
sábado, 30 de mayo de 2020
Los gustos cambian

viernes, 29 de mayo de 2020
Gigantes o molinos

jueves, 28 de mayo de 2020
Pavana para un anciano difunto
El mejor homenaje que se puede hacer a las personas
mayores, que parecen de cristal porque nadie repara en ellas, lo ha conseguido Yerai Fernández, un vecino de Benimamet (Valencia), en recuerdo
de los innumerables ancianos caídos por culpa de la covid 19 y enterrados en la más absoluta soledad, sin la compañía
de sus familiares más queridos. Yerai ha hecho una estatua de ochenta kilos de
peso que representa la figura de un viejo vestido con traje, sombrero, la
correspondiente mascarilla y unas zapatillas deportivas de una conocida marca.
Es la figura de un señor mayor con aspecto ye-ye que descansa sobre un malecón
de cemento. Tampoco falta una placa donde puede leerse: “En recuerdo a los fallecidos por covid-19".
La colocación de esa escultura ha coincidido -pese a que su autor no se
lo había previsto-con los diez días de luto nacional decretados por el
Gobierno. Un detalle digno de agradecer. Las estadísticas señalan que 4 de cada
10 personas mayores de sesenta y cinco años sufren lo que se conoce como “soledad
emocional”, que llega hasta el 48% en los mayores de ochenta años. José Joaquín León, en su artículo “La soledad de los ancianos”, publicado
en Diario de Cádiz (27 de mayo, 2020)
contaba que “cuando empiezan los días de luto oficial, se debe recordar que las
principales víctimas del coronavirus han sido los ancianos. En las residencias
de mayores se han vivido escenas más propias de la barbarie que de una sociedad
civilizada. También en algunos hospitales (sobre todo de Madrid y Barcelona),
donde era tal la acumulación de enfermos que dejaban morir a los mayores porque
no había tratamientos para todos”. (…) “Se ha llegado a publicar que han
arruinado a una generación de jóvenes para prevenir a los ancianos. Cuando esa
generación ha sido mantenida en los momentos de dificultades por sus mayores:
con sus pensiones compartidas, con el cuidado de los nietos, con el esfuerzo
que hicieron personas modestas para que sus hijos estudiaran y tuvieran un
futuro mejor”. (…) “Cuando por fin el Gobierno dedica a las víctimas del
coronavirus el recuerdo que se merecían, con el luto oficial, no olvidemos que
sobre todo es un homenaje a una generación de mayores. Ellos han dado por los
demás todo lo que tenían, incluso su vida”. La estatua de Yerai Fernández lleva
implícita el silencio mudo, perdonen el pleonasmo, de esas personas que parecen
transparentes y que ya no están entre nosotros. Murieron por un proceso vírico. También de pena, como los
perros abandonados en la carretera.
"¡Y tú, más!"

miércoles, 27 de mayo de 2020
El lío del lenguaje inclusivo
El lenguaje inclusivo me produce dolor de cabeza y
la pretensión del Gobierno de trasladar al “tocho” constitucional del que
algunos han hecho su Biblia ese lenguaje inclusivo, ni te cuento. (Recomiendo
la lectura del “Informe de la Real
Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas”).
Ninguna mujer, a mi entender, debe preocuparse cuando, por ejemplo, la persona
titular de un Ministerio señale que “la
pensión de los jubilados está asegurada por ley”. Dentro del adjetivo “jubilado”
(del verbo “jubilar “= conjugar) se entiende (como el valor en la cartilla de
la mili) que se refiere tanto a hombres como a mujeres. Leo hoy en la prensa que
Margarita Robles introduce
el lenguaje inclusivo en el Ministerio de Defensa en el último BOE sobre
la organización de las Fuerzas Armadas, al sustituir la expresión "el ministro de Defensa" por "la persona titular del Ministerio de
Defensa". Añade la prensa que “ello causa sorpresa entre generales y
almirantes por estos cambios de nomenclatura”. No me extraña. La estructura de
la Milicia, aparentemente modernizada, está tan cuadriculada como el cerebro de
las hormigas, como la Monarquía, o como la Iglesia. Por algo dijo el duque de Wellington, -según refiere Stanley G. Payne en la introducción de “Los militares y la política en la España
contemporána”- que “España es el único país donde dos y dos no son cuatro”.
A nadie se le escapa que hasta el siglo XX el ejército español fue empleado
casi exclusivamente para domar disturbios y mantener el orden interno. Con eso
queda dicho todo. Hoy eso sería sorprendente y de ninguna manera aceptado por
la ciudadanía, que corre con todos los gastos. También, España es el único país
del mundo donde a los que fueron presidentes del Gobierno se les sigue llamando
de manera oficial “presidentes” y al anterior jefe del Estado se le sigue llamado
“rey”, pese a su abdicación en 2014. Porque lo de “rey emérito” está fuera de
lugar. El único “mérito” de Juan Carlos
de Borbón fue haber sido designado sucesor por un general golpista ganador
de una guerra. Que yo sepa, el adjetivo “emérito” hace referencia a un profesor
de universidad que sigue dando clases tras su jubilación, en reconocimiento a
sus méritos, o a los obispos que por su avanzada edad dejan de gobernar una
diócesis. Emérito es el participio de los verbos latinos emereo y emereor, que
significaban “cesar en el servicio militar, obtener la licencia”. Lo que
sucedió fue que, ante una situación imprevista, Mariano Rajoy emitió un Real Decreto (470/2014, de 13 de junio, por
el que se modificaba otro Real Decreto (1368/1987, de 6 de noviembre) por el
que se conservarían los mismos honores que el heredero de la Corona. Pero, a mi
entender, sí será necesario modificar algo en la Constitución en el supuesto de
que algún día reinase la actual princesa de Asturias. En la actualidad no
aparece la palabra “princesa” en la
Constitución y la palabra “reina”
sólo aparece como consorte del jefe del Estado a título de rey en el artículo
58, muy de pasada. Todo se andará -como decía un maestro de escuela- si la vara
no se rompe.
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