Como los bilbilitanos no están acostumbrados a los
bolardos (del inglés bollard) chocan
con ellos y medio se estozolan, sobre todo por la noche, cuando salen de la
taberna camino de casa y la negrura les confunde. Tanto es así que el grupo
socialista municipal está recibiendo numerosas quejas vecinales, de peatones y
de conductores. Lo que no entiendo es por qué esas quejas no se trasladan al
alcalde,que es del PP y el responsable del Ayuntamiento. Cuentan los que se quejan de
los bolardos “recién plantados” en la plaza de san Andrés que, al ser de baja altura y
estar mal señalizados impiden el paso normal de circulación por la acera y que,
además de ello, están provocando accidentes de circulación. Queda claro que el
alcalde, que es médico aunque no traumatólogo ni algebrista, debería colocar unos cartelillos
en las aceras señalando al peatón “Ojo,
bolardos”, de la misma manera que en los pasos a nivel ferroviarios sin
barrera se puso en los caminos hace ya más de un siglo “Ojo al tren” en unos raíles de vía colocados verticalmente, pintados
de negro y blanco y con unas grandes aspas en la parte superior que avisaba de
los peligros. Lo que ya no entiendo es que esos bolardos bilbilitanos provoquen
accidentes de circulación, a no ser que en las atardecidas los conductores se suban
a las aceras de esa plaza al grito de “por la puente,
que está seco” como si pasaran bajo los arcos del acueducto de Segovia.
Porque, de acuerdo con la información de que dispongo, el peligro no lo tienen
los bolardos recién instalados sino los conductores despistados y los peatones
lerdos. En rigor, lo que sí debería colocarse en las aceras de esa plaza es una
inscripción en bronce de este tenor: “Estos
bolardos fueron colocados sin malas intenciones y a expensas de la ciudad de
Calatayud por su alcalde José Manuel
Aranda Lassa, maestro de obras, reinando Felipe VI. Año del Señor de 2023. Laus Deo”. Hay
acontecimientos que deberían recordarse, como la llegada del primer tren de
viajeros en 1863, la colocación de las primeras farolas eléctricas en la plaza del Fuerte, la acometida
de agua de boca a los grifos de las casas, la medalla vitalicia concedida por acuerdo
plenarioa Franco en 1951, la inauguración del Mesón de la Dolores con la llegada del baúl de la Piquer repleto de nostalgias y caracolas
marinas, y los primeros bolardos instalados en la cuarta ciudad de Aragón sin intención de quebrar espinillas, que siempre son efectos colaterales. Como el alcalde Aranda siga poniendo bolardos en la Rúa, en las Trancas, en la Puerta de Terrer y en el resto de las calles, Calatayud puede convertirse en una ciudad de cojitrancos y cuerniburros trastabillados. A una mala es preferible ser de Moros, en el valle del río Manubles, porque allí no existen cojos. El que se cae, se mata.
Pues nada, que el Partido Popular se ha apropiadode la marca “Verano azul”, propiedad de Televisión Española, o sea, de la televisión
de todos los españoles. Ahora solo falta que se escenifique en un performance
la muerte de Chanquete, tan llorada
en su día y todas las veces que esa serie ha sido repuesta, que son muchas. A
juicio de Javier Pérez Royo, catedrático
de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla, “lo que ha hecho el PP
al apropiarse de la marca para hacer un uso electoral de la misma en unas
elecciones generales, que es el elemento rector de la sociedad democráticamente
constituida, es una salvajada jurídica de tal magnitud que resulta difícil de entender
que nadie en los servicios jurídicos del PP le haya dicho al señor Borja Semper que eso no se puede hacer,
que es un acto constitutivo de delito, que atenta además contra el pilar sobre
el que se asienta la democracia como forma política”. Aquella serie, producida
en 1981, dirigida por Antonio Mercero
y música de Carmelo Bernaola, Ahí se
narraronlas aventuras de un grupo de
adolescentes veraneando con sus padres en Nerja y, también, como recordó Pedro Sánchez en “El Hormiguero”, la historia de un grupo de personas que se unían
para hacer frente a un pelotazo urbanístico
en esa zona del Mediterráneo. Todo real, como la vida misma. Graciliano Palomo, ayer, en Diario de León, comentaba que “durante
estos tres años y medio las derechas españolas han estado ausentes de las
soluciones a los principales problemas que han vivido los españoles: pandemia,
crisis sanitaria, crisis económica subsiguiente, creación de gestión de fondos
europeos para afrontarla, guerra de Putin
contra Ucrania con las consecuencias de crisis energética y de inflación.
Sola se las ha visto para estorbar y zancadillear la labor del Gobierno y el
interés general de los españoles. En un ejercicio de indecencia inaudito, ha
culpado de todos los problemas sobrevenidos al ‘sanchismo’, una consigna reiterada por los medios de comunicación de
las derechas siguiendo las enseñanzas de Joseph
Goebbels, maestro de la propaganda calumniosa pero eficaz para gente sin escrúpulos”.
Cuando se confunde patriotismo con patrioterismo mal camino se toma. Los atajos
en política, cuando no se tiene un claro programa alternativo de gobierno, solo
pueden conducir al precipicio. Pero hay que matar a Chanquete para que no decaiga
la fiesta.
Estos días, coincidiendo con
la festividad de san Pedro y san Pablo, Las Tres Cruces, donde se encuentra la Estación de ferrocarril de Zamora, y la plaza
de santa Marina, de Toro, se llenan de ajeros dispuestos a vender su producto.
El oficio de trenzar ajos está perdiendo fuelle, dicen que no hay relevo
generacional. En La Bóveda de Toro solo un puñado de familias mantiene la
tradición de elaborar ese trenzado. Las Pedroñeras (Cuenca) tiene fama de cultivar
los mejores ajos: el ajo morado y el negro. Este último posee grandes
beneficios nutricionales, con una actividad antioxidante 5 veces mayor que la del
ajo fresco. El pueblo cuenta con un Museo del Ajo y Etnográfico interesante
y una monumental fuente dedicada a esa liliácea. Lo cierto es que en las
cocinas de los pisos de hoy no queda sitio para tener ristras de ajos. Lo
normal es que, cuando se necesite, se acuda a una tienda del barrio o a un supermercado cercano y se
adquieran tres o cuatro cabezas dentro de una malla. Decía Julio Camba que “la cocina española está llena de ajoy de preocupaciones religiosas”, supongo que por la Cuaresma, y añadía que “aderezado
con ajo, todo sabe a ajo”. Lo cierto es que en este país se pone ajo en todos los
guisos. Carlos Maribona, experto en
cocina del diario ABC, señaló que “los
españoles nos cauterizamos con ajo el paladar. Y si nuestras cocineras son tan
aficionadas al ajo no es porque este condimento les sirva para hacer una buena
comida, sino, al contrario, porque les sirve para no tener que hacerla”.
Comprendo que es un complemento imprescindible para hacer sopa de ajo, gambas
al ajillo, alioli, etcétera, pero cuando el sabor del ajo, o el de una salsa,
la que sea, envuelve todo el plato, algo se quiere solapar. Tal vez por esa
razón huelan a ajo todas las fondas de viajeros y muchas casas de comidas
cercanas a estaciones de ferrocarril, donde la mayoría de los clientes son “aves
de paso”. Pero el ajo tiene un pariente cercano que no todo el mundo conoce. Me
refiero al ajo del oso, llamado así porque ese plantígrado se alimenta de él
cuando sale del letargo. Es una planta bulbosa perenne y de primavera. Suele
aparecer en los bosques donde existe gran humedad. No debe confundirse con el
lirio de los valles, no comestible y abundante en los Pirineos. El ajo del oso,
como digo, es muy apreciado por su aroma y
por ser ligeramente picante, muy similar al ajo común pero no tan intenso ni
agresivo. Tiene un gran poder aromático con un fondo mucho más fresco y no deja
un regusto tan fuerte como el ajo común. En consecuencia, también resulta mucho
más digestivo.
En Valencia se repite la historia de Aragón. Como el PP
necesita el apoyo de Vox para poder obtener la investidura de Carlos Mazón como presidente autonómico,
ya se ha pactado que sea la antiabortista Llanos
Massó, de Vox, la presidenta de las Cortes. Está claro que el PP ya no es
un partido de centro-derecha, sino que se ha escorado hacia la ultra-derecha
sin despeinarse.Mientras esas cosas
suceden, Abascal, dueño de la cuerda
de trenzado, se pasa el día lanzando soflamas trasvasistas y conexión de
cuencas. Aquí ya no sabemos de quién es el botijo, donde el PAR es cómplice por
su pacto con el PP en Aragón a cambio de no sabemos qué. Hoy es san Pelayo e imagino lo bien que lo
estarán pasando los zarauztarras bebiendo chacolí,escuchando en las tabernas el sonido de
acordeones, a los dulzaineros de Estella y entretenidos con las danzas de
cabezudos. Y mañana, 27, a las 05:30 reparto de sopa de ajo ofrecida por Iñurritza
Jai Batzordea. Unas fiestas que terminarán el día 28 a
media noche con la arriada de bandera y el chupinazo. Por ahí tengo el programa
de actos, bastante extenso. Son unas fiestas con gran participación ciudadana.
Sólo permanece impasible, visto desde la playa, el Monte Ratón, en Guetaria, también conocido como Monte de San Antón. Existe una leyenda:
Cuentan que hubo una vez en Guetaria un pescador de nombre Queta del que estaban enamoradas dos señoras, la de Itegui y la de Alsacarte, que se disputaban al apuesto mozo sin ser
correspondidas. Un día, por casualidad, los tres se encontraron en una calle y
ambas señoras comenzaron a discutir entre ellas por celos y el amor que sentían
hacia el pescador. Queta, ante semejante espectáculo, pidió al cielo que se
convirtiese en piedra. Sus rogativas fueron escuchadas, convirtiéndose en la
isla de San Antón. Ambas señoras, a
su vez, quisieron compartir el destino de su enamorado y también rogaron ser
convertidas en piedra. Y así fue. Se transformaron en las puntas de Altzokarri e Iteko para pasar la eternidad contemplando a su amor no
correspondido. Aquí lo dejo. Que pasen un buen día.
Aragón se despierta con nueva presidenta de las Cortes, Marta Fernández, punto y coma, de Vox. Y lo primero que se
le ha ocurrido decir a esa insensata es que “la
violencia de género no existe”, y se pregunta: “¿Qué es el género?”, lo que
equivale a señalar que las 18 mujeres asesinadas en España durante lo que va de
año y las 1.292 mujeres difuntas contabilizadas desde 2003 es mentira. O sea,
una farsa estadística que se ha inventado la izquierda para que cunda el pánico.
Javier Lambán, que ha calificado el
acto de toma de posesión de “grotesco”, “chusco”,
“indignante” y “estrafalario”, ha hecho responsable a Jorge Azcón, nuevo presidente in
péctore, de “falto de respeto y
desprecio a la Institución y por tanto a la autonomía y al autogobierno de
Aragón, que hace presagiar lo peor para los próximos años". Marta Fernández, punto y coma, por si fuese poco,
arremete contra el feminismo, el colectivo LGTB y niega el cambio climático.
Vamos, una joya. Dos partidos, PAR y Teruel existe, desean engancharse a ese
carro de los despropósitos y ser aliados de Azcón cueste lo que cueste. Ambos no
son partidos bisagra sino corifeos grotescos que, bajo la máscara de
demócratas, aparecen en un proscenio donde danzan y cantan hacia el templo de Dionisios en espera de poder recoger
algunas migajas de un banquete con setas envenenadas. Yo soy de los que
entienden que lo grotescose expresa más en tiempos de cambio y
sirve para acentuar lo que hay de absurdo, dejando al descubierto las trampas
de la razón. Pero lo peor de todo es que detrás de esa pantomima aragonesa está
el Deux Ex Machina, técnica que
popularizó Eurípides para resolver
situaciones, que no es otro que Núñez Feijóo, ese dios del Olimpo que quiere darle la vuelta a la tortilla sin antes
haber roto los huevos. Sabe que sale reforzado a tenor de los resultados del 28
de mayo, donde ha ganado al PSOE en 31 provincias. Núñez Feijóo ha cruzado el
río Rubicón con sus legiones. Como exclamó Menandro
(según refiere Plutarco en “Vidas paralelas”):“alea iacta est”. Que Dios nos coja confesados cuando comprobemos que las saetas del reloj giran al revés, de regreso hacia la España en blanco y negro.
El río Ebro pasa hoy por Zaragoza de color marrón por los
arrastres de lodos de las últimas tormentas aguas arriba. El marrón es el color
de las capas alistanas de honras y respeto. Contaba Carlos Herrera en “XLSemanal
“que “hay que saber callar ante el paso de una hermandad de penitencia como las
Capas Pardas de Zamora, y estarse
quieto y guardar reverencia y aprender a ser testigo de prodigios mudos,
sencillos, conmovedores”. Y es que el color marrón es propio de la calidez y de
lo vulgar. Recuerdo que mis abuelos maternos solían acudir con mucha frecuencia
a una iglesia en Santander, creo que a Santa Lucía, para oír la misa dominical.
En la entrada había un pobre, siempre el mismo, pidiendo la caridad. Saludaba a
todos los feligreses con cortesía. Para mí que era un hombre de clase media
venido a menos por circunstancias que desconozco. A mi abuelo se le ocurrió
pensar que a ese hombre podrían quedarle bien unos zapatos marrones que él no
usaba pero que todavía estaban en un buen uso. Y decidió meterlos en una caja y
llevárselos en una de sus salidas de casa a la iglesia. Aquel hombre miró los
zapatos con detenimiento y, tras comprobar detenidamente que estaban en buen
estado, decidió rechazarlos. Eran de su número y tenían brillo y unas medias
suelas estupendas. Le hubiesen quedado “de
buten”, como dicen los castizos, pero de nada sirvió que mi abuelo insistiese en que los aceptase. Le preguntó el motivo
para ese rechazo. Y aquel hombre de gabardina y sombrero, brillantina en el
pelo y un bigote muy afilado, no dudó en darle la respuesta: “Mire, amigo, se lo
agradezco, pero no puedo aceptarlos de ninguna de las maneras. El motivo es sencillo:
yo siempre calzo zapatos negros”. Y mi abuelo escuchó la misa, salió a la calle
y regresó a casa con los zapatos dentro de la caja y volvió a depositarlos en
el sitio donde estaban olvidados. Sentado en el sillón, tomó el ABC y se dispuso a leer una “Tercera” de José María Pemán al tiempo que en la radio salía el sonido de un “parte” leído con voz engolada: “Son las dos y media de la tarde en el reloj
de la Puerta del Sol…”. El marrón era el color adoptado en los uniformes por los escopeteros de andenes de estación, de
las maletas de viajantes y de los vagones de madera de tercera categoría. Por
otro lado, “comerse el marrón” es una
expresión utilizada en el lenguaje de germanías que equivale a cargar con las
culpas propias o ajenas.Una de las teorías, hay varias, relaciona “marrón” con el verbo “marrar” (fallar, equivocarse), y éste
con “marro”, un juego basado en que
los jugadores de un equipo que han de evitar que los rivales les atrapen,
esquivándoles con el cuerpo, haciéndoles “marrar”
cuando van a atraparles. Por tanto, “un marrón” equivaldría a un escape y “comerse el marrón” a ser atrapado.
Vamos, que el “marrón” no lo quiere
nadie, tampoco el digno pordiosero de Santander.
Los que tenemos ya una edad avanzada todavía recordamos cuando, de
niños, en todas las escuelas colocaron una hucha en la mesa del maestro en
forma de cabeza de negrito destinada al Domund.
También las había en tiendas y parroquias. Eran los años en los que resultaba
amena la lectura del “TBO”, de “Trampolín”, o de “Pulgarcito”, y me familiarizaba con los personajes que aparecían
en las viñetas: “La familia Ulises”, “El profesor Franz de Copenhague”, “El botones Sacarino”, “Rompetechos”, “Las hermanas Gilda”…Pero había un personaje al que prestaba especial atención: Eustaquio Morcillón, siempre acompañado del miedoso Babalú, donde se narraban las
peripecias de un explorador blanco y su guía de color implicados en la captura
animales salvajes mediante sofisticadas trampas para ser destinados a
zoológicos de la opulenta Europa. Ambos personajes fueron creados a partir de
1946 por Joaquim Buigas y dibujados
por Benejam. En el “TBO”,
también, eran habituales las famosas viñetas del explorador anónimo metido en
una gran olla sobre una hoguera para ser guisado y comido por que permanecían
alrededor de la víctima, en este caso el
cazador cazado, antropófagos, que danzaban sujetando lanzas. Aquellas escenas macabras,
que hoy serían impensables en un Estado de derecho, sembraron en mi volandera
imaginación infantil el peligro de tratar de explorar las procelosas selvas
africanas llenas de culebras, alacranes y maleficios. Por esa razón, tal vez, miraba
de reojo aquella hucha colocada en la mesa del maestro con cierta prevención.
Por fortuna, también dejó de publicitarse aquella canción de anuncio del “ColaCao” que entonces fabricaba Nutrexpa, empresa que fue fundada en 1940por
iniciativa de los cuñados JoséIgnacio Ferrero Cabanach y José María Ventura Mallofré, en el
barcelonés barrio de Gracia. Su objeto
residía en producir la miel “Granja San Francisco” y los flanes “Gloria”. A mediados de aquella década, registraron la marca “Cola Cao”. En
el anuncio se cantaba:“Yo
soy aquel negrito, del África tropical…”, y en el envoltorio amarillo podía
verse a un paria de piel morena con un pesado saco de cacaos al hombro camino
de un chamizo de barro y paja. A propósito de esas huchas (que en Aragón
llamamos mijarretas), leo hoy en El Correo de Zamora, a propósito de la Fiesta de la Banderita de Cruz Roja, que
las huchas se han sustituido por donativos a través de Bizum, con código 07702, que es un proveedor de servicios de pago de este
país y donde colaboran 34 entidades bancarias, consistente en un sistema de desembolsos
instantáneos a través del móvil entre
particulares y en compras en comercios.