sábado, 19 de julio de 2008

Muñecos

Primero fue la Pepona, aquella muñeca de cartón-piedra que se le regalaba a las niñas pobres el día de Reyes. No se la podía bañar, porque se rompía. Las niñas pobres se entretenían durmiendo a la Pepona, cuando la Pepona todavía no cerraba los ojos, que eso vendría más tarde. Las niñas pijas disfrazaban a Mariquita Pérez e iban uniformadas con faldas plisadas y cuellos duros a colegios religiosos de pago. Mariquita Pérez poseía mayor categoría social que la Pepona. Más tarde llegaría la Nancy. Lo que nunca supe fue qué destino tuvo la maniquí de Ramón Gómez de la Serna, con la que se retrató en su "palomar" madrileño de la calle Villanueva, ni las muñecas hinchables que vendían en los sex-shop de las grandes ciudades, pero que siempre eran adquiridas por correo a gastos pagados. Ese eterno pudor que nos devora. La maniquí de Ramón y las muñecas hinchables fueron fetiches que hicieron suavizar la soledad a aquellos que las poseyeron. Ahora, cuando ya nadie se acuerda de todo aquello, aparecen los bebés de vinilo, que deben ser cuidadosamente pintados cada cierto tiempo para que su tez y su pelo no pierdan brillo. Los venden en la Casa de Devorah King, en Edimburgo y son muy buscados por los coleccionistas.

No hay comentarios: