Me ha dejado impactado una frase de David Navarro, hasta ahora entrenador del Real Zaragoza: “Sale mal hasta lo que no hacemos mal”. A veces ocurre que todo se conjura para que nada salga bien. Es como si al que lo sufre le hubiese mirado el tuerto. Si, ya sé que se trata de una creencia popular supersticiosa arraigada en los países del Mediterráneo, pero la verdad es que aquel que sufre “mal de ojo” no sabe cómo disipar las malas energías y se da cuenta de que los amuletos de protección no terminan de ser eficaces. Y entonces aparece el espectro de la derrota. Ya en el siglo XV el falso Marqués de Villena escribió un “Tratado de fascinación o aojamiento”, donde describía ese tipo de infortunios y sus dudosos eficaces remedios. Tampoco conviene perder de vista al basilisco, criatura mitológica greco-romana de mirada, aliento y veneno mortales que, según algunas leyendas, solo pudieron ser amansados por san Trifón. Aquel rey de las serpientes fue, según se contaba en corrillos de viejas a la caída de la tarde, una criatura letal nacida de un huevo puesto por un gallo y empollado por un sapo. También se decía que los métodos seguros de matarlo era con el canto del gallo, que aterrorizaba al basilisco, o con su principal enemigo, la comadreja, que era el único animal capaz de vencerle con su olor, pero moría en el intento. También sucumbía cuando se miraban en un espejo. Solo era comparable a otro monstruo, en este caso femenino, Medusa, que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos, según contó Esquilo en su“Prometeo encadenado”. Por fortuna fue decapitada por Perseo, que después usó su cabeza como arma hasta que se la dio a la diosa Atenea para que la pusiera en su escudo, la égida, forjada con piel de cabra. Pero aún hubo otro monstruo menor, el cuélebre, sobre el que hice un relato donde describía cuando se le apareció a Manito, y éste le disparó dos cartuchos con su escopeta sin conseguir matarlo. Herido el cuélebre, le persiguió por distintas trochas y Manito tuvo que correr a calzón quitado hasta llegar al villorrio casi desfallecido por el esfuerzo de mover las tabas y romper sus alpargatas. Lo más triste fue que ningún vecino del lugar creyó su historia.
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