A Belloch le
conocí la tarde de un jueves, 23 de mayo, en el zaragozano Fnac de la calle del Coso. Presentaban “El entierro de Líster”. Todavía quedaban butacas vacías. En
primera fila, Jesús María Alemany
junto a José Carlos Mainer. Un poco
más atrás, José Luis Batalla.
Aquello prometía. Tomé asiento y esperé a que los coautores (Mariano Gistaín y Roberto Miranda) de un relato donde todos los personales del libro
resultaban ser ficticios, excepto Dios, explicasen “la traza de melonar” de una extraña parodia que había sido
ilustrada por el genial José Luis Cano.
Se hicieron las presentaciones: “Aquí el responsable de Xondica, a continuación un señor no sé si de Barcelona o de dónde,
a su derecha Mariano Gistaín, etcétera”. Entonces, como en un alunizaje,
aparecieron Belloch y Labordeta.
Eran como una pareja de la Guardia Civil
de correría a la antigua usanza, sin tricornios con cogotera, sin barbuquejos,
sin zurrones y sin naranjeros. A Labordeta ya le conocía desde que dejase a don Lorenzo en Huesca. De Belloch, en
cambio, tenía parecidas referencias de las que disponía cualquier lector de periódicos; quiero decir,
de su paso por la Audiencia
de Bilbao, de haber sido ministro de Justicia e Interior con Felipe González, de reformar un Código
Penal, que se entendía obsoleto por el Gobierno, y de haber participado en un
posterior rally a calzón quitado
contra su rival Garzón, para que el
Congreso de los Diputados aprobase dicha reforma antes de que el despechado
jurista, al que un González en pronunciado declive político había llevado de
número dos en la lista por Madrid, al que había prometido la cartera de
Interior, destapase la caja de los truenos contra unos inexplicables dislates
políticos concatenados que amenazaban seriamente los cimientos democráticos.
Pero el Belloch de carne y hueso que yo conocí ganaba en la distancia corta.
Era un hombre simpático, afable, condescendiente e implicado con la cultura
zaragozana. Ignoro si más tarde, en su soledad elegida de las Lomas del
Gállego, leería o no “El entierro de
Líster”. Eso sería lo de menos. Su aspecto no era ni de juez ni de ministro
ni de hidra de dos cabezas. Tenía aire de protagonista de novela de Marcial Lafuente Estefanía, no sé, tal
vez como de gobernador de Cheyenne. Y
aquí termina mi cuento de Navidad, que no tiene nada que ver con la Navidad ni pretendía que
lo tuviese. Esta noche es Nochevieja y confío en que nadie termine estropeando
el cuento.
domingo, 31 de diciembre de 2017
sábado, 30 de diciembre de 2017
Hace ahora un siglo
El próximo lunes comenzamos un nuevo año, 2018, y hará justo
un siglo de unas elecciones generales con sufragio masculino que dieron el
triunfo al Partido Liberal Conservador dirigido por Eduardo Dato, pero la coalición de las dos facciones del Partido
Liberal, la de Manuel García Prieto y la de Romanones sumaron más votos. Finalmente
sería elegido presidente del Congreso Miguel
Villanueva, y del Senado, Alejandro
Groizard. Y presidente del Consejo de Ministros García Prieto. En marzo fue
sustituido por Antonio Maura. Y en noviembre, por García Prieto. Pero dimitió a
los 26 días. El 5 de diciembre entró Romanones, que al mes siguiente suspendió
las garantías constitucionales. Finalmente, el 15 de abril de 1919 fue cesado y
se convocaron nuevas elecciones generales.
Fue un año convulso donde hubo una pandemia de gripe (“gripe española”)
que diezmó a la población europea con el resultado de casi 40 millones de
muertos. Aquel año, también, se cumplió el VII centenario de la Universidad de Salamanca y el centenario del Teatro Real de Madrid, cuya primera piedra tuvo lugar el 23 de
abril de 1818. Y en noviembre del año que ahora empieza se cumplirá el
centenario del fin de la Primera Guerra Mundial. En Junio de 1919 los países en
guerra firmaron el Tratado de Varsalles,
que entró en vigor el 10 de enero de 1920. Lo que había comenzado el 28 de
junio de 1914 con el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austro-húngara, y de su
esposa, la archiduquesa Sofía, en
Sarajevo, terminó 52 meses después con un balance de casi 10 millones de
soldados muertos y 21 millones de heridos. Los muertos civiles fueron difíciles
de cuantificar, entre ellos hubo más de un millón de armenios masacrados en el
Imperio Otomano, más de 6 millones de prisioneros, 3 millones de viudas, 6
millones de huérfanos y alrededor de 10 millones de refugiados en toda Europa.
El coste total de la guerra supuso unos 180.000 millones de dólares, equivalentes a 4 veces el PIB de los países
europeos. Alemania y sus aliados, por el Tratado
de Varsalles, se vieron obligados a pagar una factura desorbitada que se
liquidó en 1983, aunque quedaron pendientes de abono los intereses generados
(unos 125 millones de euros al cambio de
2010). Dichos intereses no podían ser abonados hasta que Alemania no estuviese
reunificada, dándosele para ello 20 años a partir de ese momento. La deuda
final fue satisfecha el 3 de octubre de 2010. “Como medida precautoria (Lettieri, Alberto
(2008). Cap. 13. La civilización en debate. Prometeo Editorial.
pp. 186 – 187) a Alemania se le expropiaron todas sus posesiones
territoriales en el exterior, los territorios de Alsacia y Lorena, se le
prohibió tener aviación y se limitó el número de hombres de sus fuerzas armadas
a 100 000 y además se planteó una suma indeterminada en concepto de
resarcimiento por daños de guerra, que podría ser pagada no sólo en metálico,
sino también en producción industrial”.
jueves, 28 de diciembre de 2017
Espinas lacerantes
Hoy, día de los Santos
Inocentes, me entero por la prensa de que Mariano Rajoy se ha reunido por la mañana con Albert Rivera para analizar la situación catalana. Pensaba que de
ahí iba a salir algo útil para España, pero no. Ambos líderes de la derecha han
llegado a la conclusión de que es necesario que el próximo Govern, surgido de las urnas del pasado día 21, deba respetar la Constitución. Parece el milagro de san Ponciano,
que con agua y tierra hizo barro. Esa reunión en Moncloa entre Rajoy el jefe de
su marca naranja, para llegar a la
conclusión de que el Govern debe
respetar la Constitución Española,
se me antoja mera tautología. Repetir un pensamiento machaconamente y enfatizar
las ideas no significa avanzar en el diálogo. Pues miren, la cosa es sencilla.
Si el Govern se saliese de madre, se
podría volver a aplicar el artículo 155, todavía en vigor, y santas pascuas. Lo
que no se puede ni se debe es repetir las elecciones catalanas hasta que salgan
los resultados que Rajoy desea, menos aún cuando en Cataluña todos los
parlamentarios del PP surgidos del frío (primero fueron 3, ahora resulta que
son 4) caben en un taxi, o en un turismo de UBER, sin apretujones. Es muy
fácil: que Arrimadas, alzada con el
santo y con la peana por mor de la afición en los últimos comicios catalanes,
intente formar gobierno; y si lo consiguiese, adelante con los faroles. Lo que
sucede es que las coaliciones de partidos, ay, todo lo desbaratan, que el asunto se
resuelve haciendo unas simples sumas, y que los faroles me traen el recuerdo
del rosario de la aurora. Lo que no recomiendo en ningún caso es el regreso por
segunda vez del Séptimo de Caballería,
del general Custer (ahora desdoblado
en Sebastián Trapote y en Ángel Gozalo), ni el amarre de barcos-dormitorio en el puerto de Barcelona, de
los que se quejaron por su comida y la estrechez de sus camarotes todos sus
inquilinos: desde el cabo Rusty y el sargento Biff O'Hara hasta el perro Rin Tin Tín.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Zozobra
Hoy tenía pensado escribir un cuento de Navidad y me ha
salido un pan como unas hostias. He decidido no publicarlo en mi hueco donde
cada día pongo unos granitos de literatura, en evitación de que alguien pudiese
sentirse triste por carencia de afecto. Llega la borrasca “Bruno” y en Zaragoza hace
un cierzo desagradable. Si a esa anómala circunstancia meteorológica se añade
la proliferación de terrazas vacías pero que ocupan espacio, las motos en las
aceras y los peatones vocingleros que no saben caminar por su derecha, entiendo
que ya va siendo menester alzar la cruz y los ciriales. Decía Ramón Gómez de la Serna que “anda de otra
manera aquel al que le faltan botones en el calzoncillo”. No resulta raro
entender que, entre tanta trampa ratonera, debamos circular lentos sorteando
obstáculos y con la cola de pegar en el bolsillo por si nos vemos en la
obligación de tener que remendar las hechuras de tanto paticojo suelto apoyado
en cachava, muleta o bastón de estoque. Se me antoja que algún despistado peatón
hasta podría perder una gamba saltando excavaciones, ahoyaduras y fosos, porque
Zaragoza está llena de baldosas levantadas, agujeros y alcorques sin árboles. Aquel que lo ponga en duda, puede acercarse por la avenida de San Juan de la Peña.
Y, claro, lo peor podría venir luego, cuando el harto y sufriente ciudadano que
desollase por el sangrante muñón necesitara tener que apoyarse en dos sillas a
fin de poder recetarle al sansirolé responsable de este zurriburi, que ciertos
políticos municipales de nuevo cuño denominan “impecable gestión en la función
pública”, una merecida patada en el bullarenque como un anticipo a cuenta de lo
que más adelante pueden recibir en las urnas. En Zaragoza hemos saltado desde
la orilla triste de la etapa de los
adefesios en tiempos de Antonio González
Triviño hasta la orilla de las salidas de pie de banco de Pedro Santisteve. En medio de ellos quedan Rudi y Atarés, que no hicieron nada de provecho. Y también Belloch, que nos endeudó por los siglos de los siglos con la Expo y el tranvía. En cierta ocasión,
recuerdo, José María Mur, cofundador
del PAR, dijo en unas declaraciones a un periódico local que “los aragoneses
necesitamos más autoestima”. Y estaba en lo cierto. Pero quizás, tal afirmación
sea multa paucis si nos paramos a
observar cómo anda el aceite del candil de aquellos que manejan los dineros
públicos. Sin embargo, por estos barbechos, el contoneo de la andadura del
zaragozano de a pie al mover las tabas nada tiene que ver con los botones de
los zahones, sino con el agujero en el bolsillo causado por el afán
recaudatorio sin contrapartidas razonables de aquellos que hoy sueñan con poder
cortar una cinta diaria a lo largo de todo el próximo año.
martes, 26 de diciembre de 2017
Revilla merece respeto
Las señales del agente de la autoridad prevalecen por encima
de las señales de tráfico. A mi entender, Miguel
Ángel Revilla no ha cometido ninguna infracción de tráfico el pasado 24 de
diciembre, al obedecer las indicaciones de un agente. En consecuencia, los
insultos recibidos por un grupo de
ciudadanos que se encontraban en una zona de bares de Puerto Chico, en Santander, están fuera
de lugar. Izquierda Unida de Cantabria señaló al respecto que “vivimos el
bochorno de ver cómo tienen que ser los propios ciudadanos que estaban en
ese momento en Peña Herbosa los que informen al presidente de Cantabria de
cuáles son las normas de circulación”. De cualquier manera, Revilla, al que
tengo por hombre inteligente e íntegro, debería entender que esos gritos
intempestivos por parte de determinados energúmenos que se estaban bebiendo
hasta el agua de las macetas, entra dentro del sueldo. Quizás aquellos tipos
que le gritaban “¡que sople!, “¡que sople!” y “¡payaso!” preferirían el regreso de Juan Hormaechea, el hombre que
tiene el dudoso honor de haber sido el presidente de una Comunidad Autónoma
condenado por delitos cometidos en el ejercicio de su cargo. Si la memoria no
me falla, en 1994 el Tribunal Superior de Justicia le impuso una pena de seis
años y un día de prisión y siete de inhabilitación por un delito de
malversación de caudales públicos y a otros siete años de inhabilitación por un
delito de prevaricación. Pero tuvo la suerte de que el Gobierno presidido por Felipe González le concediese el indulto
en 1995 aunque Hormaechea mantuviese su inhabilitación durante 14 años. Que yo
sepa, Miguel Ángel Revilla, secretario general de Partido Regionalista de
Cantabria, es actualmente el más alto representante del Estado en esa región
española y merece respeto y consideración. Es el político que más está haciendo
en beneficio de su Comunidad, como lo demuestra la difusión del Año Jubilar
Lebaniego, donde invita a los turistas de todo el mundo a participar en un
montón de actividades en el Valle de Liébana, un paraje rodeado de montañas
donde se ofrecen al visitante platos como el
contundente cocido lebaniego y productos
como los embutidos de jabalí y venado, la miel, el licor de orujo y el queso azul Picón Bejes-Tresviso
con Denominación de Origen.
Quejarse por chorradas
Aquí ya va siendo hora de poner cada cosa en su sitio.
Sabido es que todavía quedan grupos de Policía Nacional y de la Guardia Civil desplazados en
Barcelona y alojados en el barco Rhapsody
y en el ferry GNV Azurra.
Son unas fuerzas de retén que permanecen alertas “por si acaso”. Por si acaso,
qué. Y buena parte de ese contingente de funcionarios se indignó, según cuenta El Español, de la cena de catering servida en la Nochebuena: croquetas,
espaguetis con mejillones, pescado rebozado, tres panecillos y una botella de
agua mineral. ¿Qué esperaban? “A muchos de esos funcionarios públicos –sigue
comentando ese periódico digital—les pareció una falta de respeto por parte de
las autoridades y renunciaron a la cena, buscando otro lugar donde celebrar esa
fecha y pagándolo de su bolsillo”. Esa cena ofrecida, que a mí me conste, la
pagábamos todos los españoles con nuestros impuestos. El menú, por otro lado,
se me antoja mucho más digno que el que el que pudieron tomar esa noche,
pagándoselo de su bolsillo, muchos españoles que siguen siendo pobres a pesar
de tener trabajo. ¿Acaso las croquetas, los espaguetis con mejillones, el
pescado rebozado y el correspondiente postre constituye en su conjunto un menú
indigno para unos servidores públicos destacados en lo que entienden como
“tierra hostil”? El Español sigue
contando que “el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, ha ordenado este martes a primera hora que se
abra una información reservada para determinar las posibles responsabilidades tras
las quejas recibidas”. En esta vida todo tiene remedio menos la muerte. Si
a los guardias desplazados en Barcelona para mantener el orden público no les
gusta dormir en camarotes ni la comida que reciben a bordo de esos barcos, se
les puede alojar en Hotel Majestic,
en pleno Paseo de Gracia, que cuenta con dos restaurantes elegantes, bar con
música en directo, terraza con piscina y vistas privilegiadas. Todo ello se
puede pagar sin ningún tipo de problema con dinero público; ya que, como dijo
la ministra de Cultura, Carmen Calvo
Poyato, “el dinero público no es de nadie”. Habría que recordarle a esos
servidores públicos, que se quejan por chorradas como si fuesen escolares, que
peor comieron los presos del barco “Alfonso
Pérez”, atracado en la bahía de Santander, donde fueron a parar mi abuelo y
mi tío abuelo por el “delito” de mantener sus ideas. Si no les gusta su trabajo, que se dediquen a escardar cebollinos. Conque tonterías, las
justas.
lunes, 25 de diciembre de 2017
Elogio de la palometa
domingo, 24 de diciembre de 2017
Caracoles
Bajo el epígrafe “Caracoles
a la montañesa, el plato de las Nochebuenas cántabras”, el diario digital El Español presenta hoy al lector lo que
a mi entender es la mejor manera conocida de guisar esos gasterópodos. Pero como suele suceder con otros
muchos productos culinarios, lo cierto es que “la salsa suele valer más que los
caracoles”, cuando a la cazuela se les añade jamón, chorizo, panceta adobada,
cebolla, ajo, pimiento choricero, tomate triturado, nueces, cayena, comino,
laurel, pimentón, cebolla, puerro,
zanahoria, sal vinagre y aceite puro de oliva. Personalmente detesto cuando los
cocineros hacen hincapié en el uso del “aceite de oliva virgen extra”. Parece
que se estuviesen refiriendo a algo relacionado con en el catecismo de Ripalda y
con la bula Ineffabilis Deus de
Pío IX. Todavía recuerdo cuando en las
latas de Albo, que para mí siguen
siendo las mejores conservas españolas, ponía entre los ingredientes “aceite
puro de oliva”. Con eso estaba dicho todo. Lo cierto es que el plato de caracoles
está lleno de controversias: a unos comensales les satisface, a otros les
repugna. Pasa algo parecido con las ancas de rana, con los fardeles, con las
morcillas, o con los callos y demás casquería. Por otro lado, el caracol
terrestre es un bioindicador del suelo, tiene la particularidad de
acumular en su organismo aquellos metales pesados (plomo y mercurio) que están
en el terreno. Pero, como dice el viejo refrán: “una vez al año no hace
daño”, salvo que se trate de recibir un sopapo, o de que la Declaración de Renta
nos salga positiva. Bueno, eso último más que un dolor es una tragedia.
sábado, 23 de diciembre de 2017
Matar al mensajero
Pues nada, amigo lector, ya he terminado con mi quehacer; es
decir, ya he escrito 365 trabajos durante 2017, que es una buena forma de hacer
los deberes que me había impuesto para este año que termina. Ahora, como
acontece en los conciertos, podrían llegar los “bises” pero ningún lector me
los ha solicitado, cosa que agradezco. En consecuencia, los días que quedan de
diciembre los pienso dedicar a escuchar música, a hacer crucigramas, a leer y a
mirar por la ventana entre visillos. Algunos pasan por la acera de enfrente con
cajas de aguinaldo. Noto que cada vez son menos los trabajadores que lo
reciben. Mejor, menos que agradecer. Leo que Aznar, a través de un comunicado de FAES le “exige” a Rajoy
que le explique qué ha pasado en Cataluña con el PP. Pero Rajoy hace mutis por
el foro y achaca esa debacle al subidón de Arrimadas,
es decir, de Ciudadanos. El partido que sustenta al Gobierno central no tendrá
ni grupo propio en el Parlament y
deberá sentarse junto a los diputados de la
CUP. Tiene gracia la cosa. Ambos partidos
han recibido el carbón por anticipado de los Reyes Magos. Hoy cuenta Gonzalo
Adán en El Español que “los pronósticos de participación en las elecciones
autonómicas siempre parecían apuntar a que habría un vuelco electoral si
más catalanes acudían a votar. Se repetía que un aumento de participación
perjudicaría al independentismo y podría incluso dar la victoria a la suma de
Ciudadanos, PP y PSC”. ¡Ja, ja, qué risa! Ha quedado claro que el exalcalde de
Badalona, Xavier García Albiol, no
era el candidato ideal. Y ahora, el PP manifiesta su monumental cabreo dando patadas en el trasero de Bieito Rubido, director de ABC, al presentar una denuncia
ante la Junta
Electoral considerando que la entrevista a Inés
Arrimadas, que se publicó en ese medio el día de la jornada de reflexión, vulneró la prohibición de hacer propaganda
electoral el día antes de las elecciones. Pues nada, hay que matar al mensajero.
jueves, 21 de diciembre de 2017
Mañana se sortea

--Las cuarenta, don Pelayo.
--Muy bien, doña Andrea.
--Sepa que en esta partida está usted más
perdido que Carracuca. Le faltan horas de vuelo en el manejo del naipe.
--Puede....
Doña Andrea Puigfarré de la Riva, además de manejar con
aseo el juego del guiñote, hace unas empanadillas de rechupete y unos canapés
gloriosos. Verán, los días que tenemos previsto jugar por la tarde al guiñote,
confecciona una generosa fuente con canapés de foie, queso manchego y pastitas
de té suculentos. La verdad es que entonces atacamos bien la plaza hasta
henchir el baúl. Si hay suerte, doña Andrea me sirve una copita de Grand Marnier. Ella prefiere un licor de
rosas casero de menor grado alcohólico. Estoy convencido de que merced a esas
partidas de guiñote he logrado sobrevivir de una muerte segura.
--¿Echamos otro cotito, don Pelayo?
--A mandar, doña Andrea.
A lo hecho, pecho. Es viuda
de guerra. No sé por qué no soy más vivo y voy derecho al cajón del pan, como
dicen que hacen los maridos de las maestras. No estoy mal de aspecto y poseo
buenos modales. Por otro lado, ella se conserva de muy buen ver. La diferencia
de edad es lo de menos. Yo tampoco soy ya un guayabo ni estoy para muchos
meneos. Seis años de diferencia apenas se nota. De aspecto parezco más cascado
que ella y el amor no conoce edades. Si ella es viuda de militar, yo fui
educando de banda en el Regimiento de Garellano. Tocaba el tambor. ¡Qué tiempos
aquellos! Siendo soldado conocí a Flora
Mairena y el poco dinero que tenía tuve que gastarlo en blenocol por culpa de unas purgaciones de garabatillo bastante rebeldes.
Menos mal que aquel practicante me curó. Pontide, creo que le llamaban Pontide. Tenía la cara afilada, como de cuchillo. Llegué a tener miedo al otro sexo, de
la misma manera que el novillero que se sale del cuadro termina en la
enfermería descompuesto y sin ganas de volver a intentar quedar bonito. También
noto que me estoy volviendo más tacaño. Las guerras no pasan en balde. Doña
Andrea tuvo más suerte, dentro de su desgracia. Le concedieron el derecho
vitalicio a un estanco en la calle del Barquillo. Mañana se sortea y, si toca,
hasta puedo tener mi hora tonta y le pido en matrimonio por la Iglesia, como es natural.
Ella, tan materialista, hasta es posible que me acepte, convencida de que, si
hinco el pico, pronto podrá disponer de dos pensiones y la de huéspedes.
--Qué, don Pelayo, ¿no le
hacen unos bisaltos?
--Si le digo la verdad...
--Viéndole a usted comer,
cualquiera que no me conozca pensaría que guiso mal.
--Tienen muchos hilos, como
una marioneta.
--¡Uff…! Habla usted de
hilos como si fuese técnico en televisores. Y pensar que cuando marcha de bares
todo le viene bien. Están carísimos. Acabe el plato que luego tiene un filete
con patatas.
--¿Ha dicho filete?
--Bueno, he querido decir
hamburguesa de carne picada con algo de perejil. Supongo que no le sentará mal.
--El perejil, señora mía, le
sienta mal a los loros, mejorando lo presente.
Doña Andrea me mira y sonríe.
Cualquier día me envenenará con sidol y me dejará con media lengua fuera
y el rostro amoratado. Y sonreirá como si no pasase nada, con cara de Gioconda,
o con el gesto serio de una mantis
religiosa, que no sé cómo será, si es que pone alguno. Ya me empiezo a
cansar de escuchar siempre las mismas tonterías: “Gómez, archive esta
documentación”, “Gómez, escriba la respuesta al pedido del representante de
Calamocha”, “Gómez, procure venir antes por las mañanas”. Desde pasado mañana seré don Pelayo Gómez
Montesinos, de profesión rentista y, cuando vaya a despedirme de la odiosa
oficina les diré que se queden con mi última nómina para comprarle al jefe una
sordina, un correquecagas y una levita. Ser millonario es una cosa importante cuando se vive dentro de una
sociedad envidiosa y malvada. Los pobres nunca pueden permitirse el lujo de ser
orgullosos. Es el destino trágico de los piojos resucitados. Pero sepan los
necios que en ocasiones es más basura la escoba que aquello que barre. Si me
pongo a analizar y tengo en cuenta la teoría combinatoria es fácil que, encima
de que existe la casi total posibilidad de que “el gordo” de mañana no me va a
tocar, tenga una cirrosis de caballo de tanto darle al prive. Será mejor no
seguir soñando. Existen dos tipos de sueños: los que acontecen cuando se
duerme, y los que nosotros queremos soñar cuando estamos despiertos. Los
primeros se trocan en inmateriales; los segundos, maravillosos. Una vez, siendo adolescente,
me enamoré perdidamente de una vecina de casa. Se llamaba Paquita y tenía el
pelo largo y muy rubio. Pasaba las horas ensimismado. Perdí el apetito. Las
consecuencias vinieron cuando pillé anemia y me tuvieron que poner unas
inyecciones muy dolorosas. Pasado el tiempo, Paquita, que meaba más alto, se
puso de novia con un alférez de navío. Seguro que hoy, si la viese por la
calle, no me reconocería y que si alguien me dijera “ahí está Paquita”, mi
desilusión sería perfecta. Ya será abuela y es fácil que tenga nietos del
tiempo de Pedrito, el botones de la oficina. Prefiero soñar que la veo como cuando
éramos adolescentes. Seguir pensando que para Paquita no ha pasado el tiempo y
que seguirá siendo tan linda como cuando la llegué a adorar. Respecto a mi
persona, es mejor creer que sigo siendo aquel joven lleno de ilusiones, que
pensaba en ser de mayor delineante proyectista. Ahora, al mirarme cada mañana
al espejo para afeitarme, mi sueño se derrumba y choco de plano con la
evidencia de mi aspecto, cansado y viejo de tanto bregar. Dentro de pocos años
formaré parte del batallón de las clases pasivas. Entonces, si es que vivo
todavía, apuraré el vaso de vida hasta atragantarme con el último sorbo. Aún
conservo el reloj que fuese de mi padre,
de marca desconocida. Está parado pero enseña con precisión dos veces al día la
misma hora. Si mañana me toca la lotería pondré el dinero en un banco de
confianza. Por si las moscas, hoy, la víspera, he de ensayar ante el espejo mi
declaración a doña Andrea. “Verá, doña Andrea,--le diré circunspecto-- hace
tiempo que deseaba decirle lo que siento por usted. Estoy convencido de que
podré hacerla tan feliz como se merece y realizarnos de una manera total, sin
complejos. Nuestras vidas serán una, y cuando hayamos celebrado nuestra unión
por todo lo alto, por la
Iglesia, por supuesto, podremos ir unos días de luna de miel
por la orilla del Mediterráneo y subir a Andorra. Luego, de bajada, podríamos
acercarnos hasta Barcelona y ver El Molino y El Paralelo...”. Mañana escucharé
a los niños de San Ildefonso y...
Cocina criolla
Hoy comienza el solsticio de
invierno, buena ocasión para dedicarlo a la lectura, a los fogones y a
acariciar al gato, apoltronado en el sillón de orejas mientras suenan en el microsurco
valses criollos del argentino Ariel
Ramírez. En el año 1851 el cocinero
catalán Juan Cabrisas trabajaba en la Fonda de los Tres Reyes, en Barcelona. Siete
años más tarde y ya retirado, publicaría uno de los libros de cocina más
completos de la época: el Nuevo manual de la cocinera catalana
y cubana. Sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Juan
Cabrisas, como señala José María
Perceval en su prólogo a la edición facsímil que obra en mi poder, “habla
en su libro de sopas hechas a la bayamesa, de carne frita a lo montero-vinero,
de yucas salcochadas, de fufús de malangas y plátanos, de sopas de jarabe, de
boniatos y quimbombos. Todo ello mezclado con ollas podridas a la castellana,
potajes de lentejas o sopas de cuaresma”.Y entre esas sorprendentes “fórmulas”
culinarias que aparecen en ese libro sale varias veces a relucir el congrio y
su modo de cocinarlo. En seguida me he acordado de los bilbilitanos, tan
aficionados a ese delicioso manjar desde los tiempos en los que intercambiaban
sogas de esparto, que transportaban hasta Muxía (La Coruña), por ese pez
anguiliforme con el que regresaban a tierras aragonesas una vez desecado para
su conservación. Las primeras referencias datan de 1446. Pues bien, Cabrisas
hace referencia al congrio con arroz. Señala.”Se pondrán a freír ajos con
aceite, perejil picado y luego el arroz. Cuando empieza a tostarse se añade
agua caliente con sal y pimienta y a los dos o tres hervores se aparta del
fuego. Al mismo tiempo se hace cocer el congrio con poca agua, aceite y sal.
Una vez cocido, se pondrá en el arroz y se vuelve a hacer hervir hasta que esté
cocido. Para hacer más fácil la labor, se hará freír con aceite, ajos, perejil
y tomate. Más tarde se añade el congrio a tajadas y se le deja freír, se le añade agua bien caliente procurando que
hierva lo más pronto posible. Cuando esté medio cocido, se añade el arroz y se
le deja cocer entre quince y veinte minutos”. Una receta parecida se utiliza en
Andalucía, donde se le añaden al congrio y al arroz unas gambas, mejillones, briznas de azafrán, dos tomates, una cebolla,
dos dientes a de ajo, pimentón dulce, nuez moscada, pimienta, sal y aceite de
oliva. Cada maestrillo tiene su librillo.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
Elogio del guirlache

jueves, 14 de diciembre de 2017
Afán recaudatorio
El afán recaudatorio del Gobierno puede llegar a límites
insospechados. También a mover a risa. Ahora resulta que aquel que recibe un
lote de aguinaldo navideño está en la obligación declarar el importe del mismo
por ser considerada tal donación empresarial como ingresos en especie. Lo que
ya no sé es cómo debe calcular su importe el receptor si ese dato no se lo
proporciona la empresa en la que presta sus servicios. Día llegará, a este
paso, en el que al dar una limosna a un pobre, nos veamos en la obligación de
que el inope receptor de unas monedillas nos firme un recibo de entrega. Productos
en especie es el uso, consumo u obtención de bienes, derechos o servicios de
forma gratuita o a precio inferior de mercado para fines particulares, aunque
no supongan un gasto real para quien los conceda, siempre que no supere el 30%
de las percepciones del trabajador. Dicho al estilo de Montoro: sobre el valor de la retribución en especie debe
practicarse un ingreso a cuenta,
que funciona del mismo modo que las retenciones. Ese ingreso se imputa al
trabajador. Corresponde a la empresa calcularlo e ingresarlo en la Agencia Tributaria
en el modelo 111, junto con el resto de retenciones e incluirlo también en el modelo
190, de manera que el trabajador puede ver las cuantías reflejadas en sus datos
fiscales para hacer la
Declaración de la Renta.
Algo parecido sucedía (lo digo en pasado porque a día de hoy
las entidades bancarias no dan ni un celemín) cuando los bancos hacían
“regalos” por domiciliar una nómina, abrir un depósito, etcétera. Tributaban en
la Renta como
rendimientos del capital mobiliario. Y si toca la lotería está uno copado. Al
ir a cobrarla, le practicarán una retención del 20 % de todo aquello que exceda
de 2.500 euros. De ese modo, el perceptor agraciado sólo tendrá que anotar el
premio en su declaración de Renta. Se dijo en 2013 que sería una medida
temporal para conseguir ingresos adicionales en momentos de crisis económica.
Pero esa “medida temporal” continúa en vigor desde entonces. Vamos, que el
gordo ya no es tan gordo, cuando los 400.000 euros del décimo se quedan en
320.500. Es, como en las latas de atún, el peso escurrido excluidos los
vinagres.
martes, 12 de diciembre de 2017
Sabor a sueño mutilado
Lo sucedido en Zaragoza el pasado día 8 de diciembre, cuando
unos tipos atacaron a un hombre, Víctor Láinez, con un objeto contundente por llevar tirantes
con la bandera española, da idea de cómo las gastan aquellos que todavía ven
como un símbolo “facha” lucir los colores de la bandera española, instaurada
oficialmente en 1843 y cuyos colores han permanecido desde entonces salvo en el
periodo de la Segunda República.
Como no puede ser de otra manera, rechazo ese comportamiento salvaje. La prensa
señala que el herido está en muerte cerebral. Horas más tarde me entero de que ha fallecido. En un Estado de Derecho los
símbolos son importantes. Pero no cabe duda de que, durante la Transición, los
redactores de la
Constitución del 78 tuvieron una ocasión de oro para
modificar los colores de una bandera oficializada durante el reinado de Isabel II; que, por un lado
representaba a la Casa
de Borbón y, por el otro, había sido utilizada por los causantes del golpe de
Estado de 1936 contra la Segunda República, legalmente constituida en 1931, y declarada
como oficial durante toda la dictadura franquista. Quizás, las Cortes
Constituyentes en la redacción del artículo 4.1 de la Constitución del 78 tuvieron
una ocasión de oro para haber cambiado los colores de la bandera, del mismo
modo que eliminaron del escudo el águila de san Juan. No se hizo así por
razones que desconozco, aunque lo que entonces se llamó “consenso” no fue, a mi
entender, otra cosa que el gran miedo instalado entonces en todas las
instituciones del Estado. Lo que ocurrió tres años después, en febrero de 1981,
da idea de cómo andaba el aceite del candil. Es triste comprobar que ahora, 39
años después del nacimiento de la Constitución de 1978, el Gobierno que preside Mariano Rajoy apoyado por el Partido
Popular (partido creado por siete
exministros franquistas), manifieste todo tipo de reticencias para modernizar
esa Constitución de arriba abajo y no esté interesado en poner un solo céntimo
de euro de los Presupuestos a la
Ley de Memoria Histórica escudándose en la crisis económica. ¿Pero
no dicen que ya nos hemos recuperado? Nos sigue quedando a muchos un regusto a
sueño mutilado. Menos mal que existen las hemerotecas. Y en ellas consta que Rafael Hernando declaró en una tertulia
televisiva que “los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de
desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica
le denunció por lo que entendían como un delito de injurias graves. Pero la Fiscalía archivó la
querella, al no encontrar “elementos suficientes para ejercer acciones penales
o civiles”. Creo que fue en marzo de este año cuando Hernando volvió a la
carga, asegurando que “esto de estar todo los días con los muertos para arriba
y para abajo supongo que será el entretenimiento de algunos”. Y otra vez la ARMH se dirigió a la
fiscalía, al considerar que estas palabras podrían incumplir el artículo 510
del Código Penal,
que contempla penas de hasta 4 años de prisión para quienes públicamente
“fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad,
discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una
persona determinada”. ¿Y en qué quedó? En nada. Sólo Camboya supera a España en
número de fosas comunes. Ese hecho produce escalofríos. Ya dijo Charles de Gaulle que las guerras
civiles no se acaban nunca. Estaba en lo cierto.
lunes, 11 de diciembre de 2017
Algo empieza a ir mal
Yo ya sospechaba algo que me acaba de corroborar Emérito Quintana: La hucha de las
pensiones sólo es un artificio contable puesto que nunca ha existido. Es,
supongo, un arma que siempre esgrime el Gobierno de turno para asustar a ocho
millones u medio de pensionistas cuando se acercan las elecciones generales.
Según Emérito Quintana, “los gobiernos siempre tuvieron la astucia de crear
un presupuesto separado para el sistema de Seguridad Social, con sus
respectivos impuestos, creando la ilusión de que la Seguridad Social
no forma parte del Estado. En los sistemas de reparto no hay
ningún ahorro, pues las contribuciones de los trabajadores de hoy sirven para
pagar a los jubilados de hoy, pero en sus inicios este modelo generaba un gran
superávit, ya que había millones de personas contribuyendo y sólo decenas de
miles cobrando. Ese dinero extra la Seguridad Social
lo invierte en deuda pública, compra bonos que emite el Estado, y el
Estado recibe el dinero y se lo gasta ese mismo año. Al final, el dinero vuelve
a las mismas manos y el Estado se debe ese dinero a sí mismo”. En suma, es como
en el juego del trileo, la más cruel de las pantomimas. Los tres cubiletes y la
bolita. Claro, hace falta la colaboración de unos compinches que actúen de
ganchos. Una de las formas de convencer a las víctimas es apostando a la
elección ganadora, y el estafador paga al apostador ganador que es obviamente
su palero. El truco del estafador consiste en esconder la bolita entre las uñas
para evitar que la víctima la localice. En algunos casos el estafador permite
que una víctima que no es cómplice del fraude, acierte; esto lo hace
generalmente cuando la apuesta de dinero es baja y tiene como objetivo atraer
más incautos a la trampa. No cabe duda de que el actual sistema de reparto de
las pensiones en España tiene un esquema de pirámide, siendo necesario que
existan más trabajadores cotizantes en activo para poder pagar a los actuales
pensionistas. Aquí, los “beneficiarios” (pensionistas) cobran del dinero de los
nuevos “inversores” (trabajadores en activo). Lo que no está escrito en ningún
sitio es que el Estado acostumbra a cambiar las reglas de juego en mitad de la
partida. Inicialmente el
sistema funcionaba porque
los jubilados se morían pronto. Pero a medida que fue creciendo el sistema (o
sea, cuando la esperanza de vida fue mayor) llegó un momento en el que a esos
trileros les resultó más difícil engañar a gente nueva y eso hizo que los
nuevos no fuesen “muchos” sino “pocos” en comparación con la gente que tenía
que empezar a cobrar en el futuro cercano. Llegado ese momento crítico, el de ahora (con trabajos de baja calidad, alto paro, y
mejores expectativas de vida), aquellos que montaron el
sistema, amenazan con subir los años de
cotización para cobrar menor pensión y recomiendan hacer fondos de pensiones,
en claro beneficio de la banca. Jo, ¡qué tropa! Aquí, como en todos los
sistemas piramidales, algo empieza a ir mal, muy mal. Pero lo más triste, si
cabe, es que a los trabajadores todavía en activo, casi sexagenarios y con un
rabo de años cotizados a sus espaldas, se les engaña miserablemente cuando ya
carecen de capacidad de maniobra. A
estos sacrificados ciudadanos, que por causa de la crisis económica se ven hoy
obligados a ayudar a hijos y nietos, les ocurre como al perro herido, que jamás
logra entender por qué le apalea su amo. Pese a todo, le lame. Pese a todo, les
vota. ¡Que les compre quien lo entienda!
domingo, 10 de diciembre de 2017
Puentes
En la noche de ayer, sábado, pude ver en la primera cadena
de TVE la película “Los puentes de
Madison”, filmada en 1995 en uno de los 99 condados que tiene el Estado de
Iowa. En concreto, el puente que se ve en la película es el de Roseman, en los alrededores de
Winterset, pueblo natal de John Wayne.
Aquellos puentes se construyeron con maderas nobles y se les incorporaron
techos, que solían estar pintados del color de los establos, normalmente de
rojo, para que los caballos no tuvieran miedo al cruzarlos. Son como viejos
vagones de mercancías sin ruedas y varados en pleno campo. En la película se
utiliza por el protagonista una cámara Nikon
F, con lente de una sola distancia focal. La novela comienza: “There are songs that
come free from the blue-eyed grass, from the dust of a thousand country roads. This
is one of them...”. En la
actualidad sólo quedan 6 de aquellos 19 puentes originales del siglo
XIX: los puentes Cedar, Cutler-Donahoe,
Hogback, Holliwell, Imes y el citado
Roseman, construido éste en 1883
por Benton
Jones. Tiene 32 metros
y medio de longitud y fue restaurado en parte para el rodaje de la película,
basada en la novela “The Bridges of Madison County” de Robert James Waller. El coste de aquella restauración fue de
152.515 dólares. En realidad sólo se utilizaron dos puentes para el rodaje: Roseman y Holliwell. El Roseman es también conocido como el "puente embrujado". Cuanta una
leyenda que dos policías se apostaron en él durante su construcción, en 1882,
para atrapar a un fugitivo de la cárcel del condado, y que cuando éste llegó
allí, exhaló un escalofriante alarido al tiempo que pegó un salto sobrehumano
al techo del puente y desapareció para siempre. Según esa leyenda, ese hecho
probó la inocencia del perseguido. Los puentes eran bautizados por el apellido
de la familia más cercana a cada uno de ellos. Aquella película, interpretada y dirigida por Clint Eastwood nos retrotrae a 1965,
año en el que durante cuatro días se vive un intenso romance entre un fotógrafo
que trabaja para la revista National
GeographicMagazine y una mujer casada de origen italiano. Una historia que reflejará Francesca (la protagonista) en un diario dividido en cuatro partes
que sus hijos descubrirán después de su muerte. Nunca he entendido la razón por
la que siempre se pasan películas de aceptable calidad a altas horas de la
noche. Y una de dos, o te mueres de sueño, o te marchas a dormir con gran
fastidio. Normalmente optas por lo segundo. Por cierto, en la película descubro
que el río (¿Middle?)
que discurre bajo el puente Roseman
se encuentra en pleno estiaje, con poquísima agua en su cauce, como sucede en
España con el Ebro y el resto de los ríos de la vertiente mediterránea.
sábado, 9 de diciembre de 2017
Pinceladas de acuarela

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