domingo, 25 de junio de 2017

Una mujer valiente





En “La Comarca de Calatayud” leo una entrevista que Óscar F. Civieta de eldiario.es le hizo a Purificación Lapeña el pasado 23 de junio. Esa señora le cuenta al periodista que su abuelo y su tío fueron fusilados en los días posteriores al golpe de Estado de 1936 con 44 y 39 años respectivamente. Sospecha que pueden estar enterrados en Cuelgamuros desde 1959, ya que -según comenta-  “aquel año en Calatayud desenterraron 80 restos mortales en 9 cajas sin permiso expreso ni tácito de sus familiares”. Y ahora, pese a mil impedimentos oficiales, desea que los huesos de su abuelo y los de su tío regresen. En un momento de aquella entrevista cuenta Purificación Lapeña que “cuando llegó el golpe de Estado del 36, el cura del pueblo [Villarroya de la Sierra] elaboró una lista de personas con ideas distintas”. Distintas a las de los golpistas, se entiende. Y ahí es donde deseo hacer una precisión. Me contaba un anciano de uno pueblo cercano a Villarroya de la Sierra que por entonces todos los párrocos  de la Diócesis de Tarazona confeccionaban listas. Tanto es así que hebdomadariamente hacía un “recorrido” por aquellos lugares una camioneta con falangistas de la peor calaña dispuestos a ir casa por casa para llevarse a “dar un paseo” a aquellos  paisanos que constaban en las macabras nóminas de los ecónomos. A algunos de ellos no los encontraban, por haberse escondido temiendo lo peor. Sobre ese particular sabe mucho Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. Y según me contó aquel anciano, el párroco de aquel pueblo cercano a Calatayud calmaba a los vecinos alineados con el golpismo con las siguientes palabras: “No importa, a esos los dejamos para la próxima vuelta”. Quería decir para la siguiente semana, si es que aparecían por el pueblo. Aquel cura, que  curiosamente nunca permitió que su ropa recién lavada fuese tendida al sol en la misma cuerda que la de su casera, murió el 22 de julio de 1955 a los 74 años de edad. Recibió, a mi entender, más honores de los merecidos, ya que su hermano, además de arzobispo,  fue procurador en Cortes en las ocho primeras legislaturas del franquismo y Comisario General Apostólico de la Bula de la Santa Cruzada. En 1937 había firmado la denominada Pastoral de la Cruzada con el fin de dar autoridad moral a los sublevados, y en 1952 presidió en Barcelona el XXXV Congreso Eucarístico Internacional. No pronunciaré su nombre, pero ya saben: blanco y en botella.

No hay comentarios: