Señala hoy Anson en su artículo de La Razón que “la Monarquía parlamentaria española organizó su democracia profunda sobre esta base, elemental, defendida por Don Juan durante su largo exilio: la soberanía nacional reside en el pueblo. Fue secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Y ha sido la Monarquía restaurada la institución que devolvió al pueblo lo que al pueblo correspondía”. Aquí habría que hacer ciertas matizaciones. La Monarquía encarnada en un rey puesto a dedo por Franco no fue la que devolvió la democracia a los ciudadanos. La democracia la repusieron los españoles en su conjunto el día que aprobaron por mayoría la Constitución Española de 1978. Juan Carlos I, que heredó todos los poderes del sátrapa, tuvo que renunciar a ellos, no por propia voluntad sino por exigencias de una sociedad harta de sufrir una dictadura tremenda, por mucho que se le llamase eufemísticamente “reino” a España desde la Ley de Sucesión del 7 de junio de 1947. Franco lo que hizo fue reservarse el cargo de jefe del Estado de por vida y el derecho a nombrar a su sucesor a título de rey, manteniendo la Jefatura del Estado vacante durante décadas. Es cierto que gran parte de la familia real apoyó activamente al bando sublevado durante la Guerra Civil española. Tanto los monárquicos como la dinastía Borbón se sumaron a la causa franquista con la esperanza de restaurar la Monarquía tras el final de la Segunda República. Alfonso XIII desde su exilio en Roma apoyó económicamente el golpe de Estado en 1936 y algunos miembros de la familia Borbón se alistaron pero no combatieron directamente en las filas franquistas, como fue el caso del infante Jaime, pese a ser sordomudo de nacimiento, que se ofreció como voluntario para combatir en el bando sublevado, pero no luchó; y su hermano Juan, que había acompañado a Jaime, cruzaron la frontera por Dancharinea el 1 de agosto de 1936 provistos de mono azul y boina roja para intentar incorporarse al bando rebelde (tras dejar Juan en Cannes a su mujer, que acababa de parir a Pilar), entrevistándose en Burgos con miembros de la Junta de Defensa Nacional, que le obligó a marcharse de España por vía de urgencia, por deseos de Mola. La únicas bajas en combate fueron las de Carlos de Borbón y Orleáns, cuñado de Juan, muerto en Elgoibar siendo alférez provisional del Grupo Mixto de Ingenieros de Pamplona, el 27 de septiembre de 1936; Alfonso María de Borbón y Pinto, teniente de Caballería en el Tercio de Requeté Castellano, muerto el 21 de diciembre de 1938 en Lérida; José Eugenio de Baviera y Borbón, alférez de complemento en el Regimiento de Transmisiones del Ejército del Aire (1940); y Alfonso María de Borbón Pinto, muerto en la batalla del Ebro en 1938. También hubo parientes fusilados: Elena de Borbón y de la Torre, nieta del duque de Sevilla, detenida y fusilada en Madrid el 24 de septiembre de 1936; Enrique María de Borbón y de León, marqués de Balboa, asesinado en Aravaca (Madrid) el 29 de octubre del mismo año, junto su hijo Jaime de Borbón y Esteban, de 15 años; Alfonso de Borbón y de León, marqués de Squilache, fusilado en Aravaca el mismo lugar y fecha que los dos anteriores; y José Luis de Borbón y Rich y su primogénito Luis, fusilados en agosto de 1936 en Gerona. Creo haber contado once. Me falta por relatar una historia curiosa: José María de Borbón y de la Torre, duque de Sevilla, nació en Madrid en 1883 y era un coronel de Infantería africanista con un futuro prometedor que se labró en las campañas de Marruecos. El militar era tío abuelo del actual duque de Sevilla, Francisco de Paula de Borbón y primo de Alfonso XIII. Algunos años antes, en 1909, María Luisa Rich y Carbajo se casó con José María de Borbón y de la Torre sin saber que aquel matrimonio era su sentencia de muerte. El 5 de febrero de 1926, José María de Borbón y de la Torre, asesinó a María Luisa Rich en su domicilio de la calle Andrés Mellado de Madrid de tres disparos por la espalda, por una discusión sobre una quemadura que sufrió uno de sus hijos en un pie, según declaraciones posteriores de una criada de la casa al juez intructor Ruidabert. Según sus declaraciones, José María de Borbón había pasado toda la mañana en Cuatro Vientos, como de costumbre. Al llegar a su casa, sobre las tres y media de la tarde, encontró a su esposa y sus hijos sentados a la mesa. Ya habían terminado de comer. El marido dispuso que sus hijos y las dos criadas abandonasen la habitación, y él se encerró con su mujer en el cuarto de baño. Su mujer salió al pasillo intentando huir por la escalera. Fue cuando su marido le disparó con su pistola varias veces y el estruendo llamó la atención de vecinos y transeúntes. Ella murió casi al instante. Vino un médico que nada pudo hacer. El juez militar de guardia ordenó que el agresor pasase a Prisiones Militares, cosa que realizó acto seguido un automóvil, acompañado por un guardia de seguridad. Aquella mañana, José María de Borbón se había despedido de sus compañeros y amigos de Cuatro Vientos, diciéndoles que partía ese mismo día para Cuba. Lo cierto es que jamás llegó a cumplir su condena por el asesinato. Su parentesco con Alfonso XIII ayudó a que su causa fuera sobreseída por “enajenación emocional”. Los Borbones son como el tiempo: cuando parece que marchan, vuelven. Que tengan un buen fin de semana si las calores se lo permiten.
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