sábado, 13 de junio de 2026

El imprescindible bidé

Bidé - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

Hace mucho calor y ya comienzan los incendios. Acabo de tomarme un tinto de verano, que limpia mucho la carbonilla de las tripas. Han cerrado el Puente de Piedra de Zaragoza y alguna otra calle del casco viejo por ese viaje al Medievo que yo me resisto a visitar en evitación de que con las calores y el gentío me entre una lipotimia o unas diarreas estivales. Hace días conté que Juan Roig vaticinó que las casas del futuro ya no tendrán cocinas, que irán a sus supermercados a comprar y llevarse la comida en túper. Pero no hay que desesperar, siempre quedaremos algunos “cocinillas” a los que nos gustas las sartenes, las raseras y las cazuelas. Llevo peor haber comprobado que los nuevos pisos, en su mayoría, carecen de bidé. Eso sí que no lo perdono. Un baño sin bidé ni es baño ni es nada. Es el mejor aliado de la higiene y un sinónimo de dignidad, ya que el papel higiénico, que se llevaban por decenas durante la pandemia de coronavirus, es abrasivo y no termina de limpiar. Leí a María José Solano en ABC (30/10/25) en su artículo “Elogio del bidé”, donde señalaba algo en lo que yo no había caído: “Roma se desplomó cuando olvidó sus acueductos. Europa se perderá cuando olvide su bidé, ese pequeño trono acuático nacido en Japón pero se utilizó en la Francia ilustrada del siglo XVIII, patria de los refinamientos inútiles que, con el tiempo, se revelan imprescindibles”. Bidet significa “pony” y “bider”, trotar, porque se monta a horcajadas. Fue demonizado por la Iglesia católica por considerarlo un borrador de pruebas de adulterio e incitar a la inmoralidad. De Marian Benito leí que “el marqués de Argenson, uno de los ministros de Luis XV, describe en sus memorias que un día, al ser recibido en audiencia, se encontró a la marquesa ‘sentada a horcajadas en un curioso mueble en el que se disponía a lavar sus partes íntimas’ mientras despachaba con él. María Carolina de Austria, reina de Nápoles, mandó instalar uno en su baño privado dentro del Palacio Real de Caserta, en la región italiana de Campania, como símbolo de poder, a pesar de que sus asesores le advirtieron de la mala fama que este artilugio, considerado instrumento de meretriz, le podría causar. Hizo caso omiso”. Y en cierta ocasión, un amigo me contó que un día fue a visitar la casa nueva que unos amigos suyos se habían comprado en un pueblo. La dueña de la casa se enseñó todas las habitaciones y finalmente el cuarto de baño, donde habían instalado un bidé. Era de esos bidés que tienen chorro vertical y horizontal.  En un momento dado le dijo muy seria la mujer del amigo al visitante: “Quiera Dios que no tengamos que usarlo”.

 

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