Una
noche de canícula Miguelito Laredo,
alias Camagüey, regresaba desde
Zaragoza en el ómnibus Arcos. Como
era su pernicioso hábito, anduvo para atrás dentro de los vagones hasta dar con
el balconcillo de cola. Allí esperó en plena oscuridad a que don Secundino Cojoncio Sánchez, alias Fosglutén, que ejercía de factor de
noche de forma provisional, diera la salida al convoy. Cuando estuvo próximo a
aquellas señoras oprimidas hasta el agobio en el único banco del andén,
Miguelito Laredo, alias Camagüey, se tiró en marcha con indumentaria de
malandrín y el regocijo del cuatrero al alcanzar la última frontera. Al
cronista le viene ahora a la memoria una disertación del presidente Roosevelt donde también platicaba sobre
la última frontera, en clara referencia a la Gran
Depresión del 29.
Eso de las asociaciones de ideas embotan el ritmo del relato, pero el cronista
vive de contar lo que sucede, aunque no cobre por ello. Don Secundino, alias
Fosglutén, doblaba turno y hacía funciones de factor de noche al haberse
indispuesto el titular comiendo caracoles de cementerio. Y como un resorte
salió tras Miguelito Laredo, alias Camagüey, banderín en mano dispuesto a
romperle la crisma, con la mala fortuna de terminar hocicando en una señal de
enclavamiento. Se le quebró el peroné. Las comadres, entre la modorra de las
calores, el estupor y las disonantes carcajadas, pidieron a un zagal que
trepaba por las acacias escudriñando nidos de jilgueros que partiese veloz en
busca de Atilano Pimentel. Dieron
por hecho que lo encontraría sentado en la plaza, o tomando un refresco en el Café Suspiros de España. Al cronista le
consta que aquellas chismosas comadres no precisaban disponer de localizador
GPS para ubicar a cada vecino en cada instante. Tampoco se había
inventado. Pero el arrapiezo hizo oídos sordos a las peticiones de las
alcahuetas. Don Secundino Cojoncio Sánchez, alias Fosglutén, había aterrizado
como un sapo y se eternizaba demolido en el suelo cerca del balasto de las
vías. Berreaba como si se hubiese atrapado la minga con la portezuela de una
camioneta. --¡Ay mi pierna!”, “¡ay mi perna!”--. Al escuchar bulla se acercaron
hasta el magullado ferroviario la pareja de guardias civiles que hasta entonces
estaba apoyada en la lampistería observando el fulgor de un gusano de luz. No
les quedaba otra que tantear el modo de poner remedio a tan grotesco
espectáculo. Los guardias civiles especularon sobre cómo deberían
aplicarle un torniquete de Petit, pero ninguno de los que ya formaban corrillo
supiese de qué se trataba el remiendo. Con la ayuda del farol de maniobras pudieron
comprobar ausencia de sangre. Ante tal
evidencia, los guardias civiles desecharon el milagroso remedio torero que les
habían enseñado cuando pasaron por la academia de Valdemoro. El guardagujas,
que echó a correr en busca de ayuda, ya regresaba desde el pueblo dando
comparsa a Atilano Pimentel. Las correveidiles estiraban la cerviz desde el
asiento sin alzar los panderos y se aventaban con los pericos de forma
compulsiva entre jadeos de calor, una rara excitación y los trenzados rasantes
de los murciélagos orejudos en su caza de insectos. Atilano Pimentel, tanteaba
a ciegas un suelo preñado de abrojos en la cerrazón de la noche. Localizó unas
tablillas de la misma medida de un tabal de sardinas en salazón y encofró con
aseo la zanca de don Secundino, alias Fosglutén, alumbrado por la lucerna, que
el guardagujas ya había cambiado para tal menester la posición de luz verde sobre
la llama de la mecha por la posición del cristal incoloro. Los guardias
civiles, una vez que comprobaron la solución del incidente, bromearon con Miguelito Laredo, alias
Camagüey, que portaba aquella noche al cinto un revólver detonador “Jeyper”,
marca creada por el empresario de los “Juegos Reunidos” en los tiempos
de la puericia del cronista, ignorante entonces, y también ahora, de si se
trataría del industrial valenciano Antonio
Pérez Sánchez, que además de arruinarse en 1986 engendró el muñeco
articulado Jeyperman, o de alguno de
sus parientes pobres.
martes, 28 de febrero de 2017
Bajo un sol abrasante
--Creo, Cedrés, que se ha jodido la
marrana--, le indicó a éste el cura sin nombre muy circunspecto mientras le
daba vueltas a la rueda del ciclomotor, que ahora era la rueda de la peana y
que estaba alzada sobre unas piedras. --¿No oye usted cómo rasca?--. Pedro Cedrés afinando la oreja tenía cara de malo. A los malos se les
nota siempre, de cerca y de lejos. --Pues, si le digo la verdad, no oigo nada
raro--. Pedro Cedrés volvió a rascarse la cabeza, que era lo que siempre hacía
cuando algo no se amoldaba a su discernimiento. Miraba al cura sin nombre con
aspecto de pasmado. La pareja guardias civiles habían buscado una pequeña
sombra en un talud que amenazaba con desprenderse y los fusiles los habían
apoyado sobre una anciana acacia con filodios punzantes. Tras dudar unos
instantes, Pedro Cedrés le espetó a bote pronto: --Don Fulano --como se llamase el cura--, la marrana es el cigüeñal
de la azaña, que a la noria también le dicen azaña--. La palabra “azaña” estaba
prohibida en España. También lo estaba en un pueblo de Toledo al que Franco le había cambiado su nombre por
el de Numancia de la
Sagra. Ahora no
recuerda muy bien el cronista cómo sucedió aquel diálogo de besugos, que
aquello era lo más parecido a un diálogo de besugos. El cura sin nombre no hizo
caso a Pedro Cedrés, menos aún después de haber nombrado esa palabra maldita.
Volvió a hacer voltear la rueda, notando cómo el zumbido se iba desvaneciendo
casi por completo. --Este santo es muy milagroso--, señaló el cura. El cronista
se quedó con el deseo de saber de qué santo se trataba. Quizás san
Epipodio, de origen griego, que significa el que tiene los pies encima. Aquel
santico menudo, de mirada somarda y aires de flor de té, tenía ambos quesos
sobre el suelo de la basa. El lionés Epipodio, junto a san Alejandro, marcharon al martirio con entusiasmo y acendrado
masoquismo. Más tarde la
Iglesia los ensalzó a los altares y los veneraba cada 22 de
abril y cada 25 de febrero, respectivamente. El santico chico, pálido y con
bosquejos de pajillero, es posible que también fuese embaucador y hasta pudiera
ser que se convirtiese en el intermediario celestial para que a César González-Ruano le concedieran el
“Mariano de Cavia” en 1932, por su artículo “Señora, ¿se le ha
perdido a usted un niño?”, el 12 de abril de aquel año, coincidiendo con el
banquete que le ofrecían Jardiel Poncela,
Wenceslao Fernández-Flórez, Guillermo Luca de Tena y Manuel Aznar en el Restaurante Tournier, en la madrileña calle Mayor, que uno ya no
sabe…
lunes, 27 de febrero de 2017
Casa Procopio, atención al cliente
El cura sin nombre, el cronista no recuerda su nombre,
obligó a la única casa de comidas que existía en aquel pueblo a poner un cartel
que dijera “Hoy es día de cuaresma”,
todos los viernes siguientes al Miércoles de Ceniza y hasta pasada la Semana Santa. Pero
el dueño del establecimiento, Procopio
Galerón, alias Cruschev, que fue
soldado raso en la División Azul,
no estuvo nunca de acuerdo con esa orientación a los comensales, generalmente
camioneros que hacían un alto en sus rutas, aprovechaban para surtirse de
gas-oil por Belfast, o sea, Perico
Durango, y también viajantes en
comercio cansados de caminar con su muestrario dentro de en un maletín y que
cada quincena hacían hora en el banco del andén hasta la llegada del correo
mixto de Madrid-Valladolid, que se partía en Ariza. Unos viajeros iban camino
de Santa María de Huerta, y otros, de Coscurita. Los vagones de Valladolid eran
los tres de cola. Al cura sin nombre le gustaba poner avisos, que eran como
bandos sugerentes emitidos por los funcionarios del Cielo, celosos en preservar
la moral y las buenas costumbres en su feligresía. Aquel cura sin nombre fue
muy criticado por la vecindad cuando en cierta ocasión envió a dos monaguillos de
jornada para que colocasen un aviso en la puerta del cine, advirtiendo a
aquellos que pasasen por taquilla que la película que se proyectaba, “Las noches de Cabiria”, era pecaminosa
por su alto contenido inmoral. La protagonista era una meretriz. Pero aquella
tarde se llenó la sala de proyección y el cura se vio obligado a tener que
amonestar a los feligreses en una posterior homilía durante la misa del
domingo, aclarando a los presentes en la iglesia que la advertencia de que no
de debería ver esa película le había llegado mediante un oficio de monseñor Manuel Hurtado y García, obispo de
Tarazona, y que él desconocía el argumento. Procopio Galerón vio la película de
Fellini, le pareció encantadora Giulietta Masina. El personaje de Cabiria le hizo soltar una lágrima gorda en su butaca de madera
cuando un tipo sin escrúpulos se aprovechó de ella y le quitó sus ahorros.
Procopio Galerón no tuvo en cuenta el recordatorio del cura, cuyo nombre no
recuerda el cronista, y siguió ofreciendo los menús acostumbrados. A nadie se
le impedía poder pedir en lo que entonces se llamaba menú
turístico carne o pescado, garbanzos de vigilia o macarrones al gratén,
fruta del tiempo y delicias de manzana con crema franchipán; que, dicho sea de
paso, fue creada en la Casa Otaegui de San
Sebastián, entonces gobernada por Emilia
Malcorra a principios del siglo XX. Porque la casa de comidas de Procopio
Galerón, Casa Procopio, también
disponía de carta, de servicio de barra y de juego de la rana, que siempre fue
labor de puntería, destreza y pulso.
Aquel no era año jubilar
El
cura, cuyo nombre desconoce este cronista, le aclaró a Pedro
Cedrés que había basílicas mayores y basílicas menores. Que las basílicas
mayores se distinguían por poseer un altar papal y una sede reservada para el Romano Pontífice, además de una puerta
santa que se abría a los peregrinos en los años jubilares. Pedro Cedrés se
rascaba la cabeza como si no entendiese nada. Se atrevió a señalarle al cura
que tales cosas sólo pasaban en Santiago de Compostela, donde estaba el auténtico
botafumeiro, el que trataban de copiar Higinio
Gavilán y él para prestigio de la parroquia. Pero el cura sin nombre, muy
avispado e intuyendo adonde pretendía llegar Pedro Cedrés con tanta
pregunta, y consciente de que la iglesia
parroquial de aquel pueblón nunca podría obtener el título pontificio de
basílica ni mayor ni menor, se adelantó a aclararle a Pedro Cedrés que, excepto
la de Santa María de los Ángeles, en Asís, las basílicas mayores se hallaban
todas en Roma, pero que ninguna de ellas era equiparable a una catedral.
Cedrés, a partir de aquel momento, ya no entendió nada. --Entonces, padre, ¿lo
del Pilar y el Valle de los Caídos…?--. El cura fue rotundo: -- ¡No sé..., la verdad
es que no lo sé!--. Calle abajo regresaban presurosos y alzando considerable
tolvanera los monaguillos de jornada, o de retén, con la aceitera que les había
sido facilitada por Áurea Castrejón
Brindis. Desde el balcón de su casa, Áurea Castrejón Brindis advertía cómo
evacuaban sus orines los hombres junto al parapeto encalado. Evaluó con pequeña
desviación las correspondientes tallas de sus ciruelos, que proyectaban en la
tapia una sombra afín a la que ejerce la púa sobre el careto del reloj de sol.
Higinio Gavilán también fabricaba por entonces unos condones seguros y de mucho
rendimiento a partir de tripas de cordero. Se los dejaba muy económicos a Belfast, o sea, a Perico Durango, en agradecimiento al suministro de los bidones de
gas-oil. El pirotécnico Higinio Gavilán era un buen tipo, siempre ávido por
agradar a sus aliados.
domingo, 26 de febrero de 2017
Perico Durango, alias Belfast

El error, manantial de constante zozobra

sábado, 25 de febrero de 2017
Se rompió el racor de tanto usarlo
Madre e hija regresaron al pueblo con esplín
de mala luna. Tampoco les ayudó mucho el santico de mierda, cuyo nombre no
recuerda el cronista. Tal vez fuese san
Veremundo, o san Filemón, que
ambos caben en las hornacinas de los altares y ante ellos debemos santiguarnos,
hacerles novenarios, acudir a vísperas y completas y besar sus reliquias.
Aquella falta de ayuda quizás se debiese a que la madre de la niña intérprete,
o de la niña del yo-yó, no practicó el culto de dulía con la devoción
necesaria, que todos debemos reconocer que padecemos ruina espiritual, que
somos de media tijera para lo metafísico, que caminamos a la briba y que
tenemos más faltas que un juego de pelota. En aquella procesión frenada en el
barranco, ninguno de los presentes sufrió de agorafobia ni de tabardillo. Todos
ejercieron de alza puertas, unos orinando en la tapia encalada, otras
abanicándose entre lagartijas de rabo cortado aunque con rendibú para lo
sagrado. Mas tarde se rompió el racor para soplar la rueda del velomotor y se
salió bastante aire, cuando un monaguillo pretendió meterle más presión a la
rueda. Lo había ordenado el cura. Algunas beatas encerrizadas, aprovechando el
apaño de la nueva avería, dieron otra batida con el cepillo de las limosnas por
si se topaban con alguien desparramando el pensamiento. --Yo
digo: de la boca del prudente sale la miel, aleluya, la dulzura de la miel está
debajo de la lengua, aleluya, panal que destila por sus labios, aleluya,
aleluya. Y tú me respondes, obí, obá y todo eso, evitando cualquier atisbo de
cachondeo, que ya puedes comprobar cómo anda el patio.-- Para Cristo,
el modelo supremo de conducta es el Padre,
con su amor infinitamente compasivo y generoso. Los santos son intercesores. Unos,
los mártires, entregaron valientemente su vida; otros, los confesores, se
prodigaron con una vida de misericordia. Aquel santo, cuyo nombre no recuerda
el cronista, el del templete rodante, también habría participado en vida de la
santidad de Dios, no cabe duda. Pero dispensarán que ahora este cronista no dé
en el cuento con su verdadero nombre y que tampoco lo tenga en la punta de la
lengua, como desearía. Lo fácil sería poder desnaturalizar la verdad y expresar
por escrito que aquel santo se llamaba san Manasés,
o Santimamiñe, que dispone de cuevas
rupestres en el monte Ereño, o san
Nicetas, autor del Te Deum
laudamus. Pero sería una falta de rigor imperdonable que este cronista no
está dispuesto a asumir.
Faralá, tafetanes y pelitriques
A Miguelito Laredo, alias Camagüey, le deleitaba la cocina mejicana,
que había visto comer en las películas sobre
camisas mojadas a uno de los lados de Río Bravo. Ese bodrio que
siempre comían los cuatreros que, en su huída, lograban poner los pies Ciudad
Juárez sin poder ser atrapados. Áurea
Castrejón Brindis le preparaba a Miguelito desayunos a base de huevos
rancheros con tortitas de maíz y salsa de tomate con ajo y chiles colorados. A
Miguelito Laredo, alias Camagüey, le gustaban las comidas muy picantes. Este
cronista sabe ahora, cincuenta años después, que los insectos están detrás del
picante de los chiles. Por aquellos años no lo sabía. Una sustancia que
segregan los chiles les defienden de un hongo microscópico que puede penetrar
en su piel a través de los rasguños que causan los hemípteros. También,
destruir sus semillas. A todos los guisos le echaba cayena y una pizca de tabasco
a falta de chile mulato, chile ancho, chile chipotle, todos ellos necesarios
para acompañar al cacahuete, la piña, el plátano, la canela, la almendra y el
chocolate; un chocolate muy caliente que los mejicanos se llevan al cementerio.
Los difuntos no pueden comer con los vivos, pero se beben el vapor que sale de
la tartera, como hacían los de Oxaca el Día de los Muertos, que para los mejicanos
es una fecha señalada, tan marcada como la Navidad, o puede que más aún. La cayena y el
chile no deben servir para restregar con ellos el ano de Alicia ni de nadie, ni siquiera para
hacer untos sobre las almorranas. Sólo bastaba con el uso de las ramas de
zumaque. La madre cofrade, cuya hija sacaba el yo-yó y hacía globos con la goma
de mascar, la llevó un día a Madrid con
objeto de que pudiera participar en un casting de estrellas. La
enguirnaldó con un vestido con faralá, tafetanes y pelitriques, además de unos
zapatitos de tacón con gomitas en el empeine a lo Juanita Reina, después de haberse hartado de ensayar todas las
tardes en casa de la mercera Luzmari,
que tenía piano. Porque la niña del yo-yó apuntaba maneras a capella, a la
guitarra y a instrumento de teclado, arrancándose por peteneras, soleares,
carceleras y rondeñas. Los encargados del casting madrileño le
propusieron a la chiquilla que cantase lo que le viniese en gana, siempre que
la tonadilla tuviese alegría. La niña lo consultó con su madre. Le habló algo
al oído. Más tarde comenzó a cantar con desparpajo. Pero cuando llegó a la estrofa,
“se murió Carmen Amaya y toda España lloró”, los tipos del casting
razonaron que tales cantilenas no las tenía que entonar una niña, que daba
cierta agonía verla modular con aquella zangarriana. No pasó el filtro de los
elegidos.
No hay novena sin octava
La
calle se siguió llamando Tales de Mileto. El alcalde ya había hecho desaparecer el
rótulo anterior, dedicado a José Calvo
Sotelo, al que los fascistas llamaban Protomártir.
Pero el cura entendía que protomártir sólo lo fue san Esteban, que la
Iglesia celebraba cada 26 de diciembre. Las manolas, muy
disciplinadas, permanecían sedentarias y en formación, en fondo de tres y sin
salirse del rebaño, cerca del cura sin nombre y de un santo enteco, con aire de
perder aceite y con la mirada plácida. Se ha de omitir por desconocimiento
nombre y supuestos portentos, aunque el cronista sea consciente de que no
existe santo sin milagro ni novena sin octava. El cura retomó la lectura. Unas piadosas cofrades con escapulario sobre pecho y espalda atendían con atención.
--Tracto,
escucha cielo, y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca, sean
esperadas como la lluvia y desciendan como el rocío, como la lluvia menuda
sobre la grama y como nieve sobre el heno, porque invocaré el nombre del Señor.-- Entre
vahos pestilentes a chotuno, esa fetidez nauseabunda de algunas cofrades que
jamás se lavaron sus partes pudendas en evitación de pillar catarros, algunas manolas orinaron de pie, abriéndose de
piernas sobre los alacranes y sobre las lagartijas sin rabo que huían veloces a
cobijarse bajo los pedruscos.
--Deja
a la abuela que se alivie, que son muchas horas de procesión--, apuntó una manola a su hija pequeña con naturalidad
y una pizca de desdén. La niña, de aspecto travieso, sacó un yo-yó de uno de
los bolsillos de su falda y se puso a jugar mientras hacía globos y ruidos de
lo más desagradable con la rosaza goma de mascar.
--¡Oye, niña, deberías mostrar un poquito de
respeto!--, le espetó una manola con
muy malos modales instantes antes de situar su mirada sobre las facciones del
santo. A aquella manola le ponía
cachonda el santo. También, el cura en el confesionario. Cuando le trasladaba
sus íntimos secretos implorando perdón, el cura, que siempre consolaba el dolor
ajeno, le recetaba de penitencia tres
rosarios y una limosna para el santo, que era muy milagrero, aunque nunca
supiese el cronista su nombre. Tal vez fuera uno de los Siete Santos Fundadores de los Servitas: Alejo, Bonfiglio, Bonajunta, Amideo, Sosteneo, Logoringo y Ugocio. Todos ellos fueron
individuos de esclarecidas virtudes y de la Orden Tercera fundada por san Felipe Benicio, a los que cada 17
de febrero la Iglesia
les dedicaba la misa de Feria del Tiempo Ordinario. La manola
se llamaba Luzmari y su marido
administraba una fábrica de gaseosas de mucho prestigio en la comarca. A
Luzmari le gustaba leer a Bécquer y
jugar a la canasta con las damas de la parroquia. También con el cura, que
siempre les ganaba la partida antes del rosario. Todas ellas llevaban al
despacho parroquial la botella de anís Manolete, cuando se terminaba y
por riguroso orden, porque al cura sólo le gustaba el anís Manolete y
los bizcochos de soletilla de la bilbilitana Confitería Caro, que también servía merengues, almendras garrapiñadas,
peladillas, carquiñoles, etcétera, a distintos ambigús y casas de comidas de
los pueblos de su alfoz por medio de valijero. Y por aquello de que el río
Jalón discurre por Calatayud después de haber unido sus aguas con las del río
Jiloca algo más arriba, el cronista desea hacer dos precisiones por si
ofreciesen dudas al lector de estos manuscritos: 1) por esas tierras, a los
carquiñoles (pasta de harina, huevos y almendra machacada a la que se da
diversas formas) les llaman “carquiñones”,
palabra que no contempla el Diccionario de la RAE; 2) el cronista se atreve a escribir “ambigús”, plural de ambigú, por tratarse de una voz extranjera, en este caso de
procedencia francesa, que sólo forma el plural con “s”; verbigracia: gachís, pirulís,
popurrís, champús, menús, vermús, etcétera.
viernes, 24 de febrero de 2017
El arte de Enfermería de Pimentel
La
sirvienta del Café Suspiros de España
se llamaba Alicia. El practicante Atilano Pimentel le estaba aliviando
las molestas hemorroides con varas de zumaque, aunque Atilano Pimentel
consideraba que aquellas almorranas también podrían perder fuerza con
aplicaciones de carbón de roble molido en la base del ano. Pero, ante ambas
alternativas, Alicia se inclinó por las varas de zumaque que le proporcionaba Miguelito Laredo, alias Camagüey. El practicante Atilano
Pimentel bajó la persiana en evitación de poder ser observado por fisgones para
comprobar los avances con su posología,
Alicia, muy pudibunda, le rogó a
Atilano Pimentel que pasase al otro lado del mostrador, junto a la
cámara de las cervezas y la despensita. Alicia se quitó la braga para facilitar
las palpaciones en el esfínter anal. Mas tarde, Atilano Pimentel asentó sobre
el mostrador unos sifones que estorbaban y hurgó detenidamente con un dedo su
conducto excretor, comprobando que ya estaba en condiciones de que se le
pudiese dar de alta. Le preguntó a
Alicia si tenía prurito vaginal. Ella le confesó que sí, que lo tenía.
Entonces, Atilano Pimentel le trasteó la vulva y le practicó unas oscilaciones
en el punto G que la dejaron muy
relajada. Atilano Pimentel se sabía de carrerilla el librito Arte de la Enfermería para asistencia teórico-práctica de los
pobres enfermos que se acogen a la de los hospitales de la Sagrada Religión. En esas estaban cuando volvieron a aparecer los monaguillos de retén.
Encontraron la persiana bajada y dieron unos suaves golpes para que alguien
desde adentro la levantase. Apareció en la puerta Atilano Pimentel muy sudoroso
y con el nudo de la corbata color de la zanahoria de medio lado. Los
monaguillos de retén le insistieron en la urgencia de atender a la manola. A Atilano Pimentel no le quedó
otro remedio que acompañarles hasta la rambla. La procesión seguía taponada. La
dolorida manola se había sentado en
el suelo y se hallaba rodeada de comadres que la abanicaban. La peineta estaba colgada a modo de percha en la
rama de una acacia de tres espinas, que
algunos denominan como falso algarrobo.
Atilano Pimentel le abrió la boca y le dio a tomar una píldora de sabor
desagradable envuelta en una hostia que
le había proporcionado el cura sin nombre para, de esa guisa, poder disipar su
pésimo emboque. Luego le aplicó un vendaje en el tobillo y no sé qué linimentos
grasientos, que eso es lo de menos en aquella historia y no merece la pena ser
contado por este cronista al que le sobrepasaban los acontecimientos. Como dijo
Voltaire, el secreto para aburrir
consiste en contarlo todo. Por lo demás, hay cosas que da grima explicar.
Máxime, cuando tales acontecimientos acaecieron en medio de un barranco donde
la apatía de los feligreses varones, que adoraban al santo por la peana,
también por la hisopadura en los asperges cada vez que al cura sin nombre se le
iba la mano, y se marchaban a echar humo,
hacer aguas menores y trincar de la alcarraza con agua fresca al
parapeto encalado de la calle Tales de Mileto, bajo el balcón corrido y lleno
de geranios de Áurea Castrejón Brindis,
mujer de bandera, caliente, sensual e inteligente, siempre deseosa en practicar
obras de caridad.
La procesión se desatasca
Una vez arreglada la rueda, el cura se puso
al frente de la procesión y los
feligreses tiraron de la peana con fuerza. Fue entonces cuando dijo el cura:
--Profecía undécima, Deuteronomio, 31. En
aquellos días escribió Moisés el
cántico siguiente, y lo enseñó a los hijos de Israel, y el Señor mandó a Josué, hijo de Num, y le dijo, anímate y ten valor, porque tú introducirás a los
hijos de Israel en la tierra que les prometí, y yo estaré contigo. Amén.
Una señora muy fondona vestida de manola se resbaló al pisar una piedra y
se torció el tobillo. Comenzó a vociferar de amargura. Dos monaguillos de retén
que iban delante del cura, uno alzando la cruz procesional y el otro meneando a
ritmo de milonga el incensario, supone el cronista que en un vano intento de
prestar ayuda, se acercaron al punto en el que ésta se encontraba. Las
lagartijas sin rabo se cubrieron en los boquetes de la tierra y los alacranes
se embutieron debajo de los guijarros. El cura, ante semejante bulla, cesó en la
lectura del Deuteronomio. Se acercó una pareja de guardias civiles, apartaron a
los misarios y reclamaron las asistencias del practicante titular, agnóstico
por parte de padre, y que en aquellos momentos se hallaba en la barra del Café Suspiros de España tomando unos
chatos de vino de pasto, un platillo de
aceitunas rellenas de anchoa y unos mejillones al vapor. De pasada, le
explicaba a una sirvienta de muy buen ver la forma en la que se debía operar un
papiloma plantal con adormecimiento in situ. Atilano Pimentel, además de practicante titular, era pedicuro y
cirujano menor. La procesión volvió a detenerse. Los hombres marcharon hasta la
tapia para fumar otro cigarro de ideales y aflojar las vejigas contra la
encalada pared.
--Yo digo, para Víctor Pradera la
Iglesia se salvó a sí misma en Trento. Y tú me respondes,
obí, obá, cada día yo te quiero más, etcétera, con apoteosis y arrebato, pero
sin levantar polvo con la algazara.
jueves, 23 de febrero de 2017
Una flor de azafrán obró el milagro
Sobre Pedro
Cedrés, sobrestante de la Renfe y vendedor al detall, contaban los que lo sabían que estuvo
platónicamente enamorado de doña Elvira.
Alguna que otra tarde se acercaba hasta el Café
Suspiros de España por atún y ver al duque; o sea, a tomar unas cañas de
cerveza y, si se terciaba, para hallar la forma de entrecruzar con doña Elvira
una ojeada furtiva, o para ponerle al día sobre los avances en el esquema de su
botafumeiro. Uno de aquellos días, Pedro Cedrés le contó a doña Elvira una
historia sobre san Valentín y el
azafrán. Doña Elvira le escuchó como quien ve llover, es decir, sin prestarle
la menor atención. En el Café Suspiros de España siempre había
mucho trabajo y no se podía perder el tiempo atendiendo simplezas sobre
braserillos, o sobre incensarios. Doña Elvira no tenía ni idea sobre para qué
podía servir un botafumeiro, o un incensario enorme, que las hechuras eran lo
de menos. Tal pericote de sacristía le resultaba servil, cansino, fatuo y
meapilas. Se contaba que una mañana san Valentín languidecía en prisión y que
un carcelero le llevó a su hija Julia
para que éste la curase. Valentín le aplicó un ungüento y le pidió que volviese
otro día para continuar con el tratamiento. Pasaron varias jornadas y la niña
no mejoraba. Valentín, antes de ser ejecutado, le escribió una carta. Cuando el
carcelero regresó a su casa fue saludado por su hija enferma. Ella abrió el
sobre que le enviaba el ejecutado y descubrió una flor de azafrán en su
interior. Al derramarse el polvillo de los pistilos en la palma de su mano la
chica recobró la vista. --Yo digo, la generosidad con que David perdonó a Saúl es ejemplo de compasión y misericordia divinas, y tú contestas
obí, obá, cada día yo te quiero más, obí, obá, obí obá con humildad, sin
desafinar y sin que parezca que estás hecho a manías. Piensa que las palabras
de esas harpías de olor bravo, peineta y rosario enredado entre las manos
pueden llevar más veneno en su saliva que las culebras que asoman por la
grietas del barranco y electricidad estática en los refajos y en la cera de las
velas. Cuando las cosas se tuercen es mejor no hacer aspavientos ni pretender
dar trallazos a los lagartos de rabo cortado. No trae cuenta--. Pedro Cedrés, ferroviario y tendero, leía por
aquellos días el epítome Vibraciones de mi alma, de Pascual Navarro Pérez, un compendio de ripios de consuelo para
almas atribuladas, para contenerlas en su deseo de venganza y perdonar las
ofensas. Estaba prologado por el catedrático Manuel Sancho Izquierdo y dedicado al cardenal primado Enrique Reig, nihil obstat de Valentinus
Hernández, con una rúbrica, y el imprimatur, de Rigobertus, Archiepiscopus Cesaraugustanus, con
rúbrica y sello arzobispal de Rigobertus, o Rigoberto, que es nombre de origen
germánico y significa el resplandor del príncipe, con onomástica el 4 de enero. A san Rigoberto, su ahijado Carlos
Martel le quitó el Arzobispado de Reims y le obligó a
retirarse a la Gascuña
hasta su fallecimiento. El santo sarasa, cuyo nombre desconoce este cronista,
inmovilizado sobre el barranco, tal vez pudiera ser san Rigoberto. Verbigracia,
como Rigoberto Doménech, aquel
arzobispo que medía poco más del metro de alzada, que vio con buenos ojos la
ocupación represora de los sublevados, con Cabanellas
a la cabeza, en la Zaragoza
de mediados de julio de 1936, y que llegó
a expresar sin empacho que “la
violencia no se hace en servicio de la anarquía sino lícitamente en beneficio
del orden, la Patria
y la Religión”
el 10 de agosto, festividad de san Lorenzo, cuando hisopaba el
sanatorio de la Cruz Roja.
El cronista entiendía entonces, y entiende ahora, que la violencia nunca era
lícita y que los tipos que nunca hacían nada de fuste, pero que hablaban de
orden, Patria y Religión en las homilías, solían ser vengativos y se amoldaban
por dónde soplaba el viento apegados a la costumbre de sembrar dolor, y que de
nada servía meterles una vara de avellano por el ojo del culo por ver de
domeñarles los impulsos fascistas.
Mera terapia ocupacional
Miguelito Laredo, alias Camagüey, estuvo en Sevilla y conocía la maña de las pajilleras de
Chapina, con y sin cascabeles, y bien hacer de las meretrices de la Alameda de Hércules a la
hora de emplearse en ordeñar al feligrés. Áurea
Castrejón Brindis tampoco era manca. Solía domeñar a Miguelito Laredo,
alias Camagüey, hasta dejarlo abatido sobre el cobertor después de una mansa
ceremonia siempre repetida; o sea, de administrarle un vaso de whiskey y
de contarle historias de cuando anduvo por Medellín ganándose la vida. Miguelito
Laredo, alias Camagüey, prefería que le describiese patrañas de caporales.
Áurea, por añadirle complacencia, abría el armario, sacaba una novela de Lafuente Estefanía, se sentaba sobre la
cama y comenzaba a leer en voz alta. Al rato, tras un sorbo de agua para calmar
el secaño de la lengua, miraba al amansado Miguelito. Éste se quedaba dormido
con el revólver bajo la almohada y los fluidos, que ya se habían quedado fríos,
sobre su barriga. Áurea Castrejón Brindis le limpiaba dócilmente con una
toallita de bidé en la que rezaba “Hotel Méjico, Santander”, que se
llevó en la maleta sin darse cuenta al regreso de una corta estancia que hizo
por ver a unos primos de Guarnizo. A Melquíades
Álvarez lo sacaron de San Antón y le dieron muerte más tarde. Unos
milicianos se asombraron de lo poco que pesaba su cuerpo cuando lo tomaron de
pies y brazos para echarlo sobre la caja de un camión. Tal fue el ímpetu de
aquellas bestias que don Melquíades voló por los aires, cayendo al suelo al otro lado de la calzada. El
cadáver del padre de Áurea Castrejón Brindis no apareció jamás. Áurea Castrejón
Brindis conservaba una fotografía suya bastante descolorida en la que conducía
por el ramal a una mula. La foto, junto a otras muchas, estaba guardada en una
caja metálica de carne de membrillo de Puente Genil. Miguelito Laredo, alias Camagüey, siempre fue
conocedor de que, junto a la caja de fotos, Áurea ocultaba un vibrador a pilas.
A Miguelito Laredo, alias Camagüey, le deleitaba que Áurea Castrejón Brindis le
procurase restriegues por el espinazo con aquel aparato bruno y garrafal,
semejante al miembro viril de un senegalés y que producía el mismo sonido que
una maquinilla de rasurar el pelo de la barba. A Miguelito Laredo, alias
Camagüey, también le gustaba vestirse con la ropa interior de Áurea Castrejón
Brindis: su braga, su sujetador, sus medias de seda y sus zapatos de tacón. Se
colocaba el cinto con el revólver simulado y le pedía a ella que se dispusiese
de codos sobre la mesa. Entonces, Miguelito Laredo, alias Camagüey, pinchaba en
el giradiscos un microsurco de Los Panchos, se arrimaba a Áurea
Castrejón Brindis sigilosamente, la abría de piernas, levantaba su falda, le
aplicaba vaselina boricada y la penetraba con el celo de un caballo percherón.
Cuando Áurea Castrejón Brindis llegaba al orgasmo, Miguelito le
mordísqueaba el cuello con habilidad
para no dejar marcas. Terminado el ritual, bebía a sorbos chicos un vaso de bourbon.
El triqui-triqui agotaba considerablemente. Miguelito Laredo, alias Camagüey,
estaba falto de cariño y protección. Todo lo que le practicaba a Áurea
Castrejón Brindis no era cosa distinta que mera terapia ocupacional.
miércoles, 22 de febrero de 2017
Untando bizcochos de soletilla
A este cronista le consta que Mola, Sanjurjo y la Trama Civil, ese lobby
que tuvo nombres y apellidos y que puso el dinero necesario para iniciar el
golpe de Estado, entendieron las claves con maestría de amantes furtivos cuando
interpretaban el lenguaje del abanico, el lenguaje de las flores, y descifraban
todos los llantos de angustia del hombre, que de todo se dio en la viña del
señor antes de que Madrid pasara de corte a cheka y de que Agustín de Foxá, al que Franco
le concedió un marquesado sin poseer derecho bastante para favorecer con tales
concesiones nobiliarias (sin haber estado presente en el Congreso de Valencia
ni en el previo de París para la defensa de la Cultura), vendiera libros
con zambra y revuelo en la cacharrería del Ateneo,
en el que tipos como Azorín, que se
tenía por hombre genial, escribía aquellas chorradas de "Gasto capa con bordados/ a veces llevo gabán/ y miro de arriba abajo/ a la gentuza vulgar". Se paseaba Ramón María del Valle Inclán por la chocolatería de San Ginés con barbas de judío ortodoxo; Monís, catedrático miope y rizoso de
Murcia, por la cuesta de Moyano; y Jiménez de Asúa con El Sol debajo del brazo por la Gran Vía. A Azaña no se le localizaba facilmente porque iba de
traje gris, que camuflaba mucho entre el esplín, los cortinones y los tapizados
de las sillas, siempre aislado y sentado en una mesa de mármol del último
rincón de la Granja El Henar, con el gobierno de la República
dentro de su enorme mollera, aunque la República le estuviera matando los glóbulos
rojos y le procurara una decoloración suprema, esa palidez que sólo asiste a
los confesores penitenciales de las catedrales y a las monjas de clausura que
bordan bajo la sombra de las higueras de tan mal auspicio; porque la sombra de
la higuera, como la sombra del sauce llorón, son de pésimo agüero. Bien lo
sabía Miguelito Laredo, alias Camagüey, al que le deleitaba sacar el
revólver delante de los espejos coloniales y de las cornucopias, y pasear en
calesa.
--Yo
digo: querer o no querer de dos cosas una, es elegir, y por ello debe cifrarse
la naturaleza del libre albedrío en la elección. Y tú responderás: obí, obá,
cada día yo te quiero más, obí, obá, obí, obá, mirando al balcón de enfrente y
quedando tronera--.
Miguelito Laredo, alias Camagüey,
disponía de carricoche en el que trasladaba el hatillo con los rollos de
película hasta la estación de ferrocarril tras el último pase. A Áurea Castrejón Brindis le fascinaba
montar en calesa con mantón de Manila. En el centro del mantón estaba bordado
un enorme pavo real con la cola desplegada. Circulaba con solemnidad por los
serpenteados trechos del pueblo con la catadura de Eugenia de Montijo por las calles de París, o puede que más
aún. Pedro Cedrés, sobrestante de la Renfe y
vendedor al detall, sistemáticamente le negaba el saludo a Áurea Castrejón
Brindis. Pero eso sólo en público, ante los ojos de los vecinos. Mantenía que
ella se encontraba en sempiterno pecado mortal. La realidad era otra. Pedro Cedrés
le saludaba y besaba la mano cuando se acercaba a su casa acompañando al cura cuyo
nombre no recuerda este cronista, escoltados por los monaguillos de jornada.
Las comadres de tres rabos tildaban de zorra y de librepensadora a Áurea
Castrejón Brindis, aprovechando que baldeaban la ropa en el lavadero público.
El cura, que no hacia ascos a nada, se quitaba la teja en casa de Áurea
Castejón Brindis y aceptaba su hospitalidad paladeando un chocolate a la taza
en el que untaba bizcochos de soletilla de la Confitería
Caro, Calatayud; mas tarde, cuando se rompía el hielo y
se aflojaba el alzacuellos, se echaba al coleto alguna copita de anís Manolote.
Pedro Cedrés, como ya intentó dejar claro este modesto cronista renglones más
arriba, no correspondía al saludo de Áurea Castrejón Brindis en la vía pública
por guardar las formas. Sin embargo, una vez traspasado el umbral de la puerta
de su casa todo cambiaba. Se acomodaba en un sillón Morris con cojín y se aplicaba a la merienda con la voracidad de un
sabañón, olvidándose por completo de la posible financiación de los bocetos del
botafumeiro parroquial. Miguelito Laredo, alias Camagüey, se envolvía en una
chaquetilla blanca muy parecida a la que había visto Áurea Castrejón Brindis en
Casa Lucio, en la madrileña Cava Baja, y servía la mesa con soltura. Después
de haber llevado el chocolate en tazas de fina loza de La
Cartuja sevillana a dos mesas (una, para la señora, el
párroco y Pedro Cedrés, su eterno acompañante; la otra, más reducida, para los
monaguillos de jornada) Miguelito Laredo, alias Camagüey, regresaba a la cocina
para ejercitarse con el revólver y ya no volvía a asomar la calamorra por el
comedorcito de diario, salvo cuando Áurea Castrejón Brindis hiciese tintinear
una campanilla con una exquisitez y destreza en el juego de muñeca sólo
superable con la pericia de las pajilleras de Chapina.
Entre la catarsis y un milico con chapiri
Hay
unas dolencias que son más ingratas que otras. Unas, las que no tienen perdón,
las que son ramal directo de la carencia de aliño particular, como la de ser
acribillado por las ladillas. Otras, las perdonables, las de falta de
precaución, como las purgaciones de garabatillo, que siempre lograron sortearse con la usanza de la goma
profiláctica, o condón, que también lo llamaban así. El cronista, intentando
ser escrupuloso con la veracidad considera pasado el tiempo suficiente como
para tamizar recuerdos, que aquel santo de mierda y con cara de sarasa
estreñido no ayudó lo suficiente en procurar aguaceros ni a que los vecinos de
aquel pueblo curasen de la envidia, ese deletéreo padecimiento diestro en hacer
verdear los carrillos y la catadura de quienes lo padecen. Aquella figura de escayola laqueada se le
antojó al cronista como la mezquina talla de un santón misterioso e
indocumentado, incapaz de asumir medio sopapo, sin que no por ello fuese menos
importante a los fanales de la
Iglesia y a los quinqués del Obispo de Roma. Bien pudo tratarse de san Ulfrido, obispo al que martirizaron nada menos que en Suecia
por haber roto una estatua del dios Thor,
o de san Fidel de Sigmaringer, que
cambió la toga por el hábito de capuchino hasta convertirse en mártir por los
calvinistas. Al padre de Áurea Castrejón
Brindis le dieron matarile los fascistas en una barranquera pasado el
puerto de la Bigornia. A
Carlos Lizondo le agujerearon los
falangistas en Zaragoza. Carlos Lizondo era tenor. Delante del pelotón no se
arrugó. Para Lizondo, aquella colocación a la intemperie junto a una tapia sólo
se trataba de un simple cambio de escenario de amor y muerte. El martirio,
también la ejecución por ideas, sólo produce un estado de catarsis como
consecuencia de un derrame de adrenalina. Las balas disparadas no llegan a
causar dolor si se acierta en puntos vitales. Carlos Lizondo, en aquel trance,
comenzó a cantar el Adiós a la vida, de Tosca, que era como el
gorjeo del gorrión que se había quedado ciego. No se deben romper las estatuas
de los dioses ni las peanas con las cabalgaduras de los generales. Los
militares correosos siempre quedan fosilizados sobre un caballo de casta, como
el Cid Campeador en el Espolón de
Burgos, Espartero en Logroño, o Franco, ese hombrecillo castrón con
aliento de comida de rancho garbancero en la Academia General
Militar de Zaragoza. Aquel hombrecillo
laureado y capón calzó botas de montura con alzas, espuelas brillantes y chapiri cuartelero de borla caída sobre
la frente para encaramarse, como el santo a la peana, al Rolls que le
había regalado Hitler para no ser
menos que Pavía entrando en el
Congreso. Al malnacido milico se le acabaría dando culto de behetría. Cuentan
sus biógrafos que fue coqueto, que tuvo la voz de niño de primera comunión y
que apostó invariablemente desde la distancia a caballo ganador, con escuetos
telegramas destinados a Mola antes
de la muerte de Calvo Sotelo, donde
puso en un lacónico telegrama eso de “geografía poco extensa”, que en
código cifrado equivalía a “Franco no va”, y lindezas parecidas. Luego
fue, se vino arriba y la montó parda. Escribió León Felipe:
No me contéis más cuentos,
que
vengo de muy lejos
y sé todos los cuentos.
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