Cuando se entra en unclub hay que aceptar las normas, y cuando España
entró en la OTAN como socio sabía dónde se metía. Aquel eslogan de Felipe González“de
entrada no” se rectificó y en el referéndum salió “España, si”. Nos arrimamos al “primo
de Zumosol” para que nos cubriese las espaldas frente a un enemigo
enigmático –no sabemos si lobo de diente afilado o un pariente del oso que mató
a Favila-que nadie sabía por dónde iba a aparecer, si
por el leño lusitano o por los picos de Urbión, que están en la provincia de
Soria. Y ahora, pasado el tiempo, ese club nos ordena que gastemos en armamento
el 2% del PIB por si las moscas, y que en cada casa tengamos cada español un equipo
de supervivencia donde, por cierto, no
se dice nada del papel higiénico, que se agotó en las estanterías de las
grandes superficies durante la pandemia de coronavirus. Ahora deberemos tener
unos botellines de agua, un poco de paracetamol,
algo de mercurocromo , unas vendas hidrófilas, esparadrapos, varias latas de
conserva, una navajilla, unmechero y
cosas de esas que se ponen en el botiquín de urgencia cuando vamos de camping,
en evitación de males mayores si nos cae un misil dentro de casa, vergibracia: en el segundo
piso ascensor, donde vive un hombre con bigote fino, de apellido Carramiñana, que asegura que estuvo en la División Azul y que cada día lee en batín la “Tercera”
de ABC mientras desayuna café con sobaos
pasiegos, antes de que saque al perro para que levante la pata en el tronco de
un ciprés. Ya digo, si entras en un club debes aceptar sus normas. El miedo es
libre y el que a buen árbol se arrima…
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