viernes, 21 de diciembre de 2018

Los nuevos bandoleros


Señala mi calendario que el sol entre en Capricornio a las 23’22 horas en esta tercera semana de Feria de Adviento y que mañana, fecha del sorteo de la lotería, habrá luna llena. Se acaba el año. Invierno adentro, ya tengo en casa el cava de Calatayud, la caja de golosinas y la botella de anís Las Cadenas, de finísimo paladar. Faltan las uvas de Vinalopó, los guirlaches de Casa Micheto, los matasuegras, la nariz postiza, el traje de polichinela y los cuplés de Raquel Meller. Todo se andará… En la calle bulle el ajetreo, se acorta y se amansa la tarde y en el pino que tengo delante de la ventana de la cocina brincan nerviosos unos pardillos. Me encuentro sosegado, como si estuviese inmerso en medio de las praderías de Babia. La cajera del supermercado me informa de que el domingo por la mañana estarán operativos hasta la una y media de la tarde. Hago mío el romance de Villalón de los Bandoleros “Echa vino montañés, / que lo paga Luis de Vargas”. Como bien escribía Eva Díaz Pérez en El Mundo (10/04/14) “los bandoleros de la Sierra Norte crearon pronto su leyenda asaltando las diligencias del dinero público”, ese dinero que según la vicepresidenta Carmen Calvo no es de nadie. “En los Romances del 800 de Villalón  se contó la visita que El Pernales hizo a la finca de Manuel Halcón. Pero ya no hay literatura sobre los modernos bandoleros. Acabo de recibir el recadito de Javier Lambán instándome a que pague una suma de dinero en concepto de Impuesto sobre Contaminación de Aguas correspondiente al ejercicio de 2017. El de 2016 (por una cantidad muy inferior), ya lo pagué en febrero de este año. Y pronto llegará el de 2019. Si les digo la verdad, ignoraba que yo contaminase tanto las aguas aragonesas. El aljibe de mi paciencia tiene el brocal casi hundido. ¿Adónde irá ese dinero? Nadie lo sabe. Supongo que al mismo rincón del olvido de aquellos treinta y seis millones de reales que dejó hace casi 200 años  para la creación de una fundación cultural que sacase de la burricie a los vecinos de Espinama (Cantabria) Alejandro Ruiz de Cosgaya, rico comerciante de Nueva España. Según Víctor de la Serna, “su sueño (pensionados en el extranjero, residencias de estudiantes, profesorado, etcétera) se quedó en una escuelita de primaria que ni siquiera lleva su nombre”.

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