Leo en el Diario de Cádiz que el “Vaporcito del Puerto” que unía Cádiz con El Puerto de Santa María se encuentra en estado crítico, en los huesos diría yo, “y ya ni siquiera importa que en su nueva ubicación, en el embarcadero construido en el paseo fluvial, quede al alcance de las mareas”. Se acompañan fotos, donde puede verse el esqueleto solo asomando la proa. Parece el caparazón de un mamífero de gran tamaño en el desierto de Arizona comido por los buitres y del que ya solo queda la blanquecina carcasa ósea. Estuvo activo desde 1955 hasta el 30 de agosto de 2011, cuando se hundió en el muelle de Reina Victoria tras chocar con la escollera de Punta Soto, en la parte de afuera del muelle del puerto de Cádiz. Entonces fue trasladado al varadero para someterlo a una restauración integral bajo la dirección del ingeniero naval José Ruiz Cortés. Pero tras el cierre del varadero, en febrero de 2016 se decidió desguazarlo debido a su pésimo estado. El servicio marítimo entre esas dos ciudades comenzó de manera regular con el barco “Cádiz”, que explotó en 1929 en el muelle de las Galeras Reales. Fue sustituido en 1955 por el vapor “Adriano Primero”, que se alternaba con el “Adriano Segundo” hasta 1982. El “Adriano Tercero”, propiedad de Antonio Somorrostro, funcionaba con motores de explosión, siendo encargado en 1955 a los astilleros vigueses de San Adrián. Fue declarado por la Junta de Andalucía "Bien de Interés Cultural" en 2001 y a bordo se rodaron varias películas, hasta que el 30 de agosto de 2011 sufrió una colisión por un error humano del patrón Juan Antonio Vélez Sánchez contra las escolleras de Punta Soto. Pese a quedar muy deteriorado en la proa y bloquearse su timón consiguió llegar al puerto de Cádiz, donde desembarcaron ochenta pasajeros y tres tripulantes antes de hundirse en solo siete minutos en el muelle de la Reina Victoria. Primero desapareció la proa, se levantó la popa y fue engullido por el mar, aunque después salió de nuevo a flote la cubierta superior. La profundidad de esa zona es de unos 8 metros. Contenía 2.000 litros de combustible y se dispersó gran parte en el agua. Estuvo sumergido 28 días y el 27 de septiembre pudo ser reflotado y trasladado al dique 3 de los astilleros de Navantia, en San Fernando, por el remolcador “Obama”. El 29 de noviembre fue trasladado al varadero del Guadalete. Desde entonces allí permanece en estado de absoluto abandono como el fósil de un dinosaurio cansado de bailar milongas. En fin, ¡qué le vamos a hacer!, más se perdió en el naufragio del “Valbanera”.
Nunca hubo tantos concursos
gastronómicos, se vendieron tantos libros de cocina o existieron tantos restaurantes
malos de solemnidad en España. A mi entender, nunca se comió tan mal ni los camareros trataron al cliente con tanta falsa e irritante familiaridad. Los
despachos de hamburguesas, kebabs, pizzerías y bocadillos (la palabra "bocata" no la soporto) se han
disparado, de la misma manera que está perdiendo fuelle el consumo de vino de
mesa en beneficio de la cerveza, que para más inri ya hasta la toman a morro los maleducados chillones que no sueltan el teléfono móvil, que chupan el cuchillo y que se limpian los labios con el mantel. Lo cierto es que cambian los gustos, la gente busca la economía
a la hora de comer y ya se almuerza más con las manos que con cuchillo y
tenedor. La mesa y mantel solo se utilizará, a este paso, en grandes eventos,
en comidas de negocios (los empresarios las desgravan, los autónomos, no) y en
restaurantes de carretera, hoy sustituidos en autovías por áreas de servicio
donde se come caro y mal, debes acarrear la bandeja a la mesa y pagar antes de sentarte. Pero si encuentras un bar cómodo, te sientas en un
taburete de la barra si es que queda alguno libre, pides una hamburguesa y una
cerveza, la consumes y te largas diez minutos más tarde para ir de vuelta a la
oficina o al tajo a poner ladrillos. Claro, el día que esa misma persona
está invitada a una boda, se sienta en
una mesa con mantel blanco y le ponen tres platos delante, puede volverse
majareta. No digamos nada si uno esos platos es de pescado y no sabe cómo
utilizar los cubiertos habilitados para ello, si por presumir de fino intenta
pelar las gambas con cuchillo y tenedor, si no sabe cómo colocar la servilleta
o hasta dónde debe llenar la copa…, vamos, un lío. Hay un dicho: “el buey
suelto bien se lame”. Viene a decir que si uno en el modesto restaurante de
carretera tiene calor, se quita la americana; si quema la sopa, sopla; si le
sabe excelente la comida, rebaña el plato sin complejos; el pan lo trocea como
le viene en gana; y si tras el postre opta por un carajillo de brandy peleón,
se lo toma. Y mientras come puede ver la televisión, hablar con el
camarero si éste le da carrete, o echar un
vistazo a la prensa entre plato y plato. Nadie se fijará en él. Todos los
comensales van a lo suyo y dicen el consabido “que aproveche” al vecino de mesa
cuando se marchan para continuar ruta, eso sí, tras haberse apropiado de un
mondadientes para ponérselo en la boca. A los comensales de carretera, bien
sean camioneros o vendedores de lencería fina, les ocurre como a aquellos
hidalgos que no tenían donde caerse muertos y se ponían migas de pan entre las
barbas cuando abandonaban la venta para proseguir viaje en diligencia. Ahora
los camineros llevan fiambrera para ahorrarse las dietas y los representantes
de comercio al por mayor y al detall
optan por visitar un fast food y
tomar una hamburguesa con nombre creativo y escrita en inglés, por aquello de que
las penas con pan son menos; o tomar un bocadillo de esos que levantan pasiones. Ya digo, los restoranes de postín, esos
que exigen a los clientes buenas composturas y tienen la carta escrita en
francés, están perdiendo fuelle. El poder adquisitivo medio de los españoles no
da para muchas ostentaciones. Se venden muchos libros de cocina con fotos de
platos que abren el apetito al mirarlos con atención, pero nada más. De ilusión
también se vive. Por eso se inventaron las “gulas”
elaboradas con aparente surimi (que no es surimi sino un kamaboko industrial de pescados de baja calidad que no tendrían
salida de otro modo), los palitos de cangrejo con una tonelada de aditivos, y
las barritas de merluza, que no es merluza. Lo cierto es que nunca se vendieron tantas latas
de sardinas para meter en un pan infame. Son saludables, aunque el aceite
empleado ha bajado en calidad. El aceite puro de oliva ya es casi historia. También
tienen sus contraindicaciones, al contener una sustancia
natural llamada purina y, por tanto, un consumo excesivo de esta sustancia
puede provocar en algunas personas un aumento del ácido úrico y generar
cálculos renales. Pero no pasa nada, de algo hay que morir aunque sea de un atracón de colesterol en vena.
Recuerdo que, cuando de pequeño viajaba con mis padres, al entrar el revisor en el compartimento, además de los billetes había que enseñarle el carnet de familia numerosa que justificaba el descuento practicado. También recuerdo que la mayoría de viajeros eran empleados de la Renfe (se le añadía a las siglas el artículo femenino singular como si se tratase de una cabaretista de cafetín) que usaban kilométrico y estaban exentos de pago. Me daba la sensación de que solo sufragábamos la red ferroviaria cuatro primos. Lo mismo me sucede ahora cuando voy a un espectáculo de un teatro municipal. La mayoría de los espectadores que usan palcos son funcionarios municipales o gente relacionada con los medios informativos, que reciben entradas y ven la función sin que les cueste un ochavo. Ya pasó en Zaragoza con la “Expo” de 2008. El ciudadano corriente hacía filas interminables para poder entrar en un pabellón con un sol de plomo, mientras veíamos como por otra fila más fluida pasaban, de marrón por supuesto, parientes de concejales y de caciques que no habían pasado por taquilla. Este es un país donde nunca pagas lo que consumes si eres “de la banda de los simpa” o llevas una gorra en la cabeza. Aquí le pones una gorra de visera a alguien y de inmediato comienza a dar órdenes a troche y moche como un sansirolé en la procesión del Corpus. Tal vez por esa razón se respete tanto a los “gorrillas” aparcacoches. No cabe duda de que hay gente con la que trae más cuenta estar a bien que a mal: verbigracia, los ordenanzas de los juzgados; los celadores de hospitales; ese número de la Guardia Civil que viven en tu casa dos pisos más arriba; o el cura de la parroquia que parece que no sabe, pero sabe y mucho. Además de poseer hilo directo con el Cielo, es sabedor de cuándo hay “overbooking” en la entrada, si es que pensamos en hincar el pico. Sabido es que quién no tiene padrino no se bautiza, por muy hidalgo ruinoso que sea y por mucho que airee a las cuatro rosas de los vientos su quejumbre. Hoy leo una noticia en el Correo de Zamora que me ha dejado ojiplático: “El tren regional de Puebla de Sanabria a Zamora y Valladolid cuenta ya con revisor”. Eso equivale a decir que, hasta la fecha, al ir solo al maquinista en la locomotora, no pagaban billete ni sanabreses, ni vallisoletanos ni los viajeros de pueblos del trayecto; eso sí, todos gente de bien, pese a montar en estaciones donde si estaba habilitada la venta de los billetes, o ciudadanos que contaban con el “abono gratuito para viajeros recurrentes”, pero que en lugar de montar en Zamora o Valladolid lo hacían en paradas intermedias, lo que no está permitido y requiere sacar otro ticket. Pero la paradoja es que muchos viajeros que sacaban abonos de transporte criticaban la falta de revisor puesto que habían desembolsado 20 euros de fianza frente a la obligación de realizar al menos 16 viajes en 4 meses. Y, claro, al no poder justificar el uso temían perder la fianza por no poder demostrar que había realizado tales recorridos. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Los castellanos, ya se sabe, cuando van a la pescadería pretenden adquirir pescadilla gorda que pese poco; algo incongruente, que no viene de congrio.