Recuerdo de niño,
cuando en alguna ocasión hice el itinerario desde Calatayud hasta Santander
para pasar el verano en casa de mis abuelos maternos en dos interminables etapas. Una, desde Calatayud hasta Burgos por Soria, en un tren correo que seguía hasta Cidad-Dosante en la vía nunca terminada del 'Santander-Mediterráneo'. Operaba diariamente
recorriendo las 37 estaciones del trayecto hasta Burgos en casi seis horas.
Todavía había algún anciano viajero que había sido ferroviario y que recordaba
la inauguración del ferrocarril entre Calatayud y Soria el 21 de octubre de
1929. Aquel ya lejano día partieron dos trenes inaugurales en dirección
contraria que se juntaron en la estación de Torrelapaja. De la ‘Estación de Mediodía’, como se conocía
a la ‘Estación de Calatayud-Jalón’,
propiedad de la Compañía MZA, partió
a las 15 horas el convoy formado por una locomotora SM-107 y tres coches de primera
clase. Al mando de la máquina iba Víctor Vallejo y como fogonero, Manuel López. En el interior del convoy
viajaba un numeroso grupo políticos, militares, curas, empresarios, reporteros y miembros de las más acrisolada sociedad
bilbilitana y zaragozana. La expectación a su paso por las diversas estaciones
fue tremenda, sobre todo en Cervera de la Cañada. El día del servicio inaugural
prestaron servicio los siguientes jefes de estación en el tramo aragonés:
Calatayud, Fortunato García; Cervera de la Cañada, Julio
Mínguez; Villarroya de la Sierra, Alejo Urbano; Clarés de Ribota, Octavio
Hernández; Malanquilla, Ángel Gállego; y Torrelapaja, Rafael Gutiérrez. El tren procedente de
Soria había llegado poco antes. Estaba formado por la locomotora SM-105 que
conducía Lorenzo San José y el
fogonero era Ricardo Muñoz. En aquel
convoy viajaron personalidades sorianas y burgalesas. El andén de la estación
de Torrelapaja se llenó de convidados y numerosos curiosos que acudieron al acto. Se
obsequió a los presentes con un magnífico almuerzo que elaboró el Hotel Muro de Calatayud. Después hubo un
baile amenizado con la Banda de Soria.
El acto se completó con la visita a la fábrica de harinas “La Esperanza” que acababa de instalarse en ese pueblo. Tras el
brindis de los gobernadores civiles de Soria y Zaragoza, y de los alcaldes de
Soria y Calatayud volvieron a sus lugares de partida en el mismo tren y en
sentido opuesto al que habían utilizado para llegar. Aquella línea férrea se
cerró definitivamente el 1 de enero de 1985. Pero mi intención inicial no era
la de comentar aquella inauguración sino de hacer referencia a una pirámide de
los italianos situada en un monte muy cerca del pantano del Ebro, todavía en la
provincia de Burgos. Aquella pirámide escalonada la podía ver en la segunda
etapa de mi viaje, por una infame carretera
que hacía el recorrido desde Burgos hasta Santander por el puerto del Escudo en
pésimo estado de conservación. Aquella tétrica pirámide (que todavía sigue en
pie pese a las polémicas) había sido inaugurada el 26 de agosto de 1939 por el
ministro italiano de Asuntos Exteriores Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, más tarde
fusilado por orden de su suegro, el Duce, por traidor. Intentó huir con su familia a España, donde
esperaba ser recibido con gratitud por Franco,
y consiguió que lo sacara de Italia un avión alemán, pero a mitad de vuelo el
avión cambió de rumbo y lo llevó a Alemania. Al amanecer del 11 de enero de
1944, Ciano y otros cuatro miembros del Consejo Nacional Fascista fueron
llevados al campo de tiro del Fuerte de San Prócolo y atados a unas sillas de
espaldas al pelotón de fusilamiento. En un último gesto de gallardía, Ciano volvió la
cabeza para mirar de cara a sus verdugos como un héroe de ópera
trágica. Fue como en el aria "E
lucevan le stelle", de “Tosca”,
que comienza con un melancólico sólo de clarinete: “E lucevan le stelle…/
Ed olezzava la terra…/ Stridea l’uscio dell’orto…/ E un passo
sfiorava la rena…”. Siempre nos quedará Puccini.
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