Una noticia leída en El
Correo de Zamora me ha dejado patidifuso. Dice: “Unidos contra el Cáncer de Toro y Alfoz realizan hoy una visita al
Centro de Investigación del Cáncer de Salamanca con motivo del Día del
Superviviente...”. Uno, dentro de su cortedad, es consciente de que el
cáncer es un mal que afecta a muchas personas y animales. Raro es el ciudadano
que no tiene, o no ha tenido, un pariente aquejado de una neoplasia. Pero a lo
que yo me refiero es a la forma de transmitir la noticia a los lectores. Dicho
así, como lo enfoca el redactor, pareciese que existieran tanto el cáncer de Toro y Alfoz como el cáncer de Salamanca. La diferencia entre
un escritor que escribe columnas de opinión y un redactor de diarios consiste
en que el primero de ellos puede escribir lo que le venga en gana. Otra cosa es
que se lo publiquen si no se considera acorde con la línea editorial del medio
que sirve de soporte. A mí me ha sucedido, por eso lo digo. El redactor, en
cambio, no está habilitado para añadir nada “de su cosecha”, o sea, para opinar
sobre el suceso o la noticia. Debe limitarse a redactarla de la mejor manera
posible y de la forma más entendible para el lector. En este caso, M.J.C.,
iniciales del redactor de la noticia en El
Correo de Zamora debería haber escrito:
“Unidos contra el Cáncer, de Toro y Alfoz, realizan hoy una visita al Centro de
Investigación del Cáncer, de Salamanca”. A veces una coma consigue que se
cambie todo el sentido de una noticia. Recuerden, por ejemplo, cuando en Diario de Navarra apareció el siguiente
titular: “Don Juan, agoniza”. Aquella
coma improcedente hacía del titular informativo nada menos que un imperativo,
nada más lejos del deseo del redactor; o aquel cartel que avisaba: “Prohibido fumar gas inflamable”.
Evidentemente falta un punto entre “fumar”
y “gas”, o una simple coma.
miércoles, 31 de mayo de 2017
martes, 30 de mayo de 2017
Noche clarísima, de luna fuerte...

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*nota aclaratoria.-
La regla biométrica fue creada por el físico francés Antoine Bovis con la colaboración del ingeniero Simoneton. Fue utilizada como escala de medición el Angstrom (Å), o unidad de medida de la largura de onda. 1Å;La = décima millonésima de milímetro. En la primera dimensión del Biómetro, el nivel físico va de 0 a 10.000 unidades. Mide la intensidad del lugar, la vibración que tiene un efecto sobre el elemento físico del ser humano.
No todo vale

lunes, 29 de mayo de 2017
El maná
Los sevillanos acaban de salir de la Semana
Santa bullanguera y de una Feria de
Abril de vino y rosas y ya están inmersos en las caravanas del Rocío, donde se implora el maná para
seguir viviendo del cuento. Decía Gregorio
Marañón, ese “trapero del tiempo”, a propósito de los españoles durante el
reinado de Felipe IV, que “el
creerse protegidos por Dios [en el caso andaluz protegidos de la Virgen] corroe y destruye
la tensión para el esfuerzo. El resultado es la pereza. Hoy podemos decir, con
absoluta certeza, que aquellas rogativas que se hacían para que llegasen con
bien los galeones con el oro de América, y aquellas alegrías con que se
festejaba su arribo a los muelles del Guadalquivir, eran como golpes de azada
que abrían la fosa en que nuestras mejores energías se iban enterrado. El galeón funesto mató a Don Quijote. De sus vientres de madera
salían, con el río de oro corruptor y enervante, la semilla del fatuo, del
perezoso y de pícaro. De esta calaña de gentes se sembró el país. Entre soldados,
frailes nobles, servidores de los nobles, pordioseros y ociosos de profesión se
ocupaba más de la mitad del censo en España”. Poco ha cambiado el Sur desde el
siglo XVII. Hoy el maná ya no llega a la Torre del Oro en los galeones de América sino por
un turismo extranjero que da trabajo a miles de camareros y empleados de
hoteles. Y también se critica a esos “advenedizos” (que sólo vienen para hacer
fotografías, tomar sangría y montarse en coches de caballos) desde las columnas de opinión de la prensa. Que si molestan los
veladores en las aceras, que la Plaza de Santa Cruz huele a
fritanga, que no se guardan las debidas composturas durante las procesiones,
que los turistas las ven pasar sentados en sillas de los chinos, que causan molestia
los negocios franquiciados en La Campana... La cosa es hablar por no callar.
Desean vivir de los turistas pero que no se note mucho su presencia. Pretenden hacer bueno el
viejo dicho “dinero acá, indiano allá” sin
gastar energías. Y así no se hacen las cosas.
domingo, 28 de mayo de 2017
Cara y cruz
Son gajes del oficio. Felipe
VI era aplaudido en Guadalajara por la mañana con motivo del desfile de las
FAS y silbado por la noche en el Estadio
Vicente Calderón por unos energúmenos catalanes mientras se entonaba el Himno Nacional en la final de la Copa del Rey. Ambas son las dos caras de la
misma moneda. Me he encontrado hoy con conocidos que me indicaban que esas
cosas no pasaban en el Santiago Bernabeu
con Franco. No, ni tampoco se
hablaba de corrupción política, que la había, ni se podía plasmar en El Caso más de un asesinato al estilo
del de Jarabo por semana. Se lo
podrían haber preguntado a Eugenio
Suárez Gómez de no haber muerto el penúltimo día de 2014. A la prensa
domesticada sólo le interesaba ayer lo superfluo: es decir, trasladar al conjunto
silencioso y manso de una sociedad cobarde el vestido que lucía María Dolores de Cospedal y si era más
o menos elegante que el de la consorte Letizia
Ortiz. Pero aquí suceden otras cosas: Rajoy,
con el tancredismo al que nos tiene acostumbrados, pretende que la sociedad
civil se implique contra el proceso independentista catalán; y Pedro Quevedo, de Nueva Canarias, da el
“sí” al Gobierno para aprobar los PGE a cambio de 204 millones para las islas.
Una limosna si se compara con los 1.400 millones que recibirá el PNV. ¿De dónde
saldrá ese montante? Está claro que de nuevos recortes en Sanidad, Educación y
Servicios Sociales. Y el Gobierno dice sin rubor que no ha podido subir las
pensiones de viudedaz y orfandad por falta de fondos, en respuesta a una
pregunta parlamentaria de Marcial Gómez
Balsera y de Sergio del Campo,
ambos diputados de Ciudadanos. Se escudan en que “ello supondría un importante
coste para el sistema de la Seguridad Social”.
Pero lo que no dice Rajoy es cuánto ha costado al bolsillo de los españoles una
parada militar que carece de sentido. Y como nadie lo cuenta, ya se lo digo yo:
más de 350.000 euros, sin contar los gastos indirectos municipales y otras
servidumbres que aburriría al lector especificar, como el ágape posterior, reservado
sólo a los invitados, y que se realizó en un centro educativo privado
perteneciente a la
Iglesia Católica, etcétera.
A vueltas con san Íñigo
Me entero de que la urna con los restos de san Iñigo viajará hasta Calatayud el próximo 1 de junio
coincidiendo con la fiesta patronal. Iñigo, como nombre propio, procede del
celtibérico Enneco y nada tiene que
ver con Ignacio, posiblemente debido
a que Iñigo López de Recalde adoptó
más tarde el nombre de Ignacio de Loyola
en recuerdo de san Ignacio de Antioquía.
Como bien explicaba Iñigo de la Maza en un interesante
trabajo, el origen de Íñigo es Enneco, de raíz nativa prerromana, mientras que
el de Ignacio es Ignatius (latín), que significa ‘fuego’, o bien Ignêtes
(en griego), que equivale a ‘innato’. La otra fuente de confusión en darle la
misma equivalencia a Íñigo e Ignacio, está en que Enneco evolucionó, en lengua
vasca, a Iñaki (forma hipocorística de Ignacio), y Sabino Arana (ese ídolo del PNV que llamaba a España ‘Maketania’ y que, según él, estaba
llena de gente perezosa, torpe, corta, sucia e impía) propuso la traducción de Iñaki por Ignacio en
castellano. Aquel odio a todo lo que representaba España quedó reflejado
perfectamente en un párrafo de uno de sus escritos: “Si algún español se ahoga
y pide socorro, contéstale: “Niz eztakit
enderaz”, o sea, “no sé castellano”. Pero a lo que iba, moreno. Entre las
personas mencionadas en la Edad
Media que usaron el nombre Enneco (Íñigo) encontramos en las
primeras crónicas de Navarra al caudillo Enneco
Aritza (Íñigo Garcés, llamado Arista, 824-851) y su hijo Garsea Enneconis (García Íñiguez de
Pamplona, 851-880) reyes de Navarra y Sobrarbe; y, cómo no, san Enneconis (san Íñigo), abad
benedictino del Monasterio de Oña. El significado literal de Enneco, (en [e] “ko”) equivale a “situado en una pendiente montaña”.
sábado, 27 de mayo de 2017
El "asunto catalán"
Mucho se sigue comentando el “asunto catalán” y el deseo expresado por el Muy Honorable Señor Carles Puigdemont Casamajó de hacer un referéndum secesionista y pasar por encima sin necesidad
de pértiga del artículo 2º de la Constitución
Española. El “asunto
catalán” es viejo. Sólo hay que leer “El
Conde-Duque de Olivares”, escrito por Gregorio
Marañon (Madrid, Espasa-Calpe, 1936) para poner algo de luz en esta
farragosa cuestión. Marañón hace referencia a Portugal en el capítulo XIX referido a la “política exterior y regional” en
tiempos de Felipe IV y en la forma
de ser considerada por Gaspar de Guzmán
y Pimentel, valido de ese monarca. Escribe Marañón: “Los majaderos se ríen cuando se dice que el problema de las regiones
es de pura biología; pero es tan biológico como la estupidez de los de se ríen.
Las razones políticas de que Portugal, por ejemplo, fuera un reino de España
eran tan artificiales que sobre ella sólo se hubiera podido fundar una alianza
federada y nunca una sumisión., y ello, a fuerza de siglos de una convivencia
infinitamente inteligente, incompatible con las realidades artificiosas,
rígidas y nacionalmente anfibiológicas de la política de enlaces o de
conquistas. Y fuera ya de Portugal, nación genuina, dentro de España misma, la
personalidad de las regiones es un hecho tan vivo, que sólo la pasión, la
malicia o la necesidad lo puede desconocer”. En ese estado de cosas de nada
sirve, por ejemplo, tratar de mezclar culturas variopintas (véase el caso de
los “charnegos” en Cataluña llegados
mayormente del sur de España en la época del Desarrollismo) en un vano intento
de “diluir” una profunda vocación de los catalanes por segregarse de Castilla,
entendida Castilla como el resto de un Estado común que une paisaje y paisanaje.
“Y el Conde-Duque --sigue escribiendo
Marañón-- olvidó que era imposible hacer,
ni por las buenas ni por las malas, una suma uniforme de dos sustancias --los
dos pueblos, Cataluña y Castilla-- históricamente incapaces de fundirse, aunque
sí de mezclarse en un mínimo cordial de afectos y de conveniencias comunes”.
No debemos olvidad que Cataluña (que no dispone del “cupo” vasco) genera mucho más ingresos al Estado que todo el Sur
del olé, olé y trago de La Ina al coleto, de
las 60 peonadas y del “Dios aumente la caridad” como única contrapartida
responsable a una ya crónica situación catastrófica sin visos de solución. Si yo fuese catalán, también desearía
marcharme. Y que cada palo aguante su vela.
Lambán debería hacérselo mirar
Javier Lambán,
sin mejor cosa que hacer en beneficio de Aragón, sigue los pasos de Marcelino Iglesias y ha conseguido que
el Boletín Oficial de Aragón publique
los estatutos de la futura Academia
Aragonesa de la Lengua,
ideada para velar por el correcto uso del aragonés y el catalán, que lo hablan
cuatro gatos en la Franja
y otros cuatro o cinco liliputienses mentales en la Alta Ribagorza en su modalidad
de patués. Javier Lambán, que apostó por la socialista Susana Díaz para la Secretaría
General del PSOE y aparecía en todas las fotos de portada en
los medios junto a esa señora pícnica que pareciese que hablara con letra
bastardilla (pese a que sólo consiguió apoyos en Andalucía, una de las regiones
más deprimidas de España), nos va a señalar de ahora en adelante a los
aragoneses cómo debemos expresarnos, si en catalán, patués, estadillano o vaya
usted a saber de qué manera, ya que en cada valle pirenáico ese patués tiene matices
diferentes. En ese sentido, leo hoy en El Mundo que “según los estatutos,
los miembros de la Academia
serán personas de reconocido prestigio en el ámbito de la filología, la
literatura y la lingüística, preferentemente doctores, y nativos hablantes, que
cuenten con una larga trayectoria en la práctica y el fomento de los valores
lingüísticos y literarios propios de la comunidad aragonesa, y en la que estén
representadas las lenguas y modalidades lingüísticas propias. Los cargos serán
vitalicios y ninguno de sus miembros tendrá sueldo asignado, aunque sí recibirán
las correspondientes dietas por reunirse al menos dos veces al año”. Y hoy,
que he regresado de mis cortas vacaciones en Collado-Villalba, donde desde mis
ventanas he podido contemplar la
Sierra de Guadarrama en todo su esplendor; y también la cruz
de Cuelgamuros a tiro de pistola, me ha venido a la cabeza aquello que decía Franco: “Dado lo vitalicio de mi Magistratura...”. A Lambán, licenciado en la Facultad de Filosofía y
Letras por la Universidad de Barcelona, me gustaría decirle sólo
una cosa: tonterías, las justas. Muchos ciudadanos estamos hartos de que en
Aragón primen los fastos sobre la eficacia. Como sucede de igual modo en
Andalucía, donde gobierna en el Palacio de San Telmo la Dulcinea de sus desvelos.
sábado, 13 de mayo de 2017
Aún no existían las motos Harley-Davidson...
Hoy se cumple un siglo de las presuntas apariciones en
Fátima de la Virgen a tres
pastorcillos, a los que les comunicó tres mensajes proféticos de los de tocar
madera. Con ocasión de ese centenario se encuentra en ese lugar el papa Francisco, que canonizará a dos de
esos muchachos: Jacinta y Paquito. Todo apunta a que Lucía, la última en fallecer, será canonizada en un proceso
separado. Yo estuve una vez en aquel “lugar mágico” aprovechando un viaje entre
Lisboa y Oporto. Respeto la fe de los creyentes católicos, pero sólo encontré
un extenso perímetro de complejos hosteleros donde en sus cercanías aparcaban
muchos autocares de fervorosos de excursionistas. Muy cerca de ese lugar se
encuentra Batalha, donde hay un importante monasterio, Santa María da Vitória,
gótico tardío, fundado por Joäo I
para agradecer el triunfo en la
Batalla de Aljubarrota el 14 de agosto de 1385
contra las tropas del invasor Juan I de
Castilla, que pretendía la absorción de Portugal, reino existía desde 1143,
cuando se reconoció a Afonso Henriques
como primer rey del nuevo Estado, rompiéndose así el vasallaje hasta entonces
debido a Alfonso VII de Castilla.
Pero aconteció que el 22 de octubre de 1383 falleció el rey Fernando I y hubo una crisis dinástica
al no existir heredero varón. El trono correspondía por derecho a su hija Beatriz de Borgoña, casada con Juan I
de Castilla, por lo que de heredar la corona portuguesa, el rey castellano se
convertiría en rey de Portugal, lo que supondría la sumisión de Portugal a
Castilla y la pérdida de su independencia. Según el Tratado de Salvaterra do Magos, el heredero del trono portugués
debía ser el primogénito del matrimonio entre Juan I de Castilla y Beatriz de
Borgoña, y la capital del Reino conjunto sería Toledo. Pero entonces resultó
que los lisboetas proclamaron regente y gobernador al hermanastro de Fernando
I, Joäo,
maestre de Avis. El rey castellano decidió entrar a la brava en Portugal en
1384 y cercar Lisboa. Fracasó. En abril de 1285 las Cortes de Coimbra proclamaron a Joäo, maestre de Avis, rey de
Portugal. Juan I de Castilla volvió a invadir Portugal el 8 de junio de 1385
por la frontera de Salamanca con 40.000 soldados de leva. El resultado fue la
batalla, donde el pánico se apodero de los soldados castellanos. El cobarde Juan
I de Castilla, en vista de la situación que se le planteaba, tomó las de
Villadiego cabalgando toda la noche hasta Santarém. El balance de esa
“aventura” castellana fue la siguiente: en el campo de batalla murieron alrededor de mil soldados portugueses. Las bajas en
las tropas castellanas fueron de cuatro mil muertos y cinco mil
prisioneros. En su cobarde huida, se calcula que murieron otros cinco mil castellanos. Castilla
permaneció de luto durante los dos años siguientes. Con lo que se demostró que
Castilla no estuvo a la altura de las circunstancias, que a Juan I, aragonés de
nación, le mató su ambición y que quedó demostrado que no existe enemigo
pequeño. Juan I de Castilla murió a
extramuros del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1390
al caerse de un caballo que le habían regalado. Aún no existían las motos Harley-Davidson con gastos a cargo de Patrimonio. Eso llegó con los
siglos.
viernes, 12 de mayo de 2017
Un estéril ejercicio de melancolía
Eso dice El Mundo en su editorial de hoy con respecto a los deseos del la Izquierda de expulsar de su "pirámide" al Faraón de Cualgamuros: que es "un estéril ejercicio de melancolía". Parece evidente que el Gobierno que preside Mariano Rajoy “aparcará” la exhumación
de Franco del Valle de los Caídos de
la misma manera que “aparcó” inexplicablemente la Ley de la Memoria Histórica
impulsada por Rodríguez Zapatero, no
por derogarla, que no está derogada, sino por falta de dotación económica, que
es peor que su derogación. Una proposición no de ley no obliga a su
cumplimiento, pero deja constancia política de unos deseos democráticos. El
Gobierno, inexplicablemente, hace referencia a las dificultades que podría plantear a la familia del dictador
sacar los restos del sátrapa y trasladarlos a otro lugar, por ejemplo el panteón
de Mingorrubio, donde está enterrada Carmen
Polo Valdés y donde estuvo enterrado su nieto Francisco de Asís, fallecido en accidente de tráfico, antes de que
se trasladasen sus restos al Monasterio
de las Descalzas Reales, donde descansan los restos de su padre, Alfonso de Borbón Dampierre y de su tío
Gonzalo. De hecho, el Ayuntamiento de
Madrid asume el mantenimiento de la capilla y la cripta privada, construidas
ambas con fondos del Estado, por un acuerdo firmado con Patrimonio Nacional en
1975. Allí se pensaba que iban a ser enterrados Franco y su mujer. Pero hubo
durante su larga agonía en La Paz un “cambio de
planes”. Según Rufo Gamazo, “bajo
las órdenes de Carlos Arias Navarro,
con la sanción de Juan Carlos y por
sugerencia del Servicio Central de Documentación y la alta jerarquía militar,
antes de la Operación Lucero”. En
ese sentido, relata el periodista Jorge
Vilches (La Razón, 04/04/2017)
que “según el general Juan María de
Peñaranda, el Servicio Central de Documentación (Seced) –Cesid desde 1977,
y luego CNI–, dependiente de
Presidencia de Gobierno, fue el encargado de la elaboración de un plan completo
y minucioso para que “se cumpliesen las previsiones sucesorias”. Todo se hizo
al margen de la opinión de Franco y de su familia; es más, el marqués de Villaverde, yerno del
dictador, no fue más que un obstáculo durante esos dos años. La idea era
aquello que entonces se oía: ‘Después de Franco, las instituciones’. El equipo
del Seced estudió hasta los detalles
más pequeños. La familia tenía un panteón en El Pardo, pero no se sabía si
quería ser enterrado allí, en el Pazo de Meirás, en el Tercio de la Legión, o en el Valle de
los Caídos. Arias dijo que no había que consultar a la familia, porque quien
moría no era Franco, sino el Jefe del Estado, y ‘se le va a enterrar donde
nosotros digamos..., a no ser que hubiera dejado el propio Franco algo
dispuesto’. En secreto decidieron que se enterrara en el Valle de los Caídos,
un conjunto escultórico que no estaba pensado para eso, pero que evitaría las
manifestaciones descontroladas y el vandalismo por su aislamiento. Por esta
razón, y de forma urgente, se hicieron obras tras el Altar Mayor para albergar
el cadáver del dictador...”. (...) “La imagen de solemnidad y evitar el
ridículo eran otras de las prioridades de Arias. Se decidió que el Palacio de
Oriente, donde Franco hacía sus emblemáticas apariciones, era el lugar más
conveniente para la asistencia de la gente: más vistosidad y mayor control. Sin
embargo, el recorrido del féretro presentó problemas por las resbaladizas
cuestas que comunican el Palacio con la carreta de La Coruña. Saltó la
alarma cuando se dieron cuenta de que un coche de caballos, tirando del enorme
peso de un armón, podía dar un paso en falso y el que el féretro se moviera o
cayera. Una foto o una toma de televisión de este tipo echarían por tierra la
imagen de la sucesión solemne. Se decidieron entonces por un vehículo militar,
al que se le acopló con mucha dificultad un féretro, pero que aseguraba la
tranquilidad...”. En fin, como en el microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó,
el
dinosaurio todavía estaba allí”.
jueves, 11 de mayo de 2017
El tío el fagot
De la muerte de Ramiro
Carramiñana me enteré por Penicilinas. Me encantaba la idea de que ya no
pensaba volver al Seminario en octubre. Aquel verano, él y yo nos hicimos
grandes amigos. Penicilinas era hijo del mancebo de botica de la oficina de
farmacia del pueblo, cuyo licenciado, don Mamertino Ruiz del Árbol, casi no
aparecía por ella, salvo por las tardes para llevarse la recaudación.
Penicilinas era espigado, con el pelo ralo y una cierta
propensión hacia el gorroneo más acendrado. Por aquellos años faltaba casi de
todo y, recuerdo, él y yo llevábamos pantalones bombachos, patillas muy altas y
un esbozo de bigote acorde con nuestra gloriosa pubertad.
Casi todas las tardes gustábamos de caminar junto a la
carretera que hacía hilo con Zaragoza. Saludábamos, esperando respuesta, a los
primeros turistas extranjeros que desconocían nuestro idioma y nuestras
costumbres, poco acordes con el resto de Europa. Otras veces, por variar, nos
acercábamos hasta la Estación de FC., siempre
coincidiendo con la llegada del tren correo de Ariza, más que nada por ver el
glorioso cuerpo de Adela, la mujer del factor de noche.
--Niño, déjame pasar.
La casa del pobre Ramiro estaba situada en la calle
Estrecha. Su verdadero nombre no era ese, sino calle de Federico Mistral,
aunque todos la llamábamos así. No me pregunten por qué, que no lo sé. Allí
acudimos Penicilinas y yo dispuestos a ver en el difunto la brevedad de la
vida, cuya alma guarde Dios, amén de por si caía algo dentro de nuestro
maltrecho cuerpo de chicos de posguerra.
En el portal, un crespón negro anunciaba el luto de los
moradores. El tío del fagot ni se inmutaba. Sentado en una silla de tijera,
junto a un botijo, había dejado de interpretar “Orquídeas a la luz de la luna”, con los ojos en blanco y la cara
de cartón.
El tío del fagot sabía muchas historias; de cuando sirvió
al Rey en Burgos, del viaje hasta Montijo por cuestiones de una herencia, y el
día en que robó al párroco la llave de la Iglesia, para poder tocar en el armonio las sinfonías
K-1 y K-2 de Scarlatti y el Adagio de Albinoni.
Me contó, antes de que la vista le traicionase, lo del baile frustrado y
el caso de la meretriz piadosa. Sólo lo hizo en una ocasión. Nunca más volvió a
darme detalles de ambas cuestiones, por más que le tirara de la lengua, que
fueron muchas las veces. Dejó de hablar conmigo y con todo el mundo, así, por
las buenas, un día cualquiera y sólo por san José rompía el silencio y
contestaba a todo el mundo cuanto quisieran saber sobre él. El resto del año lo
pasaba soplando el fagot, matando moscas con rete y mango a ciegas y liando
cigarrillos de picadura selecta.
--Le acompaño el sentimiento.
Lo del baile tiene mucha gracia saliendo de su boca,
ahora sellada. Imagina un local muy
blanco y limpio, separado en dos mitades iguales por una densa cortina opaca de
terciopelo que cuelga del techo. A uno de los lados queda el ambigú, los
veladores y unas comadres trasegando gaznate abajo horchata fría, mistela y
agua de búcaro. Al otro lado de la cortina, las parejas apechugaditas bailando
el fox-trot ese, la polca y la
pachanga, con aseo y marcando el paso como mandan los cánones de Las
Alpujarras. Todo perfecto, hasta que un gamberro tira de la cortina por
colgarse en ella y tapa a todos, o sea, parejas de baile, comadres, voyeurs de
barra, camareros... Y del griterío se pasa a la histeria colectiva, a los
ahogos, a los restregones a discreción y al sálvese quien pueda. Y aquel
gamberro, mira que los hay bordes, oye, no teniendo bastante con el cirio
montado, apaga las luces de la pista y suelta una colección de petardos y
bombas fétidas bajo la siniestra capa, a lo cafre, oye, que a la Miguela, la del tío
Brocha, casi le cuesta la vida esa gamberrada. Yo es que me pongo encanado de
risa sólo de recordarlo.
La calle Estrecha tenía forma de ele y no medía más de
dos metros de anchura. Al tío el fagot, según me contara un día de san José, le
recordaba la calle del Potro, de Sevilla. Allí enganchó unas purgaciones de
garabatillo el mismo año en que se acabara la guerra de África. Dice que se las
curó con el aceite inglés y el “salvarsán”, que ya existían.
En el silencio compinchado de la noche morada podía
escucharse como un lamento gitano aquel enrarecido “ora pro nobis”, repetido una y mil veces, y que parecía salir
astillado por las rendijas de las persianas y las celosías del piso superior.
--¿Subimos?
--Vale.
En principio dudamos sobre la conveniencia o no de entrar
en aquella casa. Nos pudo la morbosidad, el aburrimiento, o las dos cosas a la
vez. A Penicilinas le animó el hambre, ya que sabía que siempre podría echar
algo al cuerpo, dadas las costumbres. Hay dos cosas, pensé, que encandilan a
los españoles. La primera de ellas es la de mover cadáveres de un lado para el
otro; la segunda, los uniformes y las gorraviseras. Ignoro el motivo.
--Anda, pasa tú primero. Te conocen más.
--Bueno.
En la habitación donde yacía Ramiro Carramiñana sobre una
cama con colcha de ganchillo, unas mujeres enlutadas gemían, hacían silencios
largos, se abanicaban, miraban el cadáver, rezaban algo, y así toda la noche.
Impresionaban los cirios puestos en las mesillas, que daban un aspecto tétrico.
Unas moscas muy pesadas rondaban por la alcoba. El calor era también muy raro.
En otra habitación con más luz, varios hombres, sentados
en torno a una mesa camilla vestida de verde, y con un tapete de ganchillo
parecido al existente en la cama del difunto, bebían anís “Las
cadenas”, brandy “Tres cepas”, “Machaquito” y licor “Izarra”, que hacía juego con el tapete.
Una vela a medio consumir alumbraba las imágenes de los santos Teopompo y
Sinesio, quienes miraban al cielo con cara descansada, como después de utilizar
el “Laxén-Busto” con aprovechamiento.
Al lado de los santos, un diploma de “Corte y Confección” ponía la nota
académica a la noche serena y cálida de espantos. En la otra pared, un anuncio
de “Hipofosfitos Salud” servía de
soporte a un calendario raquero.
--Haga el favor, hombre, me acerque la escupidera.
--Sí señor.
--¿Hace un “Machaquito”?
--No señor.
--¿Es usted abstemio?
--Puede...
El diploma de “Corte y Confección” había sido expedido
por la
Academia Elegance a la
señorita María Carrodilla Carramiñana del Río, por la aplicación demostrada
durante el curso 1947-48, según rezaba, en la calle Cuatro de Agosto, 4, de Zaragoza.
O sea, en El Tubo. En otro rincón, sobre una máquina de coser “Singer”, estaba colgado el retrato de
primera comunión de Tolentino Carramiñana del Río, hermano de la anterior, hijo
del difunto y que, ahora, pasado el tiempo, ejercía con aseo la venta de
lencería fina de la casa “Cañamares, S.
en C.”, por la parte e Osorno, provincia de Palencia.
--Capicúa.
--¿Mande?
--La academia. Lo pone ahí.
--¡Ah!, pensaba...
En la calle Estrecha seguía tocando el fagot el ciego.
Ahora intentaba “Lilí Marlén”, en Do sostenido, con los ojos en
blanco, como los santicos liliputienses.
Un vecino, que se servía otra copita, ahora de “Izarra”, dijo que impresionaba Ramiro
sobre la cama, con traje oscuro y la boina calada hasta las orejas. Yo nunca
había visto de cerca el rostro de un difunto y hervía de curiosidad. Como sólo
había un sitio disponible, se lo cedí a Penicilinas. Le resultaría más fácil
arrimarse a las rosquillas. Me quedé de pie, junto al quicio de la puerta.
Entonces, y aprovechando que don Mamertino
llegaba en ese momento y quería ver el cadáver de Ramiro, me colé de rondón.
Casi me desmayo. Entre la oscuridad, las velas, la falta de ventilación y aquel
raro olor a no sé qué, se me cambió la color hasta semejar una de esas muñecas
de porcelana china. El movimiento sinuoso e intermitente de las velas conseguía
que pareciese que Ramiro respiraba a tumbos. Su desconsolada viuda, Petra del
Río González, lloraba a calzón quitado. Se había maquillado y tenía boquita de
piñón. De la cama del difunto pendía una gran cruz de metal que casi daba en el
suelo. En la pared, a un lado, estaba la foto de boda en blanco y negro,
retocada y coloreada por un aprendiz. No eran ni parecidos, ni los hubiese
reconocido la madre que los parió. Las prendas de ganchillo atafetanadas, como
la del tapete del cuarto de estar, o la de la colcha del difunto, las enviaba
desde caracas una hermana del tío del fagot, Giselda, dueña de una casa de
lenocinio, que había marchado a América cuando salió huyendo de Franco y coincidiendo con la toma de Barcelona por las
tropas nacionalistas. En Caracas conoció a Pepito Acuña, nada más desembarcar
en el puerto y despedirse del vapor Escolano,
que la había llevado sin ahogarla. Cuando escribe cada año, por Navidades,
utiliza palabras que no entendemos los de aquí, tales como chavetado, campisto,
percusio, monifato, zarandajo, sariposo...
--Haga el
favor, hombre, me pase una rosquilla.
--Sí señor.
--Queso
también.
--Sí señor.
Del cuarto de al lado salió un gemido insufrible,
coincidiendo con los Misterios Dolorosos del Santo Rosario.
--Anda, se hace tarde.
Penicilinas se levantó de la silla a regañadientes, tras
haberse metido entre pecho y espalda dieciséis magdalenas, siete rosquillas,
tres vasos palmeros de mistela y una copita de “Izarra”, por no hacer un feo.
El tío del fagot, hermano de Giselda, había cambiado
ahora el ritmo y se inclinaba por una milonga.
La luna parecía tonta, con cara redonda de carne con ojos.
--Eres un capullo, Mamertinito. No piensas más que en
comer.
--El que come, escapa.
A Penicilinas le había puesto el cura al nacer el mismo
nombre que tenía el farmacéutico. Los motivos eran dos: uno, por darle coba al
jefe; y, dos, por ver lo que caía. Y cayó una estilográfica “Pelikán” con plumilla de oro, y un lote
de medicamentos compuesto de seis cajas de “Hepal-crudo
forte”, tres cajas de “Ceregumil” y una lata de congrio en
vinagre, de “Alfageme y Cía”. Vigo.
España.
Lo de la meretriz piadosa bien merecería capítulo aparte,
aunque sabe Dios que el tío del fagot
era la sapiencia personificada y que, cuando contaba algo, sólo el día de San
José, lo hacía con elegancia, exento de jactancia y, únicamente con deseos de
enseñar al que no sabe. Era hombre de mundo, amarrado ahora al oscuro rincón
por la ceguera.
--Maestro, ¡qué bien se está callado!
--Mejor se está sin decir ná.
Pues resulta que aquel año se inauguraba la fuente de
cinco caños en La Almunia
de Doña Godina y, contaba el tío del fagot que apareció por ese lugar el
Gobernador Civil, que era un falangista
de la primera hornada, un tal Pardo de Santayana, con un rabo de guardias
civiles. Por aquellas fechas, el tío del fagot tuvo que ausentarse del pueblo y
marchar hasta La Rinconada,
cerca de Sevilla. Hizo una escapada y estuvo dos días hospedado en una fonda de
la calle San Eloy, cerca de Sierpes. En la Alameda de Hércules, o en la calle Feria, o por
allí cerca, conoció a una mujer de bandera que hacía las esquinas, pero con
salero, no como esas otras que se quedan como un saco de patatas fritas esperando
que te desahogues cuanto antes. Y el tío del fagot, que siempre presumió de
hombría y carajo se marchó con ella, ya sabes, a esas cosas... Para qué te voy
a explicar, si tú tienes pelos en los cojones. No veas, escucha, cuando
subieron las escaleras y dieron con el ático de la dama. Un cuarto oscuro, con
un catre destartalado, una mesilla de noche que no te quiero ni contar y, para
acabar de enredarla, una santa, o una virgen, que todas se parecen, con
lamparillas de aceite, sobre un altillo. Pero no es eso lo peor. Para mis
entendederas, aquello era como lo del baile aquel, con el gamberro de marras,
la cortina que se cae; vamos, un caso. Total, a lo que iba, que la tía se
desnuda y se queda en porretas sobre el jergón. Pero al otro lado de la cortina
salían unos quejidos negros muy lastimeros. El tío del fagot se empezaba a
poner nervioso y, según me dijo, ya no tenía ganas más que de marcharse. Hizo
de tripas corazón, se metió en la cama con ella y sin poder resistir la
curiosidad por más tiempo preguntó qué era lo que pasaba al otro lado de la
cortina. “Nada –le contestó la rabiza--. Ahí está mi madre agonizando desde
hace seis semanas”. Mira, escucha, el tío el fagot se puso los pantalones,
salió a la calle, pilló un taxi, regresó a La Rinconada y nunca más
volvió por Sevilla, ni tan siquiera cuando le tocó el viaje aquel de la Caja de Ahorros con todo
pagado. Prefirió, eso sí, conquistar en el pueblo a la criada del farmacéutico,
que era de Siétamo, y hacer lo que se pudo, hasta el día en que la echaron de
casa por sisar en la compra.
Amanecía cuando nos íbamos a dormir. Faltaban pocas horas
para que Ramiro recibiera sepultura. El tío del fagot había guardado el
instrumento en su estuche. Estaba fatigado de interpretar aquella cálida y
larga jornada. Necesitaba descansar,
consciente de que nada es tan llevadero como un gustoso hartazgo de
música de viento en el silencio mudo de la noche morada.
El humo ciega tus ojos
A Luis María Anson
se le va la pinza. Su obsesión por la figura de Juan de Borbón raya lo patológico. Hoy, en su “canela fina” de El Mundo
vuelve a pretender hacer comulgar al lector con ruedas de molino. En su
artículo La abdicación, 40 años después,
Anson recuerda cuando “Juan III
abdicaba en su hijo Juan Carlos I
los deberes y derechos a la
Corona que había defendido de forma ejemplar y dignísima
frente a la dictadura de Franco,
durante cuatro décadas”.Y seguidamente, Anson escribe: “A la muerte del
‘caudillo de España por la gracia de Dios’, el 20 de noviembre de 1975, Don
Juan fue presionado hasta la náusea por muy diversos personajes para que
abdicara. Se negó en rotundo”. Y yo me pregunto: ¿De qué tenía que abdicar? Los
deberes y derechos de la Corona
que había ostentado su padre, Alfonso
XIII, los perdió la noche del 14 de abril de 1931 cuando éste huyó de
España, como describe Alejandro Torrús
en el diario Público (14/04/2013):
“primero se dirigió a Cartagena en su coche deportivo de lujo y allí embarcó en
el buque 'Príncipe Alfonso' con
destino a Marsella. Nunca más volvería en vida. Sus restos fueron traslados a
España en 1980 siendo recibidos por su único hijo vivo: don Juan, el que nunca
fue rey. Los ministros del gobierno del almirante Aznar estaban reunidos en Palacio desde las 12 del mediodía. La
decisión de ‘empaquetar’ rey hacia
Marsella fue tomada el día antes, el lunes 13 de abril. El gobierno había
explicado a Alfonso XIII que en caso de querer batallar con las armas el
resultado de las elecciones municipales del 11 de abril no podría contar con
gran parte del Ejército y de la Guardia Civil. Solo el ministro de Fomento, Juan de la Cierva Peñafiel (el que según Azorín "se apoya en un abominable bastón de cerezo, comprado en la Dalia Azul de Murcia"),
defendía que el monarca debía permanecer en España. El rey, aseguraba, no
quería que se derramara sangre por él. Años más tarde, cuando la Guerra Civil y en una
situación óptima para la victoria, Alfonso XIII olvidó el pacifismo, el amor a
su pueblo y apoyó fervientemente al general Franco”. ¿O es que nadie se acuerda
ya de cuando Juan de Borbón pretendió unirse a los rebeldes en la columna de
Somosierra? Según José
María Zavala, la entrada a España para unirse al bando franquista se
produjo por el paso de Dantxarinea (Baztán), acompañado por el conde de Ruiseñada y el infante José Eugenio de Baviera. Al llegar a Pamplona, Juan de Borbón con el
nombre falso de Juan López se puso
su ‘traje de luces’, o sea, un mono
azul y la boina roja carlista con un emblema falangista en la solapa. Hasta que
recibió un recado de Emilio Mola
para que se marchase por dónde había venido. Pero eso no fue todo: el 7 de
diciembre de 1937 Juan de Borbón mandó un mensaje a Franco para que se le
permitiese incorporarse de marinero en el crucero
Baleares. Digo más, el 9 de abril de
1939 y a toro pasado Alfonso de Borbón Battenberg envió
desde Roma un telegrama a Franco para ponerse a su disposición. Decía literal: “A sus órdenes, como siempre, para cooperar
en lo que de mí dependa a esta difícil tarea, seguro de que triunfará y de que
llevará a España hasta el final por el camino de la gloria y de la grandeza que
todos anhelamos”. A Luis María Anson, acólito turiferario, no sé si con
alba y cíngulo, habría que pedirle rigor en el manejo de turíbulo en la
incensación, es decir, de atrás para adelante, a favor de los Borbones (que no constituyen el
sacramento de mi fe), por evitar que el humo ciegue sus ojos y los del portador
de la naveta.
miércoles, 10 de mayo de 2017
Un párrafo por día
Francisco Umbral,
en La noche que llegué al Café Gijón
(Ediciones Destino. Barcelona. 1ª edición, dic. 1977) retrata de maravilla al extremeño Eusebio García-Luengo. Dice de él que “lo suyo era el artículo. Iba
todas las mañanas a hacer un artículo al Café
Comercial, en la Glorieta
de Bilbao. El artículo le duraba una semana. Un párrafo por día, y punto y
aparte. Sus artículos, de folio y medio o dos folios, constaban de seis
párrafos. –Me tomo la cerveza, me voy a casa y hasta el párrafo del día
siguiente--.” Bueno, Umbral creo que exageraba bastante. Fue un gran escritor
de teatro, ganó el primer premio de novela “Café
Gijón” con la obra La primera actriz,
la revista Índice le publico Las supervivientes y tuvo la mala suerte
de que una editorial de Valencia, que le había publicado la novela No
sé, se inundase y desaparecieran miles de ejemplares en el mar
por las aguas arrastradas. También la revista Garcilaso le publicó su obra ¿Por
qué?, varios ensayos y miles de artículos en los más diversos medios: ABC,
Arriba, Letra, Nueva Cultura, Índice, Proel,
Garcilaso, Corcel, El Urogallo, Almotamid, Revista
de estudios políticos, Cuadernos hispanoamericanos, El Correo
Literario, Cuadernos de literatura contemporánea, Acanto, La
estafeta literaria, Leviatán, Murta o El Español. En teatro publico, entre otros trabajos, El
retrato, Entre estas cuatro paredes, El
celoso por infiel, Los hijos, El pozo y la angustia,
Por
primera vez en la vida... Murió en Madrid a los 94 años en diciembre
de 2004. Está enclavado en la “Generación del 36”.
martes, 9 de mayo de 2017
Unas necesarias precisiones
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