Hoy, en su Recuadro del diario Abc hace
referencia Antonio Burgos a los gorrones de procesiones, esos que dicen ser
amigos del primo de un cuñado del dueño de la casa y aparece con toda su
parentela, también desconocida para el dueño de la casa, se colocan en el mejor
balcón para ver pasar los pasos y las cofradías y, por si ello fuera poco, se
hartan de comer y de beber a cuenta de ese dueño de la casa al que no conocen
ni de vista. Y es que los dueños de la casa acostumbran a ser obsequiosos y
tienen siempre el detalle de colocar unas mesas cerca de los balcones repletas
de viandas, vinos y licores. El sevillano de ley, el sevillano gótico, es así
de fetén. Yo no sé si esos mismos gorrones de Semana Santa también se colarán
en las casetas del Tardón durante la
Feria de Abril, aunque presumo que el gorrón termina por
profesionalizarse y se cuela en todos los sitios por derecho propio. Son
capaces de atravesar hasta los filtros de porcelana. Esas cosas tan españolas,
las de alquilar balcones, sólo se dan en Sevilla durante la Semana Santa y en la Puerta del Sol de Madrid la
noche más vieja de todas las noches, la de las campanadas las doce uvas. Pero
hay una diferencia importante: los balcones de la Puerta del Sol son ocupados
por cadenas de televisión que previamente los han contratado y pagado el
centímetro cuadrado a precio de barrera de sombra en La Maestranza. Los
balcones de La Campana,
de Puente y Pellón o de Sierpes, en cambio, son gratis total para los amigos
del dueño de la casa que, en ocasiones, es un comerciante que allí mismo, en la
planta calle, sostiene un negocio familiar. El sevillano de ley es atento y
buen anfitrión. Le gusta obsequiar y ceder a sus invitados amigos las mejores
perspectivas de cuanto sucede debajo, nada menos que la conmemoración de la
muerte del Mesías, ¡que ahí es ná!, sin importarle permanecer en segundo plano. Y eso sólo se
consigue a fuer de ser más fino que una
botella de Tío Pepe.
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