Decir, como ha dicho Fernando
Rivarés, actual concejal de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, que “la recreación de los Sitios no es cultura”
indica en ese edil la presencia de un
cerebro dentro de su cráneo. La
Guerra de la
Independencia fue una consecuencia directa de las
abdicaciones de Bayona y el Tratado de San Ildefonso. La querella entre Carlos IV y su hijo Fernando VII, que se inició con el Proceso
de El Escorial y culminó con el Motín de Aranjuez y el ascenso al poder de
Fernando VII, precipitó los acontecimientos que desembocaron en los primeros
levantamientos en el norte de España y el Dos de Mayo en Madrid. En el fondo de
todos nuestros males siempre aparecen los Borbones.
En el terreno socioeconómico, entre la Batalla de Trafalgar (1805) y la Guerra de la Independencia,
iniciado tres años más tarde, el coste para España fue tremendo: una caída neta de población
civil de más de 800.000 habitantes entre epidemias, hambrunas y combatientes,
además de una pérdida importante de nuestro patrimonio cultural. El Tratado de
de Valençay, por el que se restituía en el trono al rey felón, fue nuestra
puntilla. Aquel "¡vivan las caenas!"
todavía lo estamos pagando a día de hoy. Esa absurda guerra generó un fuerte
déficit en las finanzas públicas. En 1815 la deuda del Estado superaba los
12 000 millones de reales, cifra veinte veces superior a los ingresos
anuales ordinarios. Parece normal que el edil Rivarés, también encargado de la Economía municipal, no
desee gastar fondos públicos en pólvora
y en perfomances estúpidos algo que no tiene nada de cultural sino de recuerdo
trágico del que más vale pasar página.
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