Los tiempos
cambian. Leo que muchas pescaderías
están cerrando o llevan camino de hacerlo por una serie de circunstancia.
No existe sustitución generacional, el cliente no tiene tiempo ni sabe cómo
guisarlo, se conserva poco tiempo en el frigorífico y además se está
convirtiendo en artículo de lujo por sus abultados precios. Hay supermercados
que ya lo venden limpios y en bandejas, pero ni por esas. Se venden muchos
libros de cocina, hay infinidad de programas televisivos donde los concursantes
aspiran a ser chefs al estilo de Pedro Subijana, dirigir locales como 'Akelarre ' en Donostia y que su restaurante posea más estrellas ‘Michelín’
que el firmamento. Ser buen cocinero, hoy, es una profesión de enorme prestigio y son vistos como artistas creativos
donde se requieren conocimientos multidisciplinares, o sea, que lo mismo son capaces de freír una corbata que planchar un huevo
frito. Pero desde el chef hasta el plongeur y marmitón (encargado de lavar la vajilla
y limpieza de la cocina) como lo
entendía Auguste Escoffier (que elaboró el menú especial para la Première Classe del “Titánic” y que creó platos
que aún hoy reconocemos, tales como el
filete de lenguado Coquelin, la ave à la Derby, la pera Helene y
el helado de melocotón Melba) hubo toda una gran brigada de trabajadores
de cocina para los diversos cometidos. He llegado a contar hasta 16 ayudantes.
Escoffier también ideó una cocina modular para ese buque.
En 1902, Escoffier
publicó ‘Le Guide Culinaire’,
un libro que ordenó más de cinco mil recetas y técnicas. No era un simple
recetario, sino un manual profesional donde se establecía una base común de
lenguaje, método y criterio. Entes de ello, en 1899, al ponerse al frente de la cocina del‘Carlton
Hotel’ de Londres, introdujo por primera vez el‘menú a la carta’, otorgando al
comensal la libertad de elección de platos. En fin, para ser chef no sirve cualquier mindundi o cocinero de chicha y nabo, que hoy a cualquier trapillo le llaman mantón de Manila, que tampoco eran de Manila sino de China y eran los paños con los que se cubrían en los barcos las remesas de tabaco que llegaban de Filipinas, hasta que un día se los empezaron a poner sobre los hombros las mujeres que laboraban cigarros en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, situada en la zona conocida como 'Las Calaveras', que había servido de enterramientos en la época romana y que hoy está habilitada como parte de la Universidad Hispalense.
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