viernes, 11 de abril de 2025

Lambrión Chupacandiles

 

 

Lo que en Aragón se conoce como laminero (persona a la que le gustan los dulces), en La Rioja se adjetiva como lambión y en León como lambrión. Viene a cuento con un  singular personaje que durante la Semana Santa de Ponferrada, al que allí conocen como Lambrión Chupacandiles, recorre a golpe de campanilla las calles de la capital del Bierzo custodiando el paso de los viandantes desde el casco antiguo hasta la plaza donde se encuentra la iglesia de San Andrés, Justo en esa plaza existe desde hace un año una escultura en bronce de ese singular nazareno realizada por Tomás Bañuelos. De la misma manera, es costumbre arraigada tomar durante esas fechas tanto en casas como en bares la limonada elaborada con vino de variedad mencía, al que se añade azúcar, naranjas, zumo de limones, melocotones, peras, higos, uvas pasas, canela, orejones, castañas… Lo cierto es que limonadas caseras hay tantas como elaboradores. Cada familia ponferradina tiene su particular receta y su toque especial que suele guardar en secreto y que elaboran con varios días de anticipación. Las rondas de amigos por los bares para tomar limonada se conoce como “ir a matar judíos”. Se cuenta a modo de chascarrillo y sin ninguna base histórica  que cuando  Fernando II de Aragón  firmó el decreto de expulsión de los judíos el 31 de marzo de 1492 mediante el Edicto de Granada utilizó la frase: ‘limonada que trasiego, judío que pulverizo’. Lo único cierto, lo más triste, es que todavía hoy la Península Ibérica (‘Sefard’ en hebreo) es sinónimo de nostalgia para la comunidad sefardí. En algunas zonas de Bulgaria todavía se habla el ladino, idioma procedente del castellano medieval. A pesar del paso de los siglos, algunos sefarditas todavía siguen conservando de padres a hijos la llave de la casa que un día poseyeron en Toledo o en otros lugares. Hoy es Viernes de Dolores y día de abstinencia. También en Zamora cepilla su ropón y limpia los cencerros Brandales, otro personaje que tiene como misión abrir  procesiones.Y en León, también, se traza el recorrido del ‘Entierro de Genarín’, en recuerdo de Genaro Blanco, aquel  hombre de mil oficios amante del orujo y los burdeles, atropellado al pie de un cubo de la Muralla en madrugada de Jueves Santo de 1929 por “La Bonifacia”, el primer camión de basura que hubo en esa ciudad. La prensa señaló que “en el lugar de los hechos se personaron el párroco de Santa Marina la Real, Anastasio Fernández, y el juez de instrucción en funciones, Dionisio Hurtado. Mientras el primero administraba al difunto la absolución y la extremaunción sub conditione, el segundo ordenaba el levantamiento del cuerpo y realizaba las pesquisas necesarias para aclarar lo sucedido”. En las horas previas a esa procesión laica es tradición, desde 1930, que los hermanos de la “Cofradía de Nuestro Padre Genarín”, se reúnan para degustar bacalao, sopas de ajo, una naranja de postre y barra libre para  copas de orujo. Muchos de sus incondicionales devotos afirman que hechos extraordinarios sucedieron en su nombre tras su muerte.  

 

lunes, 7 de abril de 2025

Falta de sitio

 


De la misma manera que los castellanos, en su cerrazón, clarean los montes de lobos, pensando que esos cánidos se los van a comer con patatas fritas como si se tratase de la abuela de Caperucita, o del oso a don Favila, yo necesito cada cierto tiempo hacer hueco en las estanterías para colocar nuevos libros y desechar aquellos que tiene una letra muy pequeña y me cansan a la hora de leer o releer, o son un  tostón insufrible, que de todo hay. Hoy cualquiera escribe un libro y se lo edita de su bolsillo. Lo malo es cuando te lo regalan en un arranque de egolatría; y que, cuando te dispongas a leerlo, no pases de la quinta página. Mi casa, como digo, es chica y algo he de hacer aunque con mucho dolor de corazón. Hay dos cosas que siempre pido a amigos o allegados: una, que no me regalen libros; otra, que no me regalen corbatas, por mucho que sean símbolo de elegancia y que yo las use a diario desde mi adolescencia. Llegaron de Francia en el siglo XVII, durante  el reinado de Luis XIII por los mercenarios croatas. Ellos la llamaban 'hrvatska'. Se trataba de una prenda a modo de pañuelo con la que se protegían las gargantas del frío. Fue a partir de 1924 cuando adquirió la forma estandarizada que todos conocemos. Jesse Langsdorf, encontró una manera de cortar la corbata con el menor desperdicio posible de tela, trazando un ángulo de 45 grados en la trayectoria del dibujo. Además, la seda no la cortó en una sola pieza, sino en tres, que se cosían.  Patentó ese forma de hacer corbatas, más anchas y más estrechas, y más tarde vendió su patente en todo el mundo. Pero hoy no deseaba hablar de corbatas. Tampoco de lobos ni de libros, sino de falta de espacio para mantener mi biblioteca con una cierta dignidad. ¡Qué le vamos a hacer!

 

domingo, 6 de abril de 2025

Chichoneras

 


Recuerdo que de niño corría el largo pasillo de casa de mis padres con una chichonera en evitación de que, en caso de caerme al suelo, o chocar contra una esquina o  con un radiador jugando, me abriese la cabeza. La llevaba con la mayor naturalidad, de la misma manera que los ciclistas se colocan el casco. Los golpes en la cabeza, según contaba mi madre, eran muy peligrosos y me ponía el ejemplo de una niña que, al caerse no sé dónde con una bicicleta de alquiler, se abrió una brecha y se le olvidó poder seguir recitando el catecismo de carrerilla. También, la tabla de multiplicar. Conque no debió ser una exageración que mis padres me pusieran una chichonera de mimbre sobre la cocorota. Siendo ya un adolescente, cuando bajaba al sótano, podía seguir viendo la chichonera llena de polvo entre otros cachivaches. Todavía seguía ahí para mi sorpresa. Su origen provenía de Bellvey (Tarragona) donde la inventó en 1930 el cestero Roc Vidal, conocido posteriormente como ‘El Roc dels Gorros’, que ideó lo que se llamaría la ‘gorra de cop’, de mimbre y con un saliente de sección semicircular todo alrededor, para evitar que las criaturas se dieran golpes en la cabeza. Posteriormente hubo otros talleres de confección de chichoneras donde llegaron a trabajar hasta 60 mujeres de aquel pueblo que, además de aquel casco protector que evitaba descalabros, hacían diversos trabajos de cestería. Pero con los años fue perdiendo fuelle aquella manualidad, y en 1998 Antonia Solé Suau, alias la Tona, hizo la última chichonera de forma artesanal. Tenía entonces 82 años y desde que tenía 11 había hecho el trabajo que le enseñó su madre. En 2001, el alcalde de Bellvey, Josep Fonts Batlle creó una escuela en un intento de poder mantener el viejo oficio de la cestería. Cuatro artesanas, Antonia, Leocadia, María y Teresa se pusieron manos a la obra, y en septiembre de 2007, la Generalitat de Catalunya les otorgó el ‘Diploma de mestre artesà’  a todas. Un año antes, en 2006, se había creado la Asociación “Amics per a Recuperació i la Promociò de les Gorres de Cop” para evitar la desaparición de aquel viejo oficio.

 

sábado, 5 de abril de 2025

Sobre un libro recuperado al azar

 

 

Hoy en la prensa escrita, solo aparecen lugares donde se indica al sufrido lector en qué lugar se come la mejor hamburguesa o la mejor tortilla de patatas; la inquietud del sector aragonés por los aranceles americanos sobre el vino; el pánico que cunde en las bolsas europeas; o el infame panfleto de Mayte Alcaraz en un diario de la ultraderecha más rancia que pone a Revilla de chupa de dómine, le invita a que se retracte con lo dicho sobre el padre del rey, y mueve el botafumeiro en defensa del honor de un jefe del Estado puesto a dedo por Franco.  Pero el algodón no miente, y Revilla, a mi entender, tampoco. Entre tanta basura periodística, empero, fijo mi atención en algo leído en Diario de León, donde se hace referencia al estudio de Julio César Santoyo Mediavilla de un libro curioso en lo que respecta a las “Instrucciones para celebrar misa, calendario de santos y exorcismos de la sal y el agua”.  A la vuelta del folio 145 hay un grabado en madera que representa la Crucifixión, con varias figuras femeninas al pie, y diez folios con notaciones musicales en cinco líneas y orlas en varias páginas con decoración renacentista. Se trata, como digo, de un tomo de hace 502 años y que se encontró por casualidad a finales del siglo XIX, en una parroquia de Orense durante una visita pastoral del entonces obispo Juan Bautista Grau, y que hoy se conserva en el Archivo Catedralicio de Astorga. Se titula 'Manuale siue pratica ministrrandi sacramenta’ y está impreso en vitela. Se desconoce el taller donde se imprimió, aunque sí se tiene conocimiento de que hubo otros libros parecidos impresos en la imprenta de Juan de León,  fechados el 16 de abril de 1523. También  se tiene constancia de que el 17 de octubre de 1561 el Obispado de Astorga y Antonio de la Calzada firmaron un  concierto para imprimir 1.000 misales “con 1.250 pliegos de pergamino muy bueno…, en los quales (sic) dichos pliegos de pergamino irá impreso el canon de la misa y el común de los santos y de los difuntos”. Y en el libro que ahora ha cumplido 502 años queda el colofón con que el impresor cerró y firmó su tarea: “Acaba así este Misal según el uso de la santa Iglesia de Astorga: diligentemente corregido y enmendado. Impreso en la regia ciudad de León por Juan de León, varón experto en este arte. En el año del Señor de 1523, el día 16 del mes de abril”. En portada, coronado por el sombrero episcopal, se puede ver, en negro, el escudo de armas (dos lobos en campo de oro) del entonces obispo de Astorga, el dominico fray Álvaro Osorio, que estuvo veinticuatro años al frente de esa diócesis, de 1515 a 1539, y bajo su escudo, el título, en letras rojas, “Missale secundum consuetudinem sancte ecclesie Astoricensis”. Siguen 11 hojas más 270 folios, a dos columnas de 34 líneas por folio, en letra gótica limpia y con tinta roja también en casi todas las letras capitales del libro. A la vuelta del folio 145 existe un grabado en madera que representa la Crucifixión, como antes señalaba. Hay diez folios con notaciones musicales en cinco líneas y orlas en varias páginas con decoración renacentista. El libro se cierra con el colofón ya citado y un pequeño grabado en madera de Santiago Matamoros. Su encuadernación lleva tapas de tabla y cuero en estado de deterioro, con restos de adornos de estilo plateresco. El libro es una joya bibliófila de valor incalculable que se recuperó, como decía, por casualidad, y que merecería conservarse en lugar seguro. Yo apostaría por la Biblioteca Nacional.

 

viernes, 4 de abril de 2025

La ocurrente Chueca se acuerda de Galdós

 

 

Leo que Zaragoza contará con una estatua dedicada a Galdós y a la sexta novela realista de la primera serie de sus “Episodios Nacionales”, publicada en 1873. Pero lo cierto fue que la falta de alimentos, la superioridad bélica de los franceses y la epidemia de fiebre amarilla que diezmó a la población fue la causa de que Zaragoza capitularse a las siete de la tarde del 20 de febrero de 1809, estampando su firma  Pedro María Ric, marido de la condesa de Bureta y presidente de la Junta Suprema de Aragón, en el acta de capitulación en Casablanca. En un texto firmado por el mariscal Jean Lannes y Pedro María Ric, respectivamente, se dejaba claro en once capítulos y entre otras cosas que la guarnición de Zaragoza saldría al día siguiente (21, a mediodía) de la ciudad con sus armas por la puerta del Portillo y las dejaría a 100 pasos de dicha puerta; que oficiales y tropa deberían hacer juramento de fidelidad a Napoleón; que aquellos que no desearan hacer ese juramento irían presos a Francia; que todos los habitantes y los extranjeros deberían ser desarmados por sus alcaldes y las armas depositadas en el Portillo; que las personas y sus propiedades (también la religión y sus ministros) serían respetadas; que las tropas francesas ocuparían al día siguiente todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso; que toda la artillería y sus municiones, así como la tesorería y las cajas de regimiento, pasarían a ser puestas al servicio del Emperador; y, por último, que todas las administraciones civiles y empleados deberán hacer juramento de fidelidad a Napoleón, y que la justicia se hará en nombre del emperador francés. El día 21, en consecuencia, salieron por la puerta del Portillo cerca de 12.000 individuos espantosamente demacrados, entregando sus armas y quedando prisioneros en un triste espectáculo, en palabras del oficial francés Lejeune. Unos morirían por enfermedad, otros pasarían años trabajando en un depósito de prisioneros de Nancy, un número indeterminado escaparía y continuaría la guerra.  Palafox fue llevado preso al castillo de Vincennes. Lejeune describe el humo, las cenizas y los escombros revueltos con restos humanos medio secos o carbonizados. En Zaragoza había más de 6.000 cadáveres insepultos y los supervivientes parecían fantasmas. Entre los defensores murieron más 52.000 personas: 10.000 en combate y el resto por tifus. En el ejército napoleónico se reconocieron 4.500 bajas entre muertos y heridos. Muchos de ellos, tanto españoles como franceses, fueron enterrados en la arboleda de Mazanaz, en la orilla izquierda del Ebro. Algunos héroes (Agustina Zaragoza, Sangenís, Casta Álvarez, Jorge Ibor, Boggiero, Sas, Manuela Sancho, etcétera) disponen de calles dedicadas en Zaragoza. También el principal paseo. Una entrada a la ciudad, la Puerta del Carmen, es testigo de aquel infausto periodo histórico. También, una cruz en el Puente de Piedra recuerda la vil muerte de dos curas trabucaires y caer herido el barón de Warsage. De la misma manera, hacia 1848, Cristóbal Oudrid compuso “El sitio de Zaragoza” para una obra teatral en tres actos y escrita en verso de Juan Lombía, que terminaba con una rondalla interpretando la “Jota aragonesa”. Pero, a mi entender, que la alcaldesa Chueca pretenda hacer ahora, pasados 217 años, una estatua para resaltar una frase de Galdós de unos hechos teatralizados en  su obra literaria, me parece que está fuera de lugar. Zaragoza se rindió y punto. Chueca, por lo que se desprende, no ha leído las “Abdicaciones de Bayona” de mayo de 1808 con la renuncia de Carlos IV y del príncipe heredero Fernando en  favor de Bonaparte. La actual alcaldesa de Zaragoza debería abandonar la práctica de sus chocantes ocurrencias. No descarto que el día menos pensado nos levante un monumento como homenaje al ratoncito Pérez,  a Roenueces, o al cura Merino (a Jerónimo Merino Cob, quiero decir) que fue cura trabucaire contra los franceses en la batalla de Roa. Porque debo aclarar que hubo otro cura con el mismo apellido también trabucaire, Martín Merino y Gómez, activista liberal que llevó a cabo un atentado fallido contra Isabel II en 1852 y que fue  conducido al patíbulo con una hopa y birrete amarillos con manchas encarnadas, No vaya a ser que Chueca, conocida su desbordada imaginación, se confunda, le hagan sus neuronas cerebrales el "nudo de Lambán" a la remanguillé,  y la liemos.

 

martes, 1 de abril de 2025

Entre el miedo y la fe

 

Leo en El Correo de Zamora la siguiente noticia: “El vino de Toro, presente en el descubrimiento de América”, o sea, en el primer viaje de Colón. Lo cierto es que por el libro “Rumbo a las Indias”, de Gonzalo Zaragoza, se conocen las provisiones para un largo viaje que se cargaron en las dos carabelas y una nao para un periodo de quince meses y agua para seis, y que la ración diaria solía constar de dos libras de bizcocho o galleta, una libra de tasajo o carne salada, un cuarto de libra de arroz o legumbres secas, y el equivalente a un litro de agua, tres cuartos de litro de vino, 50 gramos de vinagre y un cuarto de litro de aceite. Las medidas en el siglo XVI no se parecían en nada a las actuales. Los nombres variaban y una misma medida (la vara, la libra) podía tener distinto valor según las regiones. Así, una arroba podía pesar 25 libras (aproximadamente 11 kilogramos y medio), una pipa solía equivaler a 484 litros, etcétera. Cada marinero recibía su ración de comida en una escudilla de barro o en un plato de madera. La pitanza solía remojarse en vino, que se conservaba mejor que en el agua. Era normal recibir una sola comida caliente al día, a media mañana, preparada por los grumetes de cocina. Solo los oficiales utilizaban mesa, el resto se acomodaba como podía. Las frutas y verduras se agotaron en los primeros días de navegación. En ocasiones, la pesca constituía un complemento para su dieta. Ello fue causa de que hubiese muchos casos de escorbuto por carencia en las dietas de vitamina C. Pero no se sabe a ciencia cierta de dónde procedían los vinos que se suministraban a bordo. Podían ser de Castilla, de León, o de cualquier otro sitio. Tampoco se conoce qué variedades de uvas se utilizaron en los lagares de la Meseta aquel siglo, al existir, entonces como ahora, las variedades de tempranillo (que allí se conoce como ‘tinta de Toro’), garnacha, verdejo, malvasía y albillo. Hay mucha leyenda sobre el tema. Ahora solo faltaría que los bilbilitanos dijeran que el cáñamo de las amarras de las tres carabelas procedía de Calatayud y su comarca, por aquello del trueque entre el cáñamo de esa zona aragonesa y el congrio seco de Mugía (La Coruña) que transportaban en carros. Todo son supuestos infundados, como la existencia del ‘Mar de la Oscuridad’, habitado por terribles monstruos. El miedo a lo desconocido y la fe en lo extraordinario marcharon a la par. Y el afán de lucro fue el motor de la aventura colonizadora. En el caso de Colón la busca de especias, que en la Península se pagaban a precio de oro compensaban los dos millones de maravedíes invertidos en gran parte por Luis de Santángel, judío converso y escribano de ración, y los 360.000 que fueron aportados por los vecinos de Palos de la Frontera como multa impuesta por saquear barcos portugueses en tiempos de paz. Portugal había renunciado con anterioridad a esa aventura.

 

El sexo de la primavera, dos mamotretos y un cipote real

 

Recuerdo que un maestro de escuela pedante decía a los niños: “También son nombres femeninos los de las estaciones del año, por ejemplo, la primavera. Se exceptúan el verano, el otoño y el invierno”. No entiendo que chavales de mi generación no hayamos terminados tontos. Nos hicieron saber los nombres de los reyes godos, y menos mal que a aquellos educadores no les dio por recomendarnos la lectura de los mayores libros del mundo, dos mamotretos del aspecto de un armario de tres cuerpos que contienen los nombres y las biografías de todos los dominicos de Viena muertos desde 1424 hasta la fecha. Se encuentran en el convento de la Orden de santo Domingo de Viena, adosados a una pared como si de muebles se tratase. Sus páginas de madera revestidas de pergamino se mueven sobre bisagras de las puertas. O ya puestos, una edición facsímil de 346 páginas y 1420 kilos de peso, cuyo original creado por Bèla Varga se encuentra depositado en el pequeño pueblo de Szinpetri (Hungría), elaborado con técnicas tradicionales de encuadernación. El libro trata sobre la flora y la fauna, las cuevas y la arquitectura de la región. Su autor explicaba que "es único no sólo por el tamaño sino por las técnicas: fue hecho como los códices antiguos, con tablas de madera de Suecia y con el cuero de 13 vacas de Argentina”. Se utilizaron tornillos especiales para hacer posible el torneado. Para pasar una página se necesitan 6 personas y una máquina. En cierta ocasión, Bèla Varga recibió del primer ministro de Bután una cola de yak, que en las pagodas de su país, ubicado en la cordillera del Himalaya, el pelo de cola de yak se utiliza para limpiar los libros budistas de polvo y atrapar su electricidad estática. El “Guinness” de los récords tiene premios absurdos. Verbigracia, que Ken Edward se comió 36 cucarachas en un minuto durante la transmisión de un programa de la televisión; ponerse el máximo de calzoncillos en un minuto;  preparar la mochila escolar en el menor tiempo; etcétera. Ignoro si los dueños de esos libros, los dos de Viena y el de Szinpetri, figurarán entre esos récords, de la misma manera que desconozco el verdadero tamaño del miembro viril de Fernando VII, y que Prosper Mérimée  lo definió como  “extremadamente fino en su base como una barra de lacre y grueso como un puño en su extremidad”. Su primera esposa, María Antonia de Nápoles, se casó con él a los 15 años, cuando el rey contaba con 35 y la historia señala que tuvo que intervenir el papa para convencerla de que debía mantener relaciones con su esposo, porque la primera vez que le vio desnudo casi se muere del susto. Falleció sin tener descendencia, como sus siguientes mujeres: Isabel de Braganza y María Josefa Amalia de Sajonia. Finamente, María Cristina de Borbón- Dos Sicilias, su última esposa, le dio dos hijas: Isabel y Luisa Fernanda. Pero al enviudar la reina, en 1833, volvió a casarse (en secreto) con el guardia de corps Fernando Muñoz, que recibió el título de duque de Riánsares, y con el que tuvo ocho hijos.