lunes, 16 de julio de 2018

Serendipias y otras zarandajas



Las serendipias son casualidades afortunadas que se encuentran por azar cuando se están buscando cosas distintas, pero que permite a la Ciencia buscar otras líneas de investigación, por ejemplo el descubrimiento de la penicilina cuando en 1928 Fleming investigaba la gripe; el brandy, cuando los mercaderes de vino medievales hervían el vino para extraer el agua y así ocupase menos sitio en los barcos y que, más tarde, a su llegada a puerto de destino volvían a añadírsela. Hasta que en cierta ocasión no se volvió a “bautizar” aquel jarabe y el resultado en su cata fue extraordinario. Pero hay más serendipias: el caucho vulcanizado, ciertos edulcorantes, el horno microondas, los rayos X, etcétera. A mi entender, una de las serendipias mejor logradas  fue la destilación de orujos de vino en alambique. Aquella primitiva “agua de vida” descubierta en Valencia pasó rápidamente de convento en convento  hasta llegar a los que configuraban el Camino de Santiago y de ahí recorrió los diferentes reinos cristianos. Pero hasta finales del siglo XVIII, cuando el científico alemán Fahrenheit  inventó  termómetro, no se podía cuantificar la temperatura, por lo que hasta el siglo XIX, las destilaciones se hacían de forma empírica y una mala práctica, podía matar o dejar ciega a toda una población, como sucedió en España hace apenas cuarenta años, en que unas partidas de orujos procedentes de augardenteiros tradicionales, de esos que van por las aldeas destilando a contrata, dejó un siniestro reguero de muertos, ciegos y tullidos por medio país. Son famosos los orujos gallegos y los aguardientes de Cazalla de la Sierra, provincia de Sevilla. Hoy está prohibido por Sanidad comercializar los aguardientes caseros por el peligro que encierran. José Ángel Fontecha descubre estos  días a viajeros y turistas la importancia que supuso la comercialización de aguardiente para esa localidad de Sierra Morena. La empresa Turnature  será la responsable de la gestión durante los próximos 30 años de un espacio lúdico que ya han denominado “Espacio de Felicidad y Cultura de Cazalla de la Sierra” y que antes ocupó el convento de San Francisco. Constará con cinco parterres, cada uno de ellos relacionado con los continentes, donde existen las más diversas especies de plantas, entre ellas el escaramujo, también llamado rosa canina o tapaculo por sus propiedades anti diarreicas; y está previsto que albergue  una colección de alambiques que en su día sirvieron para  la elaboración del “cazalla” y una sala para dedicarla al Arte Contemporáneo. A través de Cazalla de la Sierra. El país del aguardiente”, Salvador Jiménez Cubero, biólogo jubilado, intentó en 2015 arrojar luz sobre esta importante página de la historia del municipio. Como contaba Guadalupe  Jiménez en las páginas de ABC hace tres años, “el libro debe su nombre al periodista decimonónico Carlos del Río, de El Liberal  que titulaba “El país del aguardiente, Cazalla, Guadalcanal, Constantina”, una crónica de viajes fechada el 25 de junio de 1895 y  fruto de cuatro años de investigación en el que el autor descendió durante meses a  incómodos archivos”, como señala Antonio Carmona Granado, historiador, en el prólogo de ese libro,  que no sólo está centrado en el aguardiente, sino también en la historia del vino y el arrope en esta localidad.  Entre el siglo XVII y el siglo XXI se localizaron 67 fábricas diferentes en el casco urbano del municipio y algunas más en haciendas y lagares: anís Kruger, anís Machaquito, anís Cazalla, anís Torre del Oro, anís Triunfante, Giralda o anís Clavel y anís Miura.

No hay comentarios: