Paraíso Terrenal cubriendo sus partes pudendas con una hoja de parra. Pero hay muchas historias sobre sierpes: la leyenda de “La cova da serpe” que proviene del folclore gallego, la leyenda de La Tuda,  hoy pedanía de Pereruela (Zamora) en torno  a la mítica Casa de la Sierpe, situada cerca del Teso Grande, donde se dice que habitaba una enorme serpiente que acudía cada noche a beber a la fuente del pueblo y perdía un trozo de cola en el proceso. Otra de las grandes leyendas negras, como digo, se sitúa en Sevilla, en la calle Sierpes, cerca de donde estuvo preso Cervantes, y que data de la segunda mitad del siglo XIX. Parece ser que un albañil llamado Esteban Pérez, residente en la calle Marqués de la Mina, fue despertado en plena noche por un caballero que vestía de forma muy elegante que le ofreció una suma considerable de dinero por un trabajo urgente. La condición era que, si aceptaba, el albañil debería viajar en un carruaje con los ojos vendados para que no supiese su destino. Tras un largo trecho llegaron a su destino, un sótano donde Esteban fue obligado, bajo amenaza de muerte, a levantar un tabique frente a una hornacina. En ella se encontraba una mujer amordazada. Una vez terminado su trabajo, Esteban regresó a casa por el mismo trayecto y con los ojos vendados. Ya en su domicilio, el albañil confesó a su mujer lo sucedido. Tenía la conciencia intranquila y debía desahogarse. Ambos cónyuges decidieron acudir al juez para contar lo sucedido. Al ir con los ojos tapados fue incapaz de contarle a la autoridad el trayecto de ida y vuelta. Solo pudo contarle al juez que escuchó campanadas marcando los cuartos de hora mientras hacía el tabique. El juez en seguida cayó en la cuenta de que solo un campanario de Sevilla marcaba los cuartos de hora en la torre de su iglesia, el de la parroquia de San Lorenzo, en la calle Conde de Barajas y junto a la Iglesia de Jesús del Gran Poder, donde fueron bautizados los hermanos Bécquer.  Conocido ese dato, el juez mandó a unos guardias que fuesen a esa iglesia para derribar el tabique y poder salvar a la mujer de una muerte segura. Aquella mujer era la hija de los dueños de la “confitería La Campana” (en la calle Sierpes 1-3) fundada en 1885 por el maestro pastelero  Antonio Hernández Merino, un roteño que vivió en Filipinas  junto a su esposa, Margarita Nalda Gil, hija de un médico militar con la que tuvo ocho hijos,  y que todavía existe. Sigue regentada por la cuarta generación de esa familia. El responsable de aquel delito, un afilador de Nogueira de Ramuín magro de carnes, que se expresaba en barallete y al que le encontraron los carabineros en uno de los bolsillos de la chaqueta un chiflo de madera de boj, una chaira y una estampita de san Froilán policromada, fue detenido en los muelles del puerto de Cádiz cuando se disponía a embarcar en el vapor "Antonio López" con destino a La Habana.

 

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