martes, 24 de octubre de 2017

Isaac Gormedino, carnes y menuceles





A partir de ahora, cada vez que me acerque a la tienda de Isaac Gormedino, mi carnicero de toda la vida, para pedirle un kilo de ternasco de Aragón, deberé preguntarle si en el peso ha tenido en cuenta el “equilibrio de Watt”, que permite comparar la energía mecánica con la electromagnética a través de una corriente y una masa, valiéndose de un láser. Y si se pusiera chulito y se cagase en el kilopondio hasta le podría amenazar con acudir a la Oficina Internacional de Pesas y Medidas situada en Sèvres. Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad, que no lo digo yo sino que lo cantaba Miguel Ligero en la película “La verbena de la Paloma”, y de poco sirve lo que de niño me enseñaron en la escuela. En Sèvres está guardado bajo siete llaves un cilindro hecho de una aleación de platino, al 90%, y de iridio, al 10%, y de una altura de 39 milímetros. Pero resulta que ese cilindro puede cambiar de masa con el tiempo. Dicho en plata: para definir el kilogramo habrá que tenerse en cuenta la constante de Planck. Seguro que Isaac Gormedino, carnicero y amigo, me preguntará si hoy me he tomado la pastilla. Y casi seguro, también, que dejará la tienda en manos de su ayudante y me invitará a tomar una copita de anís Las Cadenas, de finísimo paladar, en el pequeño ambigú del andén de la Estación. Isaac es hombre de buen carácter y de fácil conformar, pero ello no quita que le recuerde que a los tenderos que sisan en la balanza habría que lanzarles al otro lado del mostrador una bomba de palenque, o tirarlos barranco abajo, donde los alacranes y las zarandillas rabicortas toman el sol de mediodía y las culebras se enroscan.
--Bueno, ¡allá cada cual! Anda, Isaac, invítame a otra copita de anís.
--Eso está hecho.
Ambos guardamos silencio.

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