Parece normal que un obispo, en este caso el obispo
de Santander, haya recordado en Viernes Santo, durante el Sermón de las Siete Palabras en Valladolid, que el Hijo de Dios viniese al mundo “para
perdonar a todos, sin excepción”. De un pastor de la Iglesia no se espera que
diga cosa distinta. Pero, por aquello de que el Pisuerga pasa por allí, el
obispo aprovechó para incluir dentro de ese perdón a los políticos corruptos y
a los que trafican con seres humanos. Se le olvidó incluir a los curas
pederastas. El obispo Manuel Sánchez Monge
también debería entender que en un Estado de Derecho existen las prisiones para
aquellos individuos que, aprovechándose de su cargo o de su posición de
superioridad, roban al ciudadano o al Estado o comercian mafiosamente con la
desdicha de seres humanos. El Código Penal, por fortuna, no es el catecismo de Ripalda. Una cosa es predicar y otra
cosa es dar trigo. Y parece evidente que resulta más fácil dar consejos que practicar
lo que se predica. Al obispo de Santander le recordaría que por encima del
perdón es necesario salir en defensa de los más vulnerables. El político que roba, detrae dinero del
contribuyente. Y el mafioso que trafica con pateras y con seres humanos es un
malnacido que no merece el perdón de nadie. Según Manuel Sánchez Monge, ese
tipo de maleantes “merecen perdón porque no saben lo que hacen”. Sí, señor mío,
sí saben lo que hacen. Se mueven por la codicia. El obispo de Santander añadió
en su alocución que “Jesús
experimenta el abandono de su pueblo y el abandono de sus discípulos, pero a la
vez Jesús experimenta el silencio del Padre
y con su lamento expresa la fidelidad a un Dios que ama silencioso en
el sufrimiento". Sus palabras me dejan turulato. Sin deseo de polemizar con ese prelado,
palentino de nación, entiendo que un Dios que ama silencioso en el sufrimiento
ajeno no merece mi consideración. No me gustan las parafilias: ni el sadismo de
aquel que proyecta sus impulsos autodestructivos en los demás en medio del
silencio, ni el masoquismo de los hombres que sienten placer por ser dominados.
Son las dos caras de la misma moneda, más falsa que un euro de madera.
sábado, 31 de marzo de 2018
Aforo completo

viernes, 30 de marzo de 2018
Cruce de caminos
Al alcalde de Calatayud, José Manuel Aranda, debo felicitarle por la terminación de las
obras en la confluencia entre la Rúa de Dato (vulgo la Rúa), plaza del Fuerte y
plaza de Primo de Rivera, con la ayuda de la DPZ. Sólo una pega: los asesinos
bolardos, capaces de romper una pierna
al peatón despistado. Los bolardos puede que orienten la circulación de
vehículos pero desorientan al forano, sobre todo por la noche. En “La Comarca de Calatayud” observo detenidamente una foto con el cruce de
dos caminos: el que conduce a la iglesia de San Juan El Real con sólo girar al
fondo a la izquierda y el que nos traslada rúa arriba hasta la que otrora fuese
segunda aljama de Aragón, a la antigua Judería. De niño, recuerdo que los bajos
de la casa frontal que divide el cruce de ambas vías era una sucursal de Banesto, donde los clientes habituales
de El Pavón llegados desde los
pueblos cercanos, y que cerraban negocios de ganado o de frutas con sólo
estrecharse la mano en la acera del café, metían y sacaban dinero en ventanilla
para cerrar los tratos a tocateja, que es como hay que culminar los acuerdos. Y
como en “La canción del pirata”, donde Espronceda
dice aquello de “Asia a un lado, al otro
Europa…”, no parece que sea necesario subirse a un bolardo
para señalar con el brazo extendido: “a
la izquierda la UNED y a la derecha la estatua de Pascual Marquina Narro”, autor del pasodoble “España cañí…”, que lo ideó en un viaje en tren en 1923 y que, en origen,
llevó el nombre de “El patronista cañí”
en honor de José López de la Osa.
Pero la España cañí ya casi no existe. Se nos ha ido muriendo poco a poco y sin
que nos diéramos cuenta como el humo por una ventana. Se nos fue la duquesa de Alba y yo creo que morirá definitivamente el día que nos
falte Tita Cervera. Como dejó
escrito Luz Sánchez-Mellado en El País hace ya casi cuatro años, “el
Rey ya no es el Rey. Ni la Reina, la Reina. Ni las Infantas, las Infantas. De
ahí para abajo, el escalafón de las celebridades más carpetovetónicas del país
ha dado un vuelco irreversible en los últimos años. En la mayoría de los casos,
ha sido el tiempo, el infortunio o el propio empeño de los interesados en
destrozarse la reputación, el que ha acabado llevándoselos por delante”. Vamos,
como se nos llevará por delante los bolardos bilbilitanos si no prestamos la
debida atención cuando salimos del “Minibar”
y deseamos ver las pinturas de Goya
en la iglesia de San Juan, antes de marchar a la Estación de F.C. para tomar el
último ferrobús con destino a ninguna parte.
Acrónimos culinarios, ¡qué horror!
Todavía me entra risa cuando recuerdo el día en el
que le pregunté a un conocido sobre que tal le había ido en el concierto del
Auditorio de Zaragoza, sí hombre, aquel edificio inaugurado en 1994 y que según
el concejal de Urbanismo de entonces “no le iba a costar un duro a los
zaragozanos” y terminó costando 6.700 millones de pesetas, equivalentes a 40
millones de euros. Y aquel conocido me contestó: “Un poco pesado escuchar a la
tal Carmina Burana, que yo no sé
todavía quién de las del coro era aquella señora”. Podía haberle explicado que Cármina Burana es una colección de
cantos goliardos de los siglos XII y XIII reunidos en un manuscrito encontrado
en Benediktbuern en el siglo XIX, pero preferí callarme y no decirle que Cármina
Burana no era una cupletista del género chico, sino que “cármen” significa
poema o cántico y burana es el gentilicio latinizado de Buern, el pueblo alemán
donde apareció. Todo ello viene a cuento con algo que me tiene preocupado por
su estulticia. Resulta que leo en la sección gastronómica del periódico
regional de la familia Yarza la
siguiente receta: “Bacalao confitado en AOVE
con romesco y espárragos trigueros”, al hacer referencia a un plato de Cuaresma
que prepara Augusto Forniés, cocinero del
restaurante “El blasón del Tubo”, en Zaragoza. El plato en cuestión es sencillo
de confeccionar: basta con tener a mano 200 gramos de bacalao islandés desalado,
un diente de ajo y tres espárragos trigueros. Perdón, se me olvidaba: y el AOVE. Ya perdonará el lector, pero eso
del AOVE me sonaba a chino. No sabía
si se trataba de una especie de salsa chimichurri, de una salsa velouté aterciopelada o de una salsa de
especies, secreto del chef. Pero mi
gozo en un pozo cuando descubrí que AOVE era
el acrónimo de “aceite de oliva virgen extra”. A mí ya me empieza a molestar
que todo deba ser guisarlo con AOVE. O
AOVE o el diluvio. Si no hay AOVE, nos vamos. ¿Recuerdan aquel
eslogan de “si no hay Casera, nos
vamos? Pues ídem del lienzo. En mi niñez, en las sardinas de la
conservera Albo, las mejores que existen en España
con mucha diferencia del resto, ponía aquello de “con aceite puro de oliva”. En un restaurante que se precie, el
aceite puro de oliva se supone, como se supone el valor a los soldados en tiempo
de paz. Es como si yo voy a la barra de un bar y le digo al camarero que me
sirva un vino tinto DOCa. El
camarero, seguramente, me contestará que de esa marca no dispone la casa. Pero
si le digo que deseo tomar un vino tinto “con
denominación de origen calificada”, a nada que sea un poco profesional, el
camarero me preguntará si deseo tomar un “rioja”
o un “priorato”, por salir de dudas y, también, por descarte
del resto. No existen otras zonas vitivinícolas en España con tales características.
Con el aceite es distinto, hay mucho cuento.
jueves, 29 de marzo de 2018
Seamos serios
El párrafo 3 del artículo 16 de la Constitución
Española señala claramente que España es un Estado aconfesional, lo que
significa que ninguna confesión religiosa tiene carácter estatal. Francisco Fernández Marugán, Defensor
del Pueblo, acaba de cuestionar la orden del Ministerio de Defensa para que la
bandera de España ondee a media asta en todos los cuarteles y pabellones de la
Armada por la “muerte de Cristo” desde las 14 horas del jueves, 29 de marzo,
hasta pasadas las 24 horas del sábado, día 31. En consecuencia, recuerda al Ministerio de
Defensa el Real Decreto 684/2010 sobre honores militares, establecido desde que
fuese ministra de Defensa Carme Chacón.
“En consonancia con la tradición”, como se pretende justificar las banderas a
media asta desde el ministerio que preside Cospedal
es, a mi entender, una frase
desafortunada además de rancia que produce escalofríos. Eso de “en consonancia
con la tradición” me recuerda épocas pasadas sobre las que más vale pasar
página. La mayoría de los ciudadanos con edades inferiores a 50 años no tienen
constancia de cuando el demoledor aparato del régimen franquista, triunfador en
la Guerra Civil y enemigo de las libertades, cruel en exceso aunque indolente,
puso el sistema educativo en manos de la Iglesia Católica. La “santa tradición”
fue en España durante más de cuatro décadas el sursuncorda de unos funcionarios del Cielo al servicio del
Movimiento, donde Franco nombraba
obispos y entraba en las catedrales bajo palio, donde la censura previa controlaba
los libros y la prensa, donde hubo un “raro cambalache” delictivo en las
adopciones de neonatos en los hospitales llevado a cabo entre médicos y monjas,
donde se imponían por decreto las fiestas de guardar obligatorias aunque,
muchas de ellas, fuesen recuperables, etcétera. Nadie con dos dedos de frente, al
menos en Democracia, desea ser tutelado. Si el Hijo de Dios resucitó al tercer día, según señalan en el Nuevo
Testamento los cuatro evangelistas, no parece necesario que cada año se
empecine la ministra de Defensa en poner en los acuartelamientos y en los buques
de la Armada banderas y pabellones a media asta. Si España es un Estado
aconfesional, respetemos la Constitución
y seamos serios.
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