Escribe Manuel
Bohórquez en El Correo de Andalucía
que la hija de El Paíti y La Calilla, o sea, Pastora Pavón Cruz, más conocida por La Niña de los Peines, declaró en alguna
ocasión que Federico García Lorca
escribió un cante para ella. Y también me entero por Bohórquez que Manuel Torre no fue el primer amor de
su vida, como se ha dicho tantas veces. “La cantaora no se casó con Pepe Pinto hasta la edad de 43 años, y
antes de su enlace matrimonial en San Gil con el apuesto y genial cantaor
macareno estuvo con varios hombres. De los primeros, el empresario malagueño Eugenio Santa María, dueño del Café de la Marina; el padre de Lola la Flamenca,
la compañera del bailaor Faíco. Y el
también cantaor Manuel Escacena,
sevillano de San Juan de la
Palma, con quien estuvo hasta su muerte ocurrida en Madrid en
1928. “Cuando se produjo el crimen de Lorca -sigue contando Bohórquez -,
Pastora estaba en Madrid donde pasó toda la Guerra Civil en
compañía de su marido, el cantaor Pepe Pinto. Alguna vez cantó en homenaje a
él, una vez asesinado por los golpistas. Sabía a lo que se exponía, pero
siempre fue una mujer muy valiente. Me contaron que una de las veces en las que
vino Franco a Sevilla, un señorito
la invitó a una fiesta para agasajar al gallego. En plena fiesta, el dictador
fue a saludar a los artistas, que se levantaron enseguida. Pastora fue la
última en hacer el intento de levantarse y Franco, que conocía su tendencia
política y la de su marido, le puso la mano en la cabeza diciéndole: «Tú no
tienes que levantarte, Pastora de los
Peines». Queda claro que Franco se “trabucó” con el nombre real y el nombre
artístico de Pastora, se hizo con la
picha un lío y le salió un nombre nuevo que tampoco está mal: Pastora de los
Peines. Supongo que por aquellos días, Carmen
Polo Martínez Valdés le leía al inquilino de El Pardo, mientras éste se
pinchaba en el pijama el imperdible con la Laureada de San Fernando
frente a un espejo colonial y antes de meterse en la cama con el brazo de santa Teresa, el conocido cuento “Blancanitos y los siete enanieves”. En una foto colgada en la pared le lanzaba una mirada inquietante un general sin ojo.
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