Me entero por Libertad Digital
del motivo por el que a los árbitros de fútbol se les denomina por los dos
apellidos. Sucedió en 1970, cuando ascendió a Primera División el
colegiado Ángel Franco Martínez. Según señala la citada prensa digital, “sus
controvertidas decisiones le valieron continuas críticas, y con ellas titulares en la prensa
del tipo Franco es muy malo, Franco masacró al Valencia o Todos culpan a Franco, etc”. Cuando
tales noticias llegaron a la mesa de despacho de Francisco Franco, el dictador decidió que a los árbitros de fútbol
se les llamase en adelante por los dos apellidos. Pese a la buena trayectoria
profesional de Franco Martínez, nunca
pudo pitar una final de la
Copa del Generalísimo, que terminó con la victoria de los
leones y con una monumental bronca que degeneró en golpes entre Clemente y Maradona, dos gallos de pelea. Sin embargo, ese perito mercantil y
apoderado de una entidad bancaria de Murcia, fue elegido para arbitrar la final
de la Copa del
Rey en mayo de 1984, que disputaron el Athlétic y el Barcelona en Madrid, por
designación directa del entonces presidente nacional de los árbitros, José Plaza. Y el exárbitro, en la
actualidad vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, señalaba un episodio
en la revista Hoy Digital (Vocento) el pasado día 6 de
abril de 2014, cuando fue entrevistado por Daniel
Vidal: “una tarde, a principios de los años 70, le convocaron con urgencia
y la máxima discreción en el piso del canónigo de la catedral de Murcia. Debía
asistir a una reunión sobre el partido Real Sociedad-Athletic de Bilbao que
tenía que pitar ese fin de semana. Un cónclave a más de 800 kilómetros del
estadio de Atocha, donde se jugaba el derbi vasco. Aquello olía a podrido. Yo
pensaba que me iban a intentar comprar o algo parecido, así que me hice
acompañar del presidente del colegio murciano, entonces Manolo Cerezuela. Nada que ver. Cuando llegamos allí, me estaban
esperando el sacerdote y el secretario del ministro de la Gobernación, Tomás Garicano Goñi. Me sugirieron que
me pusiera enfermo. En aquella época se estaba celebrando un consejo de guerra
en Burgos contra varios miembros de ETA y, al parecer, estaba corriendo por San
Sebastián una coletilla que decía algo así como ‘primero vamos a acabar con este
Franco y luego con el de Madrid’. ¿Adivinan lo que hizo Franco Martínez? ¿Qué
iba a hacer? ¡Pues fingir una lesión!”.
jueves, 26 de febrero de 2015
miércoles, 25 de febrero de 2015
Pasión por la radio
De madrugada. Vasos vacíos sobre la mesa, cigarrillos
machacados en el cenicero y silencio de vehículos en la calle. Sólo la radio se
digna acompañarme con música ratonera. La voz de un locutor insufla
confianza en los enfermos y amiga con camioneros y con los que no pueden
conciliar el sueño. De pronto, una voz femenina recita unos versos de Machado: “Y todo un coro infantil/ va
cantando la lección: / cien veces ciento, cien mil/ mil veces mil, un millón”.
Luego música de Albinoni. La
calefacción se ha quedado fría, con ese frío que sólo tienen los pies de los
cadáveres. Una entrevista a un personaje del que no he oído nunca hablar. En
sus respuestas hay ese tono distendido de las horas que preceden al alba,
cuando los escépticos están convencidos de que ya no volverá a hacerse de día.
Adoro la noche, con sus gatos pardos y sus sombras chinescas. En el vaho del
cristal de la ventana puedo escribir el nombre de todos mis amigos muertos.
Febrerillo el loco se marchará en unos días
al sitio donde duerme la primera noche del mundo. Flores de papel sobre
mi escritorio y pajaritas incapaces de volar. Ahora suena Perlita de Huelva y un frío de mal fario me recorre el cuerpo como
una culebrilla mientras el viejo reloj de pared señala las cinco, esa hora a
caballo entre la esperanza y el desaire. Noticias. Todo son calamidades,
terremotos, descarrilamientos, falsas alarmas y la corrupción política que no
cesa. Me quedo dormido sin molestarme en desconectarla.
domingo, 22 de febrero de 2015
Salir de dudas
En un blog en el diario digital República de las Ideas el doctor Santiago Denia explica de
forma científica por qué la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla,
como afirman las Leyes de Murphy. Y
nos remite a 1995, cuando el científico Robert
Matthews consiguió probar su teoría tras 10.000 ensayos. Matthews demostró
que “la tostada siempre caía por el lado de la mantequilla no por el peso de la
tostada sino por
la altura de la mesa. La tostada tiene tiempo suficiente para
dar media vuelta, pero no una vuelta entera. Si las mesas tuvieran tres metros
-aseguraba ese científico- este problema desaparecería”. Dice el refrán que a
la cama no te irás sin saber una cosa más. Ahora tengo que ponerme en contacto
con algún académico de la Española
para que éste me saque la espina de una duda. Si considero que la
diferenciación entre la (b) y la (v) se perdió pronto en el norte de Castilla,
aunque tal distinción fonológica se mantuvo en la pronunciación culta en la
“época alfonsí”, su confusión se generalizó en la
Edad Media. De modo que la (b) y la (v)
representan hoy el fonema (b) y no existe diferenciación en la pronunciación de
ambas, de acuerdo con la Ortografía de la
RAE. Tengo una anécdota al respecto que no
quiero pasar de largo. Pese que entonces era niño, todavía la recuerdo. A
propósito de la (b) y de la (v), el sabio maestro que me tocó en suerte, don José Fernández, explicaba a los
educandos que la (b) representaba un fonema oclusivo sonoro bilabial, y la (v)
labiodental. Y puso como ejemplo práctico el sustantivo vaca. “Veréis –nos dijo
a los alumnos-, en su pronunciación labiodental sale el aire como cuando se
pronuncia la (f) pero de una forma tan suave que casi no se nota. Dicho eso,
don José se dirigió a uno de los muchachos –creo que se trataba de un chaval de
apellido Peiro- y le dijo: “A ver,
tú que pareces espabilado, pronuncia la palabra vaca”. Y Peiro, subiendo el
tono de voz no dudó en responder fuerte y claro: “Faca”. Como por aquellos
años, principios de los 50, nadie discutía
sobre la bondad que conllevaba que el maestro le diese una colleja al alumno
desaplicado, don José miró muy serio a Peiro y le administró una suave
colleja mientras le decía: “¡Bah,
monstruo!”.
La espía Segura

sábado, 21 de febrero de 2015
Sordidez
No es necesario que me recordéis a todas horas que el camino
vale más que la posada. Imaginad una capa circense donde un liliputiense
domador controla con su látigo a unos tigres que parecen gatos y que, al final,
los gatos terminan por comerse al domador; o a una dama distinguida repartiendo
ropa de abrigo entre los pobres y que a todas esas prendas les faltasen un
trozo de tela en la espalda, y que ésta lo justificase diciendo a los necesitados
que con esos retales hace trajes para los niños de la Inclusa; o a un señor que
celebra todos sus aniversarios sacando en una copa de cristal agua del charco
donde se refleja la luna; o a un indeseable patrono pidiendo comisión a los obreros a cambio de un sueldo de
mierda; o a Estrellita Castro (que
en paz descanse) penetrando en una destartalada pensión frente al Hotel Colón,
de Sevilla, e intentando corresponder al
portero de noche con la sonrisa de una estrella que usa “Lux”; o a un escritor intentando meter el folio en blanco por la
parte trasera de un tricornio acharolado de guardiacivil; o la basílica de El
Pilar pintada de fucsia; o a la policía local montando a lomos de caballos de
cartón-piedra durante la procesión de Viernes Santo; o a Rodrigo
Rato con un farol de barquillos gritando “¡rico parisién!” en la playa de
Zarauz; o a un cura transformando su confesionario en un mueble-bar; o a Mariano Rajoy haciendo de figurante en
el culebrón vespertino “Amar es para
siempre”… Es necesario ver una ráfaga de claridad en un atardecer morado,
mi niña, antes de que la sordidez nos coma por los pies, que es el sitio por
donde se pillan los catarros.
viernes, 20 de febrero de 2015
La prédica y el trigo

jueves, 19 de febrero de 2015
Travesuras de entremés
miércoles, 18 de febrero de 2015
Incomprensible
Se llama Roberto García de la Calera. ¿Que quién ese
hombre? No sé mucho sobre él, salvo que es director IES Valle de
Leiva de Alhama de Murcia y que escribió una “carta al director” de EL
País el pasado 10 de febrero, bajo el epígrafe “Paralelismos”, del siguiente
tenor:
“Como cada vez que uso el servicio público
urbano suele tocarme de compañera gente de pocos recursos y bajo nivel social,
a veces extranjeros, que hace que mi trayecto no me resulte lo cómodo que
podría esperarme, voy a proponerle a mi alcalde que suprima alguna línea actual
y en su lugar cree otra que, para el mismo trayecto, cueste algo más cara, lo
suficiente como para que esa gente siga usando la línea antigua y en la nueva
sólo vayamos los que disponemos de más medios. Total, a ellos les dará igual
tenerme o no de compañero y yo, desde luego, iré más cómo do así. ¿Qué soy un
egoísta? ¿Qué mis argumentos son despreciables? ¿Qué ninguna administración
pública será tan irresponsable como para hacerme el juego? ¡Qué va¡ Cambiemos
“transporte” por “educación” y…¡ahí está!: ¿o qué es, si no, la enseñanza
concertada?”.
A mí de ninguna de las maneras me
gustaría tener a este tipo de compañero de viaje. Me considero una persona
normal, que no hace guardia en los luceros, ni lleva nada rojo bordado en la
camisa, que tampoco es nueva, ni canto tralará la muerte si me llega y no te
vuelvo a ver. ¿Quién le impide a usted, señor García de la Calera, poder llevar a sus
hijos, si es que así lo desea, a un colegio privado? Mire, de entrada hay
diferencias entre la enseñanza concertada y la pública. En la segunda, la
pública, los profesores han sufrido el concurso oposición correspondiente y,
además de ello, a los alumnos jamás se les adoctrina si no lo desean sus
padres. En la primera, en la concertada, los profesores no son funcionarios
públicos y, por tanto, no han tenido que someterse a disciplinas concursales.
De igual modo, esas instituciones se benefician de las subvenciones del Estado
y, por regla general en España, se les adoctrina en la Religión Católica.
Le invito al señor García de la
Calera que lleve a sus hijos, si es que los tiene, a
instituciones privadas laicas donde la enseñanza prima sobre cualquier otra
consideración, verbigracia el Liceo Francés. Pero, claro, tendrá que “rascarse
el bolsillo”, aunque tal cuestión no creo que le importe a usted demasiado, si
se considera que estaría usted en condiciones de pagar una línea de transporte
más cara con tal de no “mezclarse con gente de pocos recursos y bajo nivel
social”. Sobre todo con personas de color, por si destiñen.
lunes, 16 de febrero de 2015
La España que nos dejará Rajoy
Juan Laborda, en
su tribuna de Voxpópuli, ha vuelto
una vez más a poner las cosas en su sitio. Ha soltado la tralla de arreo contra
los lomos de Rajoy y de García-Margallo. Ambos –según él-
hicieron sendas declaraciones desafortunadas días pasados. Vamos con el
presidente del Gobierno: “El presidente del gobierno, frente a todos y cada uno
de esos informes que vienen advirtiendo de la descomposición del tejido social
de nuestro país, con un incremento de la pobreza sin parangón en nuestra
historia reciente, afirmó sin despeinarse que eso no existe en España”. Ahora
vamos con lo dicho por el titular de Exteriores: “Aseguró que si España no
hubiese prestado 32.744 millones de euros a Grecia se podrían haber subido las
prestaciones por desempleo un 50% o aumentado las pensiones un 38%”. Y para
cerrar el círculo, debemos leer lo escrito por el economista: “¡Mentira! España ha prestado a Grecia menos de 7.000
millones de euros. El resto del préstamo fue realizado por
inversores privados, a los que avaló el gobierno español. O sea que si estos
inversores cobran de Grecia,
reciben pingues intereses, pero si Grecia no pagara o tuviera una
quita, los inversores no perderían, quien perderían serían los españoles,
tendríamos que pagar ese dinero prestado por inversores privados”. Este es el
país que nos está tocando vivir. O dicho de otro modo: el país que nos dejará
este Gobierno de mentirosos compulsivos. El FROB salió en avalista de los
bancos y cajas y lo tendremos que pagar
todos los ciudadanos. Blesa y Rato se irán de rositas, ya lo verán.
¿Qué el juez Andreu ha fijado una
fuerte fianza solidaria ( 800 millones) en el juzgado por responsabilidad civil
y falsa información en su salida a Bolsa a Bankia, Banco Financiero de Ahorros,
a Rodrigo Rato, a Francisco Verdú, a
Fernández-Norniella y a Olivas? Tranquilos. No pasa nada. Los acabará pagando Mapfre, ya que esos presuntos
sinvergüenzas estaban cubiertos con un seguro de responsabilidad civil.
Asomarse al vacío

domingo, 15 de febrero de 2015
La sinfonola
Las ojeras de aquella chica que estaba detrás de la barra me
infundieron ternura. Pedí una copa y apoyé los codos en el mármol de la barra
mientras en la sinfonola sonaba la voz de Pepe
Pinto. Sólo funcionaba cuando el cliente echaba monedas. Entonces arrancaba aquel cacharro con un chasquido seco
antes de que la aguja arañase el microsurco. Había poca luz, como de un color
morado. De los otros clientes de barra solo podía reconocer sus siluetas y las
virutas de humo que subían al techo como alma en pena. Se abrió la puerta y
apareció un tipo con zapatos blancos y negros y un traje cruzado. Llevaba una
flor en la solapa. Ahora sonaba en la sinfonola “Flor sin retoño”, de Pedro Infante. Aquella mujer me miraba
de reojo mientras secaba unos vasos. Quise decirle algo pero recordé aquel
proverbio árabe que señalaba que, si lo que vas a decir no es más bello que el
silencio, no lo digas. Supuse que sería mejor estar callado. No sabía si
aquella mujer me miraba por aburrimiento o por tratar de romper el hielo que
existía entre ambos. Pero yo era perro viejo, consciente de que es más fácil
recuperarse de un fracaso que salir indemne de un éxito. Más tarde entendí conveniente
intentar quedar con aquella mujer para otro día, aunque sólo debe encargarse
con un día de por medio la paella de Levante y el cocido madrileño. Pagué la
copa y salí a la calle. El relente de la madrugada se metía en los huesos. Pisé
un charco. Seguí pensando en la chica de la barra y decidí volver otra noche
dispuesto a invitarle a tomar un trago. Era consciente de que el huésped de una
noche nunca deshace las maletas. Mi sensación de soledad ya era casi como la de
los perros abandonados en la carretera. Lo más fácil sería que me llevase un
chasco. Me tapé con la bufanda y recordé a Sánchez
Ferlosio:
--No me quiere; tal vez no es Melibea…
--¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto.
Ya en casa, me metí en la cama y me tapé mucho con la manta
en la confianza de que pocas horas más tarde sonara el despertador. Lo malo
llega –pensé- cuando el despertador no suena y uno sigue durmiendo para
siempre.
El sacamantecas
Domingo de carnaval. La gente tiene ganas de marcha y sale
por las calles vestida de bruja, espadachín o pirata. Pero estos días
invernales son los mejores para releer libros casi olvidados, hacer mímica
frente al espejo o sentarnos en el sillón de orejas con la mirada puesta en el
techo y contar sus fisuras. He vuelto a releer “Las ánimas del purgatorio”
donde el autor, Umbral, consiguió
situarme la primera vez que leí el libro, también ahora, en el laberinto
esperpéntico de los difíciles años cuarenta. La tía Algadefina y los amigos difuminados son entes fantasmales. El
enfermo era una víctima del hambre, el piojo verde, los “hipofosfitos”, el priapismo, la orfandad y el bacilo de Koch. Pero
como no hay mal que por bien no venga, las madres de aquellos enfermos solían
decir que la tisis galopante desarrollaba mucho el oído. Mientras tanto,
aquellos mozalbetes diplomados en espantos se consumían como una sobada
cartilla de racionamiento al alimón entre la fiebre y la hemoptisis. Todos los
que sufren largas temporadas postrados en cama saben mucho de soledades,
maceramientos de osamenta y encanijamiento del alma. Los niños débiles dábamos
siempre un estirón tras la escarlatina, las tifoideas o una pulmonía. Era como
si en la soledad de la alcoba hubiésemos cambiado de camisa culebrera. Más
tarde, con piel nueva de jóvenes pálidos y ganglionosos, intentábamos cargar pilas
con el tenue rayo de sol de patio de vecindad. Lo peor venía cuando nos entraba
la enfermedad de la enfermedad, o sea, el pánico a la muerte. Escribe Umbral
que en aquellos años a los niños los llevaban al médico en taxi, ya que los
coches de alquiler sólo se tomaban para estas circunstancias tristes. Yo
todavía recuerdo aquellos coches grandes, negros, ruidosos y con el estrambote del
gasógeno El conductor siempre nos miraba como el que despide a un amigo en el
penal de Santoña. Nos dejaba a la puerta de la consulta del médico, que
semejaba a un dentista de las viñetas del TBO;
y ahí, precisamente ahí, comenzaba el suplicio. Pinchazos en el brazo para
luego hacer recuento de glóbulos y entrada en un cuarto oscuro para que el médico
pudiese contar todos los huesos por medio de los rayos X. Por aquellos años
corrió la leyenda del sacamantecas, que estuvo durante muchos años presente en
mis sueños infantiles. A alguien le escuche decir que murió cuando le inyectó
penicilina un practicante de Lugo de apellido Pontide sin saber que éste era alérgico. La muerte siempre
produce estupor, aunque en aquel caso se tratara de la muerte del sacamantecas.
sábado, 14 de febrero de 2015
La Trini
Después de comer me quedé sentado en el sillón de orejas. Me
despertó el timbre del teléfono. Era el anglosajón. Sobre la vieja máquina de
escribir había un folio en el que trataba de explicar la venida Luisa Fernanda Rudi en carne mortal a Zaragoza.
Cuenta ahora que ha hecho los deberes. Ja. La cinta negra, muy gastada plasmaba
una letra mezquina, como de comisaría de barrio. Miré el periódico por encima.
Abrí una cerveza. Ya me empezaba a incomodar la tira de fotos que hiciese meses
antes en un fotomatón callejero de la
Plaza de Sas. Con una tijera le hice cuatro cortes y me
quedaron cuatro fotos horribles tamaño carné. En una de ellas tenía un ojo
mirando a las nubes que pasan. Sin pensarlo dos veces, con un rotulador le
pinté un sombrero y le puse entre los labios un cigarrillo superlargo, como los
que usaba Carrillo. Creí parecerme a
Bogart. Después la guardé entre las
páginas de un libro de Allan Poe. Se
convertiría en algo parecido a las horas muertas de los noviazgos eternos,
donde la pareja envejecía junta. Las hojas del libro y mi foto amarillearían
unidas como las cuartillas olvidadas, que siempre terminan enfermando de
ictericia. El anglosajón era enorme, como al Estatua de la Libertad, como los santos
de la Plaza de
San Pedro, no sé. Fuimos de copas por el casco viejo. Uno de aquellos ínfimos
garitos me recordaba la casa de la
Trini, en la calle
Feria de Sevilla. Por un instante me pareció notar su presencia, vestida con
infinidad de colores como una zíngara fetén. Era la zorra de las zorras, la
cariñosa, la religiosa… Hacía ya años que no frecuentaba su domicilio para
recibir sabios consejos a cambio de unas monedas. Aquella habitación de
pitonisa, con poca luz, cálida, y con bola de cristal, era difícil de borrar en
mi imaginación siempre propensa al agradecimiento. Para la Trini, la política era una
merienda de negros, una ponzoña. Decía que desde el nacimiento hasta la muerte
nos movemos en una espiral que no conduce a ninguna parte. En una ocasión me
dijo: “Tú no eres soldado mercenario ni pastor de cabras ni buscador de tesoros
ni oráculo ni pescador de esponjas”. Sólo cuando me ofreció una copita de ojén
me sentí mejor. Más tarde, cuando salía de sus aposentos y me encontraba con
amigos de bar, les explicaba las teorías de la Trini, que ahora eran las mías. Ellos estaban
convencidos de que todo lo que les contaba lo había aprendido en los libros. Al
anglosajón no podía explicarle ciertas cosas por su cabeza cuadrada y la
propensión a la dipsomanía. No hubiese entendido nada.
Mejor argumentos que insultos
Hay tipos que confunden el arroz con leche con el ancho de
vías. Tal es el caso de Antonio Burgos,
como ha quedado demostrado en su “Recuadro”
de Abc de anteayer, jueves. Resulta
que, según escribe: “Un señor que por lo visto no tiene nada más importante que
hacer, en vez de irse por las tardes a jugar al dominó a la Peña Trianera, que
sería lo suyo, se ha dedicado a denunciar a treinta y ocho alcaldes españoles,
porque dice que mantienen en sus ciudades símbolos del franquismo”. A mi
entender, de ser así, está en su derecho de hacerlo. Por mucho que el Gobierno
que preside Rajoy intente echar
tierra encima sobre la Ley
de Memoria Histórica, ésta sigue en vigor y es necesario acatarla. “Dedicarse
al rebusco de yugos y flechas - señala Burgos- todavía es tarea fácil en este
país”. Sin duda, son más fáciles de encontrar tales símbolos fascistas en
nuestras ciudades y pueblos que trufas por los montes de Teruel. Burgos, en su
artículo, comenta casos de injusticia histórica, quitando nombres de calles en
Sevilla a varios personajes, como el general Merry, Fal
Conde y Domingo Tejera. Vamos a ver: la placa de la avenida del general
Merry (Francisco Merry Ponce de León),
conde de Benomar, fue cambiada por la de Pilar
Bardem. Merry Ponce de León fue, en efecto, ayudante de campo del
general Valeriano Weyler en la
guerra de Cuba. En este caso, entiendo que hubo un error. No cabe duda de que
el rótulo “Avenida del general Merry”
indujo a confusión a los ediles del Ayuntamiento de Sevilla. Escrito así, no se
sabe si la placa hace referencia al luchador en Cuba, merecedor de todos los
honores, o a su hijo, Francisco Merry
Gordon, también teniente general, que se encargó de la Capitanía VII Región Militar,
con sede en Valladolid, y más tarde de la Capitanía de la
II Región Militar, con sede en Sevilla. Y
en ese último destino tuvieron lugar los sucesos del 23-F. Sabido es que hizo dejación absoluta de sus
funciones por el efecto que el alcohol, hasta el extremo de que la Capitanía estuvo en
manos del jefe de Estado Mayor, Gustavo
Urrutia, sin encontrar resistencia
alguna por parte de su jefe inmediato, Merry, que deambulaba borracho por
Capitanía vistiendo uniforme legionario y calado con gorra “tanquista”. El caso
de Fal Conde es distinto. Aquí no hubo confusión. Participó en la sublevación
de Sanjurjo, en agosto de 1932, en 1934 organizó el Acto del Quintillo contra la República, y participó
en los preparativos de la sublevación militar de julio de 1936, comprometiendo
la participación del carlismo, junto a Mola.
En el caso de Domingo Tejera de Quesada
entiendo que en él hubo luces y sombras, pero también falta de información por
parte del Ayuntamiento con el retiro de su placa. Tejera, a mi entender,
cometió el error de jalear desde su diario “La Unión” el
pronunciamiento de Sanjurjo, en
1932. Aquello le costó la suspensión del diario. Sufrió 69 procesos judiciales,
atentados y la destrucción de su domicilio. Fue encarcelado por el régimen
franquista en 1941.Murió tres años más tarde. Burgos, casi al final de su
artículo, se permite llamar “so pedazo de mamón” al aludido señor que “ha
cometido el pecado” de denunciar símbolos franquistas. Personalmente hubiese
preferido argumentos que insultos. Qué le vamos a hacer…
viernes, 13 de febrero de 2015
Lapsos y colapsos

Sin remedio
Posiblemente Eros
conduce a la menopausia y Baco a la
resaca. La mañana sabe a noche usada y ahora espera el trabajo agobiante, el
ruido infernal de esas prótesis humanas llamadas automóviles, la vergüenza
ajena, los espantos cotidianos, el jefe borde, los pedigüeños de voto para un
mandato y los solicitantes de comida para llenar la andorga. Sobre la mesa de
la cocina queda un trozo de pan correoso por la amanecida, la herida sin
cerrar, las cuartillas volanderas sin parto de letras, la foto sepia de unos
parientes a los que casi no recordamos, la lámpara sin apagar, el dislocado
camino de andenes de estación en los que se agarran todas las pulmonías, y la
lasitud casi total en las pupilas. No sé, mi niña, si es mejor quedarse con el
correquetecagas o con la levita. No queda tiempo para pensar en las musarañas
ni en el delantal de los hotentotes ni en Dora
La Cordobesita,
modelo de Romero de Torres y amante
de Chicuelo, ni en el Libro de los
Siete Sabios, vertido al castellano por orden del infante don Fadrique, ni en El
Chiripa, muerto a tiros por la Guardia
Civil entre Tierga y Trasobares, ni en Pigmalión, que se enamoró de una estatua salida de sus manos.
Lamemos las heridas a medio curar y escuchamos a Glenn Miller en la radio repleta de válvulas empolvadas,
acostumbradas a soltarnos aquello de toda la vida: “Yo soy aquel negrito del África tropical…”. Las ambulancias mueven
las tabas camino del hospital y en la calle se monta un jabardillo por un perro
atropellado. Nadie inmortaliza a Maristany,
director que fuese de los Ferrocarriles de
Madrid, Zaragoza y Alicante. Ninguno de los agonizantes llenos de tubos
recuerda ya a la parentela más próxima de
La Bella Monterde,
cupletista del género ínfimo, ni a Paul
Ehrlich, inventor del “salvarsán”,
ni el tubernáculum de Hunter, inserto en el extremo inferior del epidídimo.
Media febrerillo el loco, pasó jueves lardero y la próxima estación será la de
los carnavales, que nos harán olvidar durante tres jornadas la que se nos viene
encima. Felipe VI y su consorte
estuvieron ayer en Cataluña por una cuestión de Estado: la visita a las cavas
de Freixenet. Definitivamente, creo
que nos ha mirado el tuerto.
jueves, 12 de febrero de 2015
La nube
La niña de azul y blanco vestida de novicia cabalga sobre
una nube de algodón. Debajo queda la estampa quieta de niños desnudos pintados
por Sorolla. A lo lejos, un tren muy
oscuro silba aires de cansancio. Es
inútil, mi niña, que el tiovivo siga dando vueltas sobre su eje. Los caballitos
parecen de fotógrafo de glorieta abandonada. La infancia quedó registrada en
una estúpida libreta escolar y en un ramillete amargo de estampas amarillas.
Adoro los pleonasmos por su carga furtiva de innecesaria redundancia. Sí, la
nieve siempre es blanca y las penas son espesas. De nada sirve beber un trago
de infame licor para tratar de olvidar algo que siempre se reaviva cuando
olemos un perfume, o descubrimos una flor liofilizada entre las páginas de un
libro desencuadernado por la desidia de los traslados. Yo sé adónde van las
nubes, mi niña, Es fácil de entenderlo. Verás, escucha, las nubes se alejan
todas las noches para regresar a la mañana siguiente con otros matices. Hace ya
casi una vida de todo y nos hemos convertido en
oradores de cafetín-concierto. Conocemos los dos primeros capítulos de
la historia interminable y, cada vez que nos encontramos con alguien que sabe
escuchar, le soltamos el rollo patatero hasta aturdirle. Entre canción y
canción de la vocalista que enseña lo que puede, somos capaces de explicar la
sexualidad del avestruz, el ensamblaje de una librería de Ikea, la etiología del catarro común, o la reconversión agrícola de
Guatemala. Pero a la niña de azul y blanco esas cosas le traen al pairo. Ella
cabalga sobre una nube, lejos de las catacumbas del antro hospitalario.
--Oiga, amigo, ¿le importa que moje el churro en su café?
--Hombre, si ese es su deseo…
Don Gumersindo
Pitarque Trujillo ignora que Navaggiero
fuese quién convenciese a Boscán de
que incorporara el endecasílabo a la métrica española. Yo sólo me limitaba a
explicarle cuando Sarajov,
disfrazado de lanzadora de peso olímpico, huyó de Rusia aprovechando que el Papa era secuestrado por un comando de
narcotraficantes de Zaragoza y la flota japonesa, disfrazada de pescadores
atuneros, ponía cerco a Canarias, según había
escuchado decir a Vázquez-Montalbán.
Pero a don Gumersindo tal asunto le importaba una mierda. No le interesaban,
tampoco, adónde iban las nubes, si los caballitos eran de cartón-piedra, o si
el licor infame era auténtico. Siempre creemos hambrientos a quiénes no
comprendemos. No, don Gumersindo no era un hambriento ni un sansirolé.
Simplemente era el eco de mis quejas.
Fetiches y relicarios

miércoles, 11 de febrero de 2015
Esplín
El zaragozano Tubo ya no es lo que era. Desapareció el olor
a fritanga de calamares, Serafina y
su cajón de cigarrillos americanos, el olor a catedral cuando se pasaba cerca
de un patio de vecindad desvencijado y aquellas tiendas que decían en un letrero
a pie de calle: “Más barato que en Andorra”. Dentro de un bar, en un espejo
vertical, un hombre grueso con aspecto descuidado me recuerda por un instante
la figura decrépita de un José Oto
hecho papilla, en sus peores momentos. Sobre el televisor de casa, donde veo las
noticias, los desfalcos y los jamacucos, tengo enmarcado un trabajo a lápiz que
me regaló Ignacio Fortún el mismo día de 1986 en el que un periódico local me cesaba en
mi función de escribir artículos por el hecho de colaborar, también, en otro diario
local. Antonio Bruned era muy picajoso. De entonces a ahora no he hecho otra cosa de fuste que observar a los
personajes salidos del grafito del artista. Una familia toma el vermú de pie,
en la barra del bar, que bien pudiera ser “Casa
Pascualillo” o “La
Viña P”. El hombre está apoyado con el
codo en el mostrador; la mujer se lleva a la boca una sardina en salmuera y con
la otra mano sujeta un largo báculo lleno de caramelos; y la hija, sentada en
un taburete con las piernas a las tres menos cuarto, come un algodón de azúcar,
sujeta una caja de pastas y lleva puestas unas gafas de ver bajo el agua. Enfrente
de ellos, el magro camarero permanece impasible, con una frialdad sólo
comparable a la que tenía Magritas en
el bar La Unión, de Calatayud.
Todo se hunde: nuestro deseo de comer calamares de plástico con gabardina
amarilla y el recuerdo de la librería de lance de Inocencio Ruiz, que nos aguardaba sentado tras una mesa como un
confesor en los tiempos del piojo verde. Eugenio
d’Ors decía que la Venus de Milo tenía cara de haber poseído
unas bellas manos. Pero a nosotros, los que ya frisamos una edad de respeto, se
nos ha quedado cara de poseer la
Legión de Honor sin merecerla. Hemos dejado la
melena para los peones de albañil; el pantalón vaquero para las “cincomarzadas” en el Parque del Tío
Jorge; la chaqueta de pana para los mítines para las cenas de contubernio en “Casa Emilio”, etcétera. Se nos ha
quedado cara de tocar botones de ascensor. Acariciamos pocos pechos de
mujer, pocos cogotes de niño y chocamos
pocas manos. Sólo falta, mi niña, que volvamos al parque a jugar a pitos. En mi
infancia, recuerdo, había cuatro clases de pitos: de barro, de piedra, de
cristal y de culebrica. Ir en bicicleta se ha vuelto peligroso y se ha quedado
camp, por mucho que ahora esté de moda circular por las aceras atropellando
abuelas indefensas. Se han vuelto camp, digo, como el fox-trot, los topolinos,
la gaseosa de sobre y aquellos barquilleros que portando un farol gritaban
“¡rico parisién!” a los bañistas de "meyba" y a las bañistas con faldilla, aconsejada por la Sección Femenina del Movimiento y por el nacional-catolicismo (¿cosas de Eguino Trecu?) en la santanderina playa de la Magdalena de mi infancia
perdida. ¿Qué habrá sido de ellos?
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